Luis Alberto Romero

artículo publicado

4 de marzo de 2018

Los hombres hacen camino al andar

A fines de marzo de 1793 el marqués de Condorcet, figura notable de la Ilustración francesa y por entonces diputado girondino en la Convención revolucionaria, esperaba que lo apresaran y enviaran a la guillotina. Con la ayuda del cianuro anticipó su fatal destino. Lo hizo luego de concluir su última obra: “Ensayo de un cuadro histórico del progreso humano”.
Condorcet no se conformaba con el mundo tal como existía. Creía en la perfectibilidad infinita del género humano y en el triunfo final de la Razón, un proceso en el cuál su propia muerte era apenas un accidente. Pocos ejemplos son tan ilustrativos del modo como las ideas sobre el pasado se entrelazan con las incitaciones y justificativos para la acción.
Sublime y terrible, esta idea recorrió los siglos XIX y XX. Versión laica de la de Providencia, se reforzó con las nuevas verdades proclamadas por la Ciencia: la sociedad sin clases de Marx, la superioridad de los hombres blancos y o los destinos nacionales. Revolucionarios, administradores coloniales o constructores de la patria eran los agentes de un designio cuyo éxito garantizaba la ciencia positiva.
Hoy las seguridades de la ciencia se han desmoronado. Sostener que la humanidad marcha hacia la democracia, la equidad o la armonía entre las naciones es tan difícil como tener fe en el progreso permanente imaginado por Condorcet. Pocos creen en un sentido de la historia que esté más allá de la historia misma. Pocos creen en la posibilidad de conocer el rígido encadenamiento de causas que permita formular leyes y hacer previsibles los hechos humanos.
Se ha perdido la fe en el destino final de la humanidad, y también la confianza en que las acciones humanas correspondan a algún designio establecido. ¿Cómo encontrar el sentido de las acciones?¿Sobre que bases construir una ciudadanía confiada en su capacidad de forjar algún tipo de progreso?
Poco a poco se revela otro rumbo, menos rotundo pero más sólido. La mejor respuesta que hoy tenemos es simple y paradójica: son los hombres quienes hacen su propia historia; sin saber bien qué están haciendo, pero actuando. Probando, corrigiendo, recalibrando. Como decía Machado, se hace camino al andar. Descubriendo, al volver la vista atrás, de donde vinieron, e imaginando, al mirar hacia adelante, un destino un poco distinto del inicial.
Esta idea de la capacidad de los hombres para actuar y construir sentidos, mucho más complicada que la de Providencia o Razón, se elaboró gradualmente, y por un camino no lineal. El romanticismo, que creció en Alemania junto con la Ilustración y la Revolución, reivindicó la capacidad de acción de los hombres singulares -los héroes, como el Sigfrido de Wagner o el Cromwell de Carlyle-, capaces de torcerle el brazo al destino. En un sentido parecido, pero menos épico, muchos creyeron en la existencia de grupos de hombres que, en una cábala secreta, formulaban siniestros planes para dominar la humanidad, como los que reconstruyó Umberto Eco en “El cementerio de Praga”.
En estas conspiraciones, un pequeño grupo de “actores racionales” aspira a dominar el mundo. Esto nos remite a la teoría politológica del “rational choice”. Su supuesto es que la razón guía las elecciones de los actores, hechas en cada caso con pleno conocimiento de las circunstancias.
Pero la vida no es una partida de ajedrez ni los sujetos meros seres de razón. A finales del siglo XIX Freud mostró el lugar acotado de la razón en la mente humana, una estructura compleja donde la razón coexiste con pulsiones de distinto tipo. Por entonces, Gustave Le Bon mostró que los individuos se comportan de manera distinta cuando integran un grupo o una “masa”.
En cada elección intervienen, además de la razón abstracta, las experiencias y sus percepciones, las costumbres, y tradiciones, los valores y los proyectos. Tampoco es convincente la idea de la omnisciencia del actor. Marx decía que los hombres hacen su propia historia pero carecen de libre arbitrio pues desconocen todas sus circunstancias. El peso de las “circunstancias” y también su opacidad, hace de los hombres una suerte de sonámbulos, que caminan a tientas en la penumbra.
Hoy se admite que el comportamiento de los hombres es complejo y difícil de encasillar. Pero a la vez, se aprecia más su autonomía, su creatividad y su capacidad para modificar las circunstancias. La historia se escribe con frases donde hay sujeto, verbo y predicado. Es decir, con actores, acciones y consecuencias, que modifican los contextos de otras acciones.
Sus acciones tienen límites, impuestos por el poder o, simplemente, por las ideas de su tiempo. Pero también tienen capacidad para elegir entre distintas opciones y para proyectar otras, de acuerdo con sus valores.
Nuestra imagen de la historia es mucho más compleja que la de Condorcet. Hay menos seguridad sobre el sentido de las acciones humanas, pero algo más de curiosidad por conocerlas. La interacción juego entre hombres creadores es mucho más estimulante que la mera apelación a un destino ineluctable, así sea el paraíso.
También hay cierta expectativa, para quien mira a estos sonámbulos decididos, haciendo camino al andar. ¿Hacia dónde marchan? ¿A dónde llegarán? Al proyectar lo que harán, según sus intenciones y sus valores, cada uno trasciende de alguna manera lo suyo, y deja una propuesta para el futuro. La mayoría se perderá, pero algunas se desarrollarán, serán retomadas, se conectarán con otras y abrirán un sendero, que se va haciendo camino y que incita a otros a sumarse.
Con esto, que es poco, hay que construir una idea de progreso acorde con las posibilidades, modestas pero reales, que incite a la acción. Con esa pasta se forman hoy los ciudadanos.
Puede que lleguen al puerto imaginado, o a otro diferente. Otros verán en lo hecho el resultado de un gran proyecto, y hasta es posible que se lo atribuyan a la razón, a Dios, o al Gran Caos. Pero es trabajo humano. Estamos lejos de la confianza de Condorcet en la acción humana, pero también del pesimismo total acerca de la capacidad inagotable de los hombres para hacer su historia.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Condorcet, Decisiones y proyectos, Fe en el progreso, La acción humana

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