Luis Alberto Romero

artículo publicado

Diciembre de 2015

Los empresarios que el país necesita

En una encuesta reciente sobre cultura constitucional en la Argentina se incluye una pregunta acerca de la confianza que inspiran distintas instituciones o colectivos sociales, y entre ellos los industriales (para el caso podemos considerar que se refiere al conjunto de los empresarios destacados). A un 24% de los encuestados le inspiran mucha confianza, y a un 29% poca o ninguna. Con estos valores, ocupan un estrato intermedio en el total de la escala, que comparten con el Poder Judicial y el Congreso. En el estrato superior están las universidades, los maestros, la Iglesia, las ONG y los medios de comunicación. En el inferior, los sindicatos, la policía y los partidos políticos.

La encuesta se refiere a uno de los aspectos de la actividad de los empresarios -su acción en el plano institucional y público-, y probablemente esté muy influida por la experiencia de los últimos doce años: su escasa capacidad de resistencia ante los avances de un poder que les exigió el acatamiento a sus decisiones, frecuentemente arbitrarias y caprichosas. El Ejecutivo presionó a los empresarios uno a uno, apretando donde encontraban el punto débil, o motivando adecuadamente el interés singular, de modo de romper toda posibilidad de solidaridad colectiva.

La encuesta llama la atención sobre un problema que se ha expresado también por otras voces: no se trata solo de un problema interno, sino de algo que afecta a la sociedad toda. Divididos e indefensos, los empresarios no pudieron contribuir a la defensa de la sociedad ante los avances de un poder que arrasaba con todas las resistencias; no se constituyeron en una de esas torres que, parafraseando a Tocqueville, al defender sus intereses defendían la libertad de todos.

Recordando un caso con cierta similitud, el de los lejanos orígenes del movimiento obrero, me pregunto si a los empresarios no les vendría bien tener un poco más de conciencia de clase. Su situación actual recuerda a la de los trabajadores de 1900 -los del film de Mario Monicelli Los compañeros, explotados por patronos voraces, que estaban respaldados por la policía y el ejército. Aislados e indefensos, con familias a su cargo, los trabajadores poco podían hacer, salvo agachar la cabeza; para justificarse, usaban casi los mismos términos que frecuentemente utilizan hoy los empresarios, a cargo de muchos empleados y de sus familias.

La única alternativa para aquellos trabajadores era defenderse mutuamente. Eso les dijeron los primeros militantes obreros, incitándolos a postergar las diferencias, unirse, organizarse y reclamar por sus derechos. A la larga, lo lograron y surgieron organizaciones gremiales, al principio por oficios y luego por ramas de industria; finalmente se organizaron las grandes confederaciones, capaces de discutir de igual a igual con los patrones y con el Estado. El marxismo llamó a esto “conciencia de clase”, una fórmula otrora muy popular. Se distinguía la ”conciencia en si”, que resultaba de la posición de la clase en la estructura social, y la “conciencia para sí”, que implicaba la asunción de sus deberes históricos, lo que requería de la educación militante y esclarecedora de una vanguardia.

El marxismo perdió la magia de otrora, la frase suena antigua y manoseada, pero perfectamente puede remplazarse por otras más neutras, como identidad, responsabilidad social y ejemplo. Como se lo llame, es algo que le vendría muy bien a los empresarios, y también al resto de la sociedad, que espera de ellos en primer lugar un comportamiento como tales, y además una contribución al esfuerzo común de construir una convivencia digna.

Hoy están divididos, y por malas razones, que vienen de antaño. Las políticas estatales de impulso al interés general fueron derivando en regímenes promocionales; muchos de ellos se transformaron en franquicias de exclusividad y finalmente en verdaderas prebendas que, con ganancias garantidas, estimularon la ineficiencia de los beneficiados, creando un modelo al que muchos aspiraron: ser impulsados por la dulce brisa estatal. Esta suerte de vicio estructural, que se acumula desde hace muchas décadas, se ha agudizado en tiempos de gobiernos discrecionales, como los recientes, donde los criterios generales se evaporaron y, en cambio, los gobernantes usaron al Estado para construir fortunas personales, junto con sus socios necesarios, los empresarios “amigos”.

Hoy los funcionarios no se limitan, como antes, a recibir los “retornos” o coimas sino que organizan ellos mismos los negocios, asocian a sus amigos y dejan pocas alternativas al resto. El precio de la “amistad” o de la tolerancia fue el telefonazo de Guillermo Moreno, la convocatoria a aplaudir en los actos presidenciales, la expresión pública de su apoyo al “modelo”, y en general la aceptación de las imposiciones de quienes construyen su poder humillando a los otros.

