Luis Alberto Romero

artículo publicado

16 de octubre de 2013

Los lapsus del kirchnerismo

Tres lapsus recientes, del senador Filmus, el ministro Sileoni y la presidenta, nos abren la puerta al sentido común kirchnerista. Antonio Gramsci llamaba “sentido común” a la filosofía espontánea de la gente, el conjunto de ideas y de verdades acumuladas y sedimentadas sobre las cuales no reflexionamos. Podemos ignorarlas y hasta olvidarlas, pero siguen presentes, guían nuestros pensamientos y juicios y, sobre todo, hablan por nosotros cuando aflojamos la atención.

Cuando un conjunto articulado de sentimientos, valores e ideas se ha instalado en nuestro sentido común, es muy difícil examinarlo objetivamente. Mucho más difícil es modificarlo. Resulta posible que las personas elaboren conscientemente nuevas argumentaciones, discursos y relatos que apunten en otro sentido, pero inevitablemente el sentido común aflorará en alguna frase hecha o quizás en un lapsus. Es lo que les ha pasado a estos tres voceros del kirchnerismo.

En la cultura política argentina existe un núcleo de sentido común que se organiza alrededor del nacionalismo. Sobre la idea de la unidad nacional se articulan ideas y tradiciones que fluyen y se combinan de manera diversa, sin perder el núcleo común: el populismo, el tradicionalismo, el catolicismo, el autoritarismo y hasta la revolución. Rara vez están todas juntas, pero en distintas combinaciones conforman un compuesto que es a la vez lábil y sólido: el “enano” nacionalista.

El peronismo nació de esa matriz, en 1945, y los voceros del kirchnerismo provienen de ella. Su discurso público se ha adecuado a tiempos nuevos y exploró territorios diferentes, antes ocupados por lo que solía llamarse el progresismo. Captó mucha gente de ese mundo, que creyó ver en los Kirchner una versión siglo XXI de Evita montonera, de Fidel o hasta de Stalin. Muchos sospechamos que era un discurso hipócrita. No necesariamente de manera consciente. La conciencia a veces sabe poco de lo que realmente pensamos o creemos. Pero el fondo, el sentido común de estos kirchneristas es otro y aflora en sus lapsus.

El ministro de Educación Sileoni, hablando de las recientes tomas de los colegios, afirmó que la crisis educativa se remonta a 1810. Quiso decir que “crisis siempre hubo” –como los pobres de Menem– pero por alguna razón eligió esa fecha. Sileoni estudió Historia en la Universidad de Buenos Aires y no ignora que hay poco que decir sobre 1810 en materia de educación, salvo que Manuel Belgrano donó sus sueldos para construir dos escuelas. No imagino que haya querido criticar al prócer favorito de la presidenta.

Lo que nos dice, entonces, es que el primer gobierno patrio desencadenó la crisis del hasta entonces buen sistema educativo colonial. No es extraño para un revisionista. Una de las vertientes más fuertes de esa corriente historiográfica se encuentra en la valoración de lo español, expresión genuina de la raza y de lo nacional, frente al cosmopolitismo liberal que empieza a dominar desde 1810. La lengua lo traicionó, y por debajo del progresista emergió el lector del padre Furlong, para quien la revolución de 1810 fue un lamentable error. El Sileoni consciente nunca diría eso. Pero allí emergió, sólido y raigal, el peor nacionalismo.

El senador Filmus opinó sobre la gente que no estudia ni trabaja, los “ni-ni”. Luego de un argumento digno del Indec –a los “ni-ni” les va tan bien que pueden vivir felizmente y sin preocupaciones–, agrega que en la Argentina de la “década ganada”, las jóvenes madres “ni-ni” pueden estar donde deben, en su casa, cuidando sus hijos.

Desde fines del siglo XIX el trabajo femenino fue vigorosamente criticado por la Iglesia, en nombre de una cierta idea de familia. La mujer que trabajaba de algún modo se prostituía, y pocas profesiones –la maestra, la enfermera– escapaban al anatema. Ni hablar de la vestimenta, el maquillaje, fumar o beber. No sólo la Iglesia. “Kinder küche, kirche” –niños, cocina, iglesia– se decía en la Alemania imperial y así se pensó durante el nazismo. La versión inglesa –”barefoot and pregnant”, descalzas y embarazadas– parece más adecuada para nuestro universo de “ni-ni”, pero quizá la triple K ayuda más a movilizar viejos imaginarios. Loris Zanatta mostró hace poco el fuerte sustrato católico del discurso de Eva Perón –tan lejos ella misma de las tres K–, quien enfáticamente ubicaba a la mujer un paso detrás del hombre. La expresión de Filmus, que él seguramente considerará desafortunada, saca a relucir el sentido común de fondo: el tradicionalismo que el peronismo incorporó en su primera etapa y que allí permanece, aunque esté mezclado con otras cosas.

“En la Argentina todos son peronistas”, dijo Cristina Kirchner. En su caso, no es exactamente un lapsus, pues sus palabras están bastante cerca de lo que piensa y hace. Pero la frase suena de manera demasiado chocante en un país que al menos en sus enunciados ha adoptado la democracia y el pluralismo, respeta las libertades y la opinión pública, espera que haya partidos con ideas diferentes y celebra elecciones libres y competitivas. Pero la tradición cultural del peronismo originario subsiste y remite a la antigua idea de la unidad del pueblo y de la comunidad organizada. Todos son peronistas porque la argentinidad es sinónimo de peronismo. Así razonaba Santo Tomás en el siglo XIII respecto de la cristiandad, ordenada de manera orgánica desde la creación. El nacionalismo del siglo XIX y los movimientos antiliberales del siglo XX, como el fascismo, retomaron la idea de la unidad doctrinaria del pueblo y construyeron su propia religión. Era la religión del movimiento y del Estado: ser italiano era ser fascista, y el Estado se encargaba de sintetizar y armonizar los intereses contradictorios de la sociedad. Con la “Comunidad organizada”, Perón integró a León XIII con Mussolini.

En este caso, el lapsus refiere directamente a la experiencia del primer peronismo, cuya huella marca al actual. Al igual que el de Sileoni o el de Filmus, nos lleva a considerar con escepticismo el remanido carácter “progresista” del kirchnerismo y a lamentar que una palabra que tenía sus méritos haya quedado así desvirtuada e inservible.

Publicado en Río Negro

Etiquetas: Kirchnerismo

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