Luis Alberto Romero

artículo publicado

Abril de 2004

Los libros de texto y el nacionalismo

Un cierto tipo de nacionalismo está arraigado en nuestro sentido común, en esa parte de nuestras ideas que nos hacen pensar automáticamente, sin que seamos conscientes de que están allí. En cierta medida se trata de ideas simples y hasta inocentes: la Argentina existió desde siempre; tiene un territorio que naturalmente le pertenece, y una cultura común, que identifica a los argentinos y expresa el “ser nacional”.

De estas ideas inofensivas puede pasarse con facilidad a otras menos simpáticas: la Argentina tiene un destino de grandeza, que no se concreta por la conspiración de sus enemigos; esos enemigos están afuera, le han arrebatado una parte de su territorio y aspiran a más, pero a veces se instalan en el interior, confundidos con los verdaderos argentinos. Los patriotas deben unirse, derrotarlos y expulsarlos, para que la Argentina sea tan grande como lo merece. En este punto algo está claro: el sentido común aloja una verdadera ideología, que impulsa a la acción y que puede llegar a formas extremas. A ellas apeló la última dictadura, tanto en la condena de la “subversión apátrida” como en convocatoria durante la guerra de Malvinas. Son ideas que merecen ser examinadas atentamente, sacándola de la zona oscura del sentido común.

Identidad nacional y nacionalismo

Una primera distinción se impone, pues la palabra nacionalismo alberga una cantidad grande de sentidos. Los argentinos vivimos en un estado nacional, cuya base es jurídica y contractual: en 1853 nuestra Constitución invitó a hacerse argentinos a todos quienes quisieran vivir bajo leyes comúnmente acordadas, sin distinciones de raza, credo, lengua o ascendencia, criterios que en cambio eran tenidos en cuenta en otras nacionalidades. Sobre esa base, liberal, constitucional e ilustrada, se fue constituyendo un imaginario, una identidad colectiva, fundada en preguntas y certezas acerca del origen y el destino de este colectivo, lo que fuimos y lo que queremos ser. El imaginario ha plasmado en relatos, sobre el pasado, sobre la gente, sobre el territorio, fundados en recuerdos, olvidos, tradiciones selectivas, creencias, valores y proyectos compartidos. Son diferentes relatos, incluso contradictorios, que interactúan en un ámbito común y conforman una identidad, plural y diversa, que se reconstruye permanentemente.

Una cosa distinta es la transformación de ese imaginario nacional en una nacionalidad esencial y atemporal: un conjunto de rasgos que definen de una vez para siempre lo que es argentino, y excluyen a los diferentes de la comunidad. Que convierten a la nacionalidad en un imperativo, un absoluto ante el cual toda opinión, toda diferencia, toda singularidad debe someterse. En este caso, se trata de un nacionalismo uniformizador, confrontativo, agresivo y excluyente. Este segundo nacionalismo arraigó en la cultura argentina. Ha sido enunciado inicialmente por intelectuales preocupados por definir esos rasgos esenciales, desde Ricardo Rojas o Manuel Gálvez hasta Ezequiel Martínez Estrada o Juan José Hernández Arregui. Con otros matices, la nación esencial fue proclamada por las Fuerzas Armadas, que se declararon sus custodios y voceros, por los grandes movimientos políticos democráticos –el radicalismo yrigoyenista y el peronismo-, o por la Iglesia, que definió a la Argentina como una nación católica. El arraigo de estas ideas en el sentido común, amasadas y sintetizadas, ha sido obra de diferentes mediadores, desde los periodistas o los políticos hasta los cartógrafos. Uno de los más importantes fue la escuela: los rituales de las efemérides patrias, el himno en versiones militarizadas, el culto de los héroes, la gimnasia entendida como ejercitación militar, el inocente mapa o croquis, de fronteras bien definidas, y también los libros de texto, los manuales.

