Luis Alberto Romero

artículo publicado

Marzo de 2004

Los libros de texto y el sentido común nacionalista

Un croquis del territorio argentino, un festejo patriótico, con bandera y marchas militares, un conjunto de principios e instituciones jurídicas, una idea sobre el futuro, inscripta en el Preámbulo de la Constitución, donde se augura para esta colectividad un futuro de grandeza. Todas estas imágenes, sumadas, combinadas e integradas dibujan una nación. Naturalmente, la Argentina es una nación.

Todos los que pasamos por la escuela incorporamos esta imagen en nuestro sentido común: somo argentinos y lo sabemos. Como sentido común, no se lo somete a examen ni a crítica: es indudable. Las palabras del discurso nacional vienen automáticamente a nuestros labios cuando hablamos de fútbol, de comidas, de costumbres y hasta de política exterior. Ha arraigado fuertemente en nuestra mente, por obra de un sistema escolar que funciona en dos sentidos: primero, procesando y amasando ideas de pñrocedencias diferentes y a menudo contradictorias. Luego, reproduciéndolas en los escolares, pues la escuela es una eficaz máquina de socialización y consenso.

Usualmente pacífico e intrascendente, ese sentido común nacional puede tener manifestaciones explosivas. Al establecer como un dato a priori que los argentinos constituimos una comunidad homogénea, asentada en un territorio, fácilmente deriva en un nacionalismo traumático y agresivo, hacia adentro y hacia fuera. Los argentinos debemos estar unidos, o “nos devoran los de afuera”; debemos pensar todos de la misma manera, adherir a alguna doctrina nacional, laica o religiosa; debemos abrazar la causa nacional. Quienes no lo hacen, quienes disienten -ya se sabe-, podrán tener un documento que acredite su nacionalidad argentina, pero en realidad militan en la anti patria, entre los enemigos de la nación.

Hemos padecido recientemente esta cara de un nacionalismo que, cuando mira a los otros, adopta una combinación de soberbia y paranoia. Los argentinos tenemos un destino de grandeza, y si no se concreta, se debe a la conspiración y asechanzas de quienes nos envidian, de nuestros enemigos, los vecinos y los lejanos. Cuanto mayores son nuestras frustraciones, más claro tenemos que todo es culpa de quienes, de un modo u otro, son los enemigos de nuestra nacionalidad.

Este nacionalismo integral y chauvinista está presente en el fondo de nuestro sentido común. Rige nuestros juicios e impulsa nuestras acciones. Muchos saben cómo manipularlo, cómo frotar la lámpara y hacer aparecer el genio maligno, como lo hizo el general Galtieri aquel dos de abril de triste recuerdo. Pero nosotros mismos, los portadores de esta especie de virus, no somos capaces de exorcizarlo, de sacarlo a la luz y mirarlo a la cara, aunque más no sea para aprobarlo, pero ahora de manera consciente y racional.

 

Analizar los libros de texto que desde hace más de medio siglo se vienen usando en nuestra escuela primaria y media es un camino en este ejercicio de introspección. Lo hemos hecho recientemente, con Silvina Quintero, geógrafa, Luciano de Privitellio e Hilda Sabato, historiadores. En nuestra investigación trabajamos con un grupo de historiadores chilenos, que hicieron lo propio con sus textos, y pudimos ayudarnos mutuamente en esto de ver la paja en el ojo ajeno, y sobre todo la viga en el propio. Fruto de ese trabajo es su versión sintética: el libro la Argentina en la escuela. La idea de nación en los textos escolares. Aunque todas las asignaturas escolares están atravesadas de un modo u otro por esta idea de nación –desde la lengua hasta la gimnasia- nos ocupamos de las que tienen un papel más notorio: la historia, la geografía y lo que globalmente llamamos el civismo, una asignatura que cambió de nombre con cada régimen político.

Cada asignatura se respalda en sus tradiciones académicas. Hasta un par de décadas atrás, la historia se basó en la llamada versión “liberal” de la Nueva Escuela Histórica, aunque en estas cuestiones que analizamos la versión revisionista difiere en poco. La geografía por su parte se basa en la Geografía regional y en la Geopolítica, una versión muy relacionada con la perspectiva de militares y diplomáticos. Las asignaturas del civismo se basan un poco en las ciencias jurídicas y otro poco en aportes más ideológicos, que explican la persona, la sociedad, el estado y la nación –sin olvidar la familia y el municipio- desde el punto de vista del catolicismo tomista, o desde el anticomunismo de la doctrina de seguridad nacional.

Cada una de ellas, además de sus objetivos propios de conocimiento, hace su aporte a la conformación de la nacionalidad argentina. En historia se habla de una nación esencial. Siguiendo las huellas de Bartolomé Mitre, se supone que antes de su existencia política e institucional visible, había una “nación preexistente”. Sus raíces nos llevan quizás a Hernandarias o Juan de Garay, o a los propios aborígenes, que a menudo son calificados como argentinos. El relato histórico explica la realización de esa nacionalidad en germen; según la perspectiva romántica que la informa, ya está presente pero a la vez debe realizarse. Su desarrollo se materializa en la construcción del estado. Nuestro relato histórico sigue densamente ese tema, de hechos militares y ensayos constitucionales, y alcanza un punto de reposo cuando la unidad estatal está asegurada. En nuestros clásicos textos, la historia llegaba allí a su fin y comenzaba el rutinario inventario de las administraciones presidenciales.

Por otra parte, la nación se desarrolla conformando un territorio, que siempre fue argentino -¿no llegó acaso a la Argentina Juan Díaz de Solis?- y a la vez lo es gradualmente, a medida que el estado asegura su control. Nuestros colegas chilenos nos señalaron que no hay que esforzar mucho la imaginación para identificar las tierras ocupadas por Pedro de Valdivia –el valle central- con el Chile actual. No es el caso de la Argentina, y el esfuerzo de invención territorial es más evidente. Las “corrientes colonizadoras” que poblaron el actual territorio argentino fueron tres y no una; vinieron de España, de Perú y de Paraguay, para decirlo en términos nacionales actuales. El Virreinato del Río de la Plata puso las cosas en su lugar –es fácil reconocer en él al núcleo argentino- pero después de 1810 “nos sacaron” partes que legítimamente “nos” pertenecían: Bolivia, Paraguay, Uruguay, y hasta una parte de Brasil, que generosamente cedimos a nuestros vecinos. Fue una generosa cesión. El sentido común argentino que llevamos no puede entender que en lugar de un eterno agradecimiento cosechemos envidia, odio, codicia y agresión: quieren seguir quitándonos lo nuestro.

Esta historia territorial es retomada por la geografía. Allí se refuerza la idea de que la identidad nacional –que difícilmente puede fundarse en la lengua, la raza o la religión- reposa en el territorio. Y no simplemente en la porción espacial sobre la que el estado ejerce una soberanía efectiva. Los libros enseñan, y los mapas confirman, que la Argentina se compone de una parte continental, una insular y una tercera antártica. Sabemos que la soberanía sobre las islas es relativa. Pero la soberanía sobre la Antártida solo existe en los mapas, y se superpone ampliamente con las porciones reivindicadas por otros países, que han establecido allí bases similares a las argentinas. La Argentina ha firmado tratados internacionales comprometiendose a no hacer reivindicaciones de soberanía. Y sin embargo, todos hemos aprendido que la Antártida forma parte de nuestro territorio y ocupa casi la mitad de su superficie.

El territorio se delimita por fronteras. Cualquiera sabe que son zonas de activo intercambio, ya sea en La Quiaca, Clorinda o Neuquén. Pero los textos las presentan como muros, como el de Berlín o el de Palestina. No hay mayor interés por conocer a los vecinos. Detrás de cada frontera acecha el enemigo, presto a penetrarnos, así sea con las ondas radiales, aunque afortunadamente las bases militares aseguran la defensa de lo nuestro. El peso que el territorio tiene en nuestra identidad nacional explica en buena medida la legitimidad de la presencia política de las Fuerzas Armadas, último bastión de la nacionalidad. Tanto pesa, que la renuncia a la porción más pequeña e insignificante –unas cuantas hectáreas de hielo, por ejemplo- constituye una amenaza para nuestra integridad nacional, esa comunidad imaginada, tan potente y frágil a la vez.

No es difícil encuadrar nuestras desventuras más recientes –la última dictadura militar- en el escenario dibujado por este sentido común. Las fuerzas armadas se reclamaron custodias y garantes de la integridad nacional, no reconocieron ninguna autoridad por sobre ellas y subordinaron la institucionalidad republicana a la defensa de la nación. Pudieron transformar los conflictos internos en un caso de agresión externa a la nación: además de las fronteras exteriores estaban las fronteras ideológicas, que separaban a los auténticos argentinos de los “apátridas”. La represión fue presentada como una guerra: como enemigos e invasores, podían ser legítimamente aniquilados. Cuando estos argumentos empezaron a flaquear, recurrieron al más clásico: la unión nacional detrás de las fuezas armadas, para recuperar el territorio que legítimamente nos pertenece. El recurso tuvo una eficacia demoledora, aunque la torpeza militar les impidió sacar el rédito adecuado de una maniobra inicialmente exitosa. La guerra se perdió, y la catástrofe arrastró a los militares. La sociedad los condenó. ¿Por qué? ¿Por haber hecho la guerra? Mucho me temo que, simplemente, por perderla.

Muchas cosas cambiaron después de 1983, y entre ellas la orientación de los textos. Las mejores y más correctas ideas democráticas, fundadas en los derechos humanos, pueden encontrarse en todas partes. Hasta hay algo, o bastante, de revisión de este sentido común nacional. Pero es más fácil adoptar el nuevo canon democrático que remover esta naturalización de la idea de nación, con los atributos del nacionalismo chauvinista, que en todo el mundo dominó hasta mediados del siglo XX. Y sin embargo es necesario hacerlo. La sociedad argentina necesita una suerte de terapia, no solo para extirpar este sentido común maligno sino para construir en su lugar un patriotismo que resulte adecuado para el rumbo democrático que hemos elegido. Hay muchos caminos. Una relectura crítica de los textos escolares es uno de ellos.

 

Publicado en La Voz del Interior

Etiquetas: Escuela, Historia argentina, Libros de texto, Territorio argentino

Volver a artículos de periodismo

Últimos artïculos publicados

25 de octubre y 1 de noviembre de 2020

El ciclo peronista del kirchnerismo

¿Es peronista el kirchnerismo? ¿Cuál es la relación entre el kirchnerismo y el peronismo? Son conocidas las opiniones poco favorables de Cristina Kirchner sobre Perón y el PJ. Pero a la vez, el...

Publicado en Los Andes

24 de octubre de 2020

Historia global: una amplia manera de leer el pasado detrás de los libros

Stefan Rinke, profesor de la Universidad Libre de Berlín, investigó el impacto de la Primera Guerra Mundial en América Latina desde el punto de vista de la novedosa “historia global”. Su agenda...

Publicado en La Nacion

27 de Septiembre de 2020

Sorel y sus reflexiones sobre la violencia

Luis Alberto Romero Con “Reflexiones sobre la violencia”, publicado en París en 1908, Georges Sorel (1847-1922) abrió la discusión sobre una de las claves del pensamiento político del siglo...

Publicado en Los Andes

Buscar artículos por temas

Luis Alberto Romero
© 2014