Luis Alberto Romero

artículo publicado

2004

Los mitos del sentido común argentino

A propósito de la publicación de La Argentina en la escuela (Siglo XXI), Luis Alberto Romero reflexiona en esta entrevista sobre las ideas de nacionalidad presentes en los manuales escolares que ayudaron a darle consistencia al encendido orgullo nacional

Por Carolina Arenes

Soberbios y paranoicos.

Como definición de los argentinos no sólo inflige una herida narcisista en el orgullo nacional sino que hasta podría echar más leña en el fuego irreductible de toda paranoia. Sin embargo, a esa conclusión arribó una investigación realizada por docentes de la Universidad de Buenos Aires cuyos resultados se publican en La Argentina en la escuela. La idea de nación en los textos escolares (Siglo XXI), libro coordinado por Luis Alberto Romero que reúne las conclusiones de los estudios realizados por Luciano de Privitellio, Silvina Quintero, Hilda Sabato y el mismo Romero en torno a los modos en que la escuela ha contribuido