 

Hace ya unos años, un conjunto de investigadores argentinos y chilenos nos propusimos indagar sobre la idea de nación en nuestros respectivos libros de texto, buscando las raíces de posibles inquinas mutuas. Al mirar al otro, con cierta distancia, aprendimos a mirarnos a nosotros mismos, y a examinar con distancia todo aquello que constituye el sentido común de los libros de texto, las ideas que los autores tienen antes de que cada uno comenzara a escribir su texto. Algunas venían ya prescriptas por el currículo escolar. Otras arraigaban en las respectivas disciplinas: la historia, la geografía, el civismo. Otras, de una tradición acumulada en la escritura de textos. Así, más allá de las singularidades de autores y disciplinas, los libros escritos entre 1940 y 1983 se nos presentaron como un bloque homogéneo, aún cuando podía percibirse, con el correr de las décadas, una gradual acentuación de los contenidos militares, religiosos y antidemocráticos. Hubo un giro importante luego de 1983, cuyas consecuencias en el sentido común apenas pueden vislumbrarse. Pero respecto del bloque anterior, es claro que todos los argentinos que han pasado por la escuela han incorporado algunas ideas básicas acerca de la nación argentina que conforman un sólido sentido común, que se activa cuando alguien, como Aladino, frota la lámpara adecuadamente. En suma: el enano nacionalista.

Imagen de la Argentina

Los libros de historia, geografía y civismo concuerdan en algo: la nación existió siempre; en lo sustantivo, esta más allá del devenir temporal. Pero a la vez, ese ser potencial debe ser desarrollado: la acción de los argentinos se encaminó siempre a construirla, respondiendo a un imperativo que surgía de ella misma. De ese modo, la nación era a la vez sujeto y objeto de los procesos históricos. A partir de un cierto momento, entre 1810 y 1880, esa nación se materializó en un estado, y desde entonces identidad nacional e identidad estatal pasaron a ser la misma cosa.

¿En que se funda su identidad? Los textos contienen una respuesta a esta pregunta complicada. La raza y la cultura son dos elementos que funcionaron bien en otros países, pero en la Argentina daban lugar a cuestionamientos y dudas: hispanistas, criollistas, indigenistas o partidarios del crisol de razas no lograban ponerse de acuerdo. De ahí que la esencia nacional reposa principalmente sobre el territorio, que es argentino desde siempre, y es capaz de transmitir la argentinidad a quienes lo habitan, mucho antes de que la misma Argentina hubiera sido concebida: hubo aborígenes argentinos, y Juan Díaz de Solís arribó a la Argentina.

El territorio tiene un límite: la frontera, entendida como la zona de tensión entre nuestra soberanía y otras. Ser una nación soberana supone inevitables problemas de límites con otras naciones, regidas también por los mismos imperativos. La historia y la geografía suministran las razones que justifican nuestros derechos, en parte para argumentar ante la opinión internacional pero sobre todo para desarrollar la conciencia de los argentinos. Esto incluye reclamar derechos sobre territorios en los que no se ejerce soberanía reconocida, como la Antártida y o las islas del Atlántico Sur. En la realidad, el estado argentino se ha comprometido a no realizar actos de soberanía en ese continente. En los textos se desarrolla una argumentación acerca de la argentinidad de ese territorio, combinando razones geológicas, geográficas, históricas y jurídicas.

Así como en el territorio, la nación se fundamenta en la identidad constituyente de los argentinos: la nacionalidad. Existió desde siempre, pero se fue revelando en el proceso histórico. El sujeto de ese proceso, relatado en los libros de texto, es “nosotros, los argentinos”, emparejados, más allá de sus circunstanciales diferencias. Por el mismo camino, los actuales argentinos se unen con sus antecesores y con quienes han de venir, para completar el prospecto del futuro de grandeza anunciado por el pasado glorioso. Esa grandeza, para la que la Argentina está indudablemente destinada, se fundamenta en una nación homogénea, unida en torno a valores; la enunciación de estos valores es cambiante, pero finalmente ha decantado en la fórmula “estilo de vida democrático y cristiano”.

Hay un “otro”, complemento de la identidad. Está tras la frontera, tratando de arrebatar lo que es nuestro, penetrando nuestro territorio. Más lejos, un enemigo eterno: Inglaterra. Posteriormente, apareció el enemigo interno. Son muchos, y sus motivos diferentes. Pero esta manera de entender la nacionalidad lleva fácilmente a unificarlos en una amenaza genérica, un peligro latente, que impide la concreción de nuestro destino de grandeza o que es el responsable de nuestra decadencia. Cuanto mayor es la frustración, más amenazas se perciben.

Desde el comienzo del proceso de construcción de la democracia, en 1983, los textos registran las modificaciones de la sensibilidad política. Cambios profundos, que hacen a la concepción del saber disciplinar y al proyecto de construcción ciudadana –no siempre bien plasmados- coexisten con elementos residuales de las antiguas versiones, en textos que, en muchos casos, resultan ambiguos y contradictorios. Los tonos militantes y las manifestaciones integristas están considerablemente atenuados, pero existe una relativa continuidad de la visión natural de la nación argentina, que sigue arraigada en el sentido común.

Que hacer

En los libros de texto se manifiesta un cierto tipo de nacionalismo traumático, que ha alimentado algunas de las peores experiencias de la sociedad argentina. Se trata de un sentido común fuertemente enraizado, duro y resistente, contra el que han chocado muchos de los intentos de revisarlo. Es claramente incompatible con el régimen político democrático, fundado en el pluralismo y los derechos humanos, y su modificación es tan necesaria como urgente. Algo se ha avanzado. ¿Qué se puede seguir haciendo?

Es necesario avanzar en la desnaturalización de la idea de nación. Subrayar que una nación es el producto de la acción de sociedades humanas, que en un momento de su historia decidieron desechar identidades tradicionales, asumir esa identidad nacional, y asociarla con el estado. También conviene insistir en su carácter plural: la nación no es una unidad homogénea, y no es necesario, ni tampoco beneficioso, que lo sea. Es importante poner a la nación en su contexto histórico: conviene por ejemplo dar más relevancia a los temas latinoamericanos, donde las singularidades nacionales puedan explicarse a partir de lo mucho compartido.

Finalmente, parece conveniente tratar de ampliar el repertorio de los lugares expresivos de  la identidad nacional. En los textos escolares lo habitual es relacionarla con fiestas patrias, con banderas, que expresan la soberanía territorial, o con símbolos militares. Ciertamente, son lugares válidos e importantes, pero no los únicos. La sociedad nos deja múltiples huellas de su existencia pasada; las formas de “hacer patria” han sido y son diversas, y no se circunscriben a las gestas militares. Si se considera que una identidad se reconstruye permanentemente, conservando y cambiando sus partes, tal vez corresponda preguntarse en qué lugares hoy reside realmente la identidad de los argentinos -en plural-, e incorporar esas esferas de su vida práctica al campo de la identidad reconocido como legítimo.

Lo más difícil quizá sea aplicar estos mismos criterios a la convivencia entre los estados. En lo que respecta a nuestra sociedad, hemos aprendido que es bueno respetar al otro, que la verdad no está totalmente en ningún lado, y que de la discusión razonada surgen los acuerdos que permiten la convivencia. No es tan fácil aplicar radicalmente esos mismos criterios a las relaciones internacionales.

Nuestros textos deberían ayudar a que examinemos las cuestiones territoriales –la más álgida es la de Malvinas- considerando que el otro tiene razones que cree tan válidas como las nuestras. Si somos democráticos debemos aspirar a un diálogo racional, a llegar a acuerdos, y en ellos lo que importa son las personas, y lo que ellas quieran hacer con sus vidas. Esto es fundamental para el caso de esa porción territorial que nosotros llamamos islas Malvinas y sus habitantes –recordemos que están allí desde hace 170 años- Falkland Islands. Podemos revivir los extremos de desvarío a que esa cuestión nos ha llevado hace veinte años y que quizá, si se dan las circunstancias, repitamos. Un examen de los textos escolares puede resultar un excelente ejercicio terapéutico, al cabo del cual logremos construir una identidad nacional adecuada para la democracia.

Publicado en Novedades Educativas

Etiquetas: Historia argentina, Libros de texto, Territorio argentino

Volver a artículos de periodismo

Últimos artïculos publicados

25 de octubre y 1 de noviembre de 2020

El ciclo peronista del kirchnerismo

¿Es peronista el kirchnerismo? ¿Cuál es la relación entre el kirchnerismo y el peronismo? Son conocidas las opiniones poco favorables de Cristina Kirchner sobre Perón y el PJ. Pero a la vez, el...

Publicado en Los Andes

24 de octubre de 2020

Historia global: una amplia manera de leer el pasado detrás de los libros

Stefan Rinke, profesor de la Universidad Libre de Berlín, investigó el impacto de la Primera Guerra Mundial en América Latina desde el punto de vista de la novedosa “historia global”. Su agenda...

Publicado en La Nacion

27 de Septiembre de 2020

Sorel y sus reflexiones sobre la violencia

Luis Alberto Romero Con “Reflexiones sobre la violencia”, publicado en París en 1908, Georges Sorel (1847-1922) abrió la discusión sobre una de las claves del pensamiento político del siglo...

Publicado en Los Andes

Buscar artículos por temas

Luis Alberto Romero
© 2014