Luis Alberto Romero

artículo publicado

1 de octubre de 2015

Los empresarios necesitan más conciencia de clase

Hace tiempo presencié una conversación entre dos importantes empresarios. Uno le reprochó al otro, afectuosamente, que hubiera dejado de poner publicidad en sus medios de prensa, acatando una sugerencia gubernamental; su amigo se excusó: “aguanté un día; la presión fue inmensa, pensé en toda la gente que depende de mí, y reculé”. Una respuesta similar escuché de muchos otros empresarios, al preguntarles por qué aceptaban las imposiciones -habitualmente telefónicas- de los funcionarios.
Recordando los lejanos orígenes del movimiento obrero, me pregunto si acaso a los empresarios no les vendría bien tener un poco más de conciencia de clase. Con las salvedades del caso, su situación recuerda a la de los trabajadores de 1900 -los del film de Monicelli Los compañeros-, explotados por patronos voraces, respaldados por la policía y el ejército. Aislados e indefensos, con familias a cargo, los trabajadores poco podían hacer, salvo defenderse mutuamente.
Eso les dijeron los primeros militantes obreros, incitándolos a postergar las diferencias, unirse, organizarse y reclamar por sus derechos. A la larga, lo lograron y surgieron organizaciones gremiales, primero por oficios, luego por ramas de industria y finalmente las grandes confederaciones, capaces de discutir de igual a igual con los patrones y con el Estado. El marxismo llamó a esto “conciencia de clase”, una frase que quizá suene antigua y manoseada, y que puede reemplazarse por otra mas neutra, como identidad. Como se la llame, es algo que les vendría muy bien a los empresarios, y también al resto de la sociedad, que espera de ellos un comportamiento como tales y además una contribución al esfuerzo común de construir una convivencia digna.
Hoy están divididos, y por malas razones. Una parte de ellos ha apostado a enriquecerse con las prebendas concedidas por un gobierno arbitrario. La construcción de fortunas a partir de estos favores no es ninguna novedad, pero en estos doce años las cosas se agudizaron. Los funcionarios no se limitan a recibir los “retornos” o coimas sino que organizan ellos mismos los negocios, asocian a sus amigos y dejan pocas alternativas al resto. El precio de la “amistad” o de la tolerancia fue el telefonazo de Guillermo Moreno, la convocatoria a aplaudir en los actos presidenciales, y en general la aceptación de imposiciones de quienes construyen su poder humillando a los otros.
Para el conjunto empresarial, el grupo de los prebendados es la manzana podrida, que rompe la unidad y siembra el mal ejemplo. Muchos reniegan de esas prácticas, y hacen malabares para sobrevivir en un mundo donde el gobierno impone reglamentos imposibles, o usa a la AFIP como antes se usaba la Sección Especial de la Policía. Algunos se han puesto fuera de su alcance operando en los mercados globales. Es el caso de quienes organizan sus emprendimientos a través de la Web, o el de los empresarios rurales, que hoy son el núcleo más moderno y eficiente de nuestra economía.
Pero la mayoría, vulnerable a la arbitrariedad gubernamental, trabaja a media máquina, no confía en los emprendimientos de largo plazo y retira sus excedentes del mercado local. Hoy los empresarios son un sector dominado, controlado, paralizado.
No podemos decir simplemente “allá ellos”. La sociedad necesita imprescindiblemente buenos empresarios, que obtengan ganancias, pero mediante la inversión, la innovación y el riesgo. Como en el caso de los viejos trabajadores de formación artesana, la conciencia de clase empieza por allí: hacer un buen trabajo y obtener un beneficio justo. El sector más innovador, que hoy se mueve en las bases del empresariado, debe llegar a conformar un paradigma, y hasta un código ético, que condene el prebendarismo e incentive la inversión de riesgo, porque no hay capitalismo socialmente útil si no hay empresarios emprendedores.
Pero también es necesario que estos empresarios emprendedores se preocupen por lo público y se integren en una sociedad civil activa, como lo hacen -o deberían hacerlo- los trabajadores organizados.
Recientemente el Foro de Convergencia Empresaria ha mostrado la importancia de convocar la capacidad e influencia empresarial, que en otros tiempos volcaron en apoyo de causas menos nobles, y ponerla al servicio de la recuperación de un país que debe volver a ser normal, con una democracia institucional, fundada en el gobierno de la ley, un Estado en regla, neutral y capaz, y una sociedad que, como la que supimos tener, recupere su integración y su dinámica. Combinando dos metáforas, el tigre empresario debe liberarse de su jaula, y a la vez tirar del carro de la república.
Asumidos como tales, los empresarios tienen una tarea especifica, que es diferente de la de los partidos políticos; esos que hoy no tenemos y cuya reconstrucción es algo demasiado importante para confiársela solo a los políticos. A la sociedad civil le corresponde preparar la tierra, desmalezarla, abonarla y esperar que la semilla política fructifique. Esto incluye a los empresarios, que deben asumir su conciencia colectiva, dialogar con el resto y contribuir a construir el interés general.
Necesitamos que hagan buenos negocios, con innovación y sin prebendas, pero también los necesitamos en esta compleja tarea de reconstrucción cívica. Su recompensa será recuperar el reconocimiento y el respeto que hoy, como colectivo, es escaso.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Empresarios, Innovación y riesgo, Prebendarismo, Sociedad Civil

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