Para el conjunto empresarial, el grupo de los protegidos y los prebendados es la manzana podrida, que rompe la unidad y siembra el mal ejemplo. La reciente coyuntura electoral los puso en evidencia, a la hora de expresar sus preferencias por uno u otro candidato: confían más en los políticos, cuyas reglas conocen y manejan, que en quienes miran las cosas desde el lado de la racionalidad económica y la institucionalidad.

El resto reniega de esas prácticas, y hace malabares para sobrevivir con honestidad en un mundo donde el gobierno impone reglamentos imposibles, o usa a la AFIP como antes se usaba la Sección Especial de la Policía. Algunos se han puesto fuera de su alcance operando en los mercados globales. Es el caso de quienes organizan sus emprendimientos a través de la Web, el de los empresarios rurales, que hoy son el núcleo más moderno y eficiente de nuestra economía, y en general el de los que aceptan medir su eficacia en el mercado mundial. Pero la arbitrariedad gubernamental y la inseguridad jurídica los lleva a trabajar a media máquina, a no confiar en los emprendimientos de largo plazo y a retirar sus excedentes del mercado local. Hoy el promedio de los empresarios conforma un sector dominado, controlado, paralizado.

Los que no somos empresarios no podemos decir simplemente “allá ellos”. La sociedad necesita imprescindiblemente buenos empresarios, que obtengan ganancias, pero mediante la inversión, la innovación y el riesgo. Como en el caso de los viejos trabajadores de formación artesana, la conciencia de clase empieza por allí: hacer un buen trabajo, obtener un beneficio, el mayor posible en el marco de la ley, y sentirse satisfechos por eso.

Hay una nueva generación de empresarios. Muchos heredarán la conducción de empresas familiares y se proponen no caer en las trampas que atraparon o limitaron a sus padres. Otros muchos se han hecho a si mismos, muy rápidamente, recordando el viejo milagro de la sociedad de oportunidades que la Argentina tuvo y que ya no tiene más. A ellos les cabe conformar un paradigma, y hasta un código ético, que condene el prebendarismo e incentive la inversión de riesgo, porque no hay capitalismo socialmente útil si no hay empresarios emprendedores, una redundancia obligada por el escaso prestigio social que hoy tiene la primer palabra.

Pero también es necesario que estos empresarios emprendedores se preocupen por lo público y se integren en una sociedad civil activa, como lo hacen -o deberían hacerlo- los trabajadores organizados. Recientemente el Foro de Convergencia Empresaria ha mostrado la importancia de convocar la capacidad e influencia empresarial, que en otros tiempos volcaron en apoyo de causas menos nobles, y ponerla al servicio de la recuperación de un país que debe volver a ser normal, con una democracia institucional, fundada en el gobierno de la ley, un Estado en regla, neutral y capaz, y una sociedad que, como la que supimos tener, recupere su integración y su dinámica. Combinando dos metáforas, el tigre empresario debe liberarse de su jaula, y a la vez tirar del carro de la república.

Asumidos como tales, los empresarios tienen una tarea especifica, que es diferente de la de los partidos políticos; esos que hoy no tenemos y cuya reconstrucción es algo demasiado importante para confiársela solo a los políticos. Tampoco se limita a promover acciones de interés social o, para decirlo con términos antiguos, a la beneficencia y la solidaridad social.

Lo empresarios deben asumir su conciencia colectiva y hablar en nombre de ella; tienen que discutir y acordar con el resto de los intereses y contribuir a construir el interés general. Como empresarios, deben hacer oír su voz en los ámbitos donde los intereses discuten y negocian en tanto tales, convocados por el Estado, como ocurre en algunos países con los consejos económico-sociales. Hablar y negociar en nombre de un interés no es malo: por el contrario es indispensable, en tanto la resolución final remita a las instituciones representativas, fundadas en la igualdad política. La acción coordinada de ambas esferas es indispensable para el gobierno de una sociedad capitalista, abierta y democrática.

En suma, todos necesitamos que los empresarios hagan buenos negocios, con innovación y sin prebendas, para que la economía funcione, pero también los necesitamos en la compleja tarea de reconstrucción cívica. Su recompensa será recuperar el reconocimiento y el respeto que hoy, como colectivo, es escaso.

 

Publicado en Empresa. Revista de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa. N° 220

Etiquetas: Conciencia de clase de empresarios, Empresarios ciudadanos, Empresarios emprendedores, Empresarios prebendarios

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