Luis Alberto Romero

artículo publicado

Miércoles 1 de abril de 2015

Los melones empiezan a acomodarse

 

Aunque las partes han acotado claramente su alcance, la decisión de la UCR de concurrir a las PASO con el Pro y la Coalición Cívica ha producido un cambio importante en el escenario político. Sobre todo, ha comenzado a vincular a dos protagonistas que hasta ahora marchaban por senderos paralelos, sin perspectivas de cruzarse: la sociedad civil opositora y los partidos políticos que eventualmente deben representarla.

Del lado de la sociedad civil, sus expectativas pasan por derrotar al kirchnerismo, asegurar la gobernabilidad futura y definir los acuerdos sobre cuestiones ampliamente instaladas en su debate. Los políticos tienen su propia lógica y sus tiempos. Para ellos, los acuerdos, aunque necesarios, no deben oscurecer la dimensión competitiva de las elecciones, en las que habrá un vencedor. Para unos es “todos juntos”, como en la marcha por Nisman; para los otros, se trata de “nosotros y quienes nos sigan”. En algún momento ambas dimensiones habrán de coincidir, pero por ahora cada uno se atiene a su lógica.

La rígida normativa de las PASO es complicada en una situación de fragmentación política, con diferentes posibilidades para la convergencia, dentro del espacio opositor. Dentro de ellas, Pro y CC definieron primero que su opción excluye al Frente Renovador pero incluye a “republicanos”, una palabra con alguna elasticidad. La decisión de acompañarlos, tomada por la UCR en Gualeguaychú, no totalmente cerrada, comienza a ordenar el escenario político y ofrece por primera vez una perspectiva posible para la sociedad civil opositora. El carro se puso en marcha y los melones comenzaron a ordenarse.

La decisión satisface solo a medias a las distintas partes de la UCR pero probablemente salvó la unidad del partido, algo dudoso seis meses atrás. Su manera de hacerlo es hoy única y ejemplar: trescientas personas, elegidas por las bases partidarias, discutieron públicamente las diversas alternativas, disintieron y acordaron. Sin duda fue una escena memorable en un país donde decisiones de este tipo corresponden al jefe, rodeado por un círculo de consejeros entre quienes pesan mucho los especialistas en marketing político.

El espectáculo debería haber sido visto por los jóvenes ciudadanos, para quienes “ciudadanía” es una palabra vacía y cuyo único ejemplo comparable son los discursos de la Presidente ante la masa militante apiñada en el estrecho espacio de los patios de la Casa Rosada, un pálido remedo de los grandes actos peronistas de otrora.

Discutir en público cuestiones de estrategia política es un ritual consagratorio de decisiones ya conversadas. La discusión previa fue ardua, y el resultado tenía previamente un margen de imprevisión. Los discursos bordearon sobre grandes temas, como la defensa de la República, la tradición popular del partido o las relaciones con la “derecha” o la “socialdemocracia”. Cada uno de ellos estuvo presente en oradores y convencionales, pero había en juego cuestiones más específicas que le dieron sentido concreto a esas apelaciones identitarias.

La UCR es el único partido de alcance nacional y amplia base federal o local. Según suele decirse, en cada pueblo hay un cura y al menos un radical. Hoy no tiene un candidato presidencial fuerte que ordene el debate interno y asegure a cada candidato local la tracción de votantes independientes.

Con reducidas posibilidades de consagrar un presidente, la UCR puede en cambio ganar en intendencias, legislaturas y gobiernos provinciales. Sobre todo, puede tener una bancada legislativa nacional suficientemente numerosa como para ser parte imprescindible de cualquier gobierno. En suma, tiene mucho y poco a la vez. Con justeza se lo ha comparado con el PMDB, el principal socio del PT en el gobierno de Brasil.

Parece evidente que su mejor alternativa es un acuerdo que compense la falta de un jefe competitivo y potencie las fuerzas locales. En algunas provincias o ciudades el radicalismo tiene chances si logra reunir a todas las fuerzas opositoras, y una deserción resulta calamitosa. En otras tiene más margen para elegir sus aliados pero tampoco demasiado. En la convención, la decisión, muy prudente, fue habilitar cada una de las estrategias locales, una diversidad más fácil en las provincias donde las elecciones fueron desdobladas.

Luego debía definirse la estrategia nacional: con quiénes concurrir a las PASO, qué compromisos asumir y, sobre todo, cómo asegurar dentro del espacio compartido un número respetable de diputados y senadores nacionales. La clave de este acuerdo, que permitió ser aprobado más allá de algunas tradiciones e identidades, fue convenir una lista en común con Pro y CC. Un método de la vieja política, si es que esa distinción tiene algún sentido, pero ineludible en el estrecho marco de las PASO. El costo fue poner interrogantes en la adhesión del decepcionado Frente Renovador a algunos candidatos provinciales, que todavía mantienen sus reticencias.

Por ahora no hay mucho más. Pro, UCR y CC competirán dentro del espacio común, tratarán de ganar y para eso, por ahora, necesitan diferenciarse, aunque no demasiado. Hoy hablan como si fueran rivales, lo que produce inquietud, pero parece inevitable, tanto para el Pro, donde hay recelos por la llegada de los radicales, como en la UCR, que ha sacrificado su mítica intransigencia. Solo después de esta primera ronda electoral podrán acordar los temas de la campaña y los del próximo gobierno.

Sin duda, quien gane la candidatura presidencial será reacio a comprometerse con políticas demasiado específicas: es propio del político tratar de tener el mayor margen de maniobra.

Pero la sociedad civil opositora -que desde hace dos años ha estado a la cabeza de la conformación de un acuerdo político- espera mucho más que afirmaciones generales para confiar su voto. Sus demandas vienen siendo cada vez más precisas en las cuestiones centrales: fortalecer las instituciones, reconstruir el Estado y encarar el problema de la pobreza.

Sobre estos temas se ha conformado el amplio acuerdo que sirve de base a la operación política. Los voceros civiles deben insistir en ellos, para construir ese punto de coincidencia en que la sociedad opositora pueda reconocerse en sus políticos. Los melones han comenzado a acomodarse, pero las leyes de la física no son suficientes para terminar de ordenarlos.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Acuerdos, Ciudadanía, Partidos, Radicalismo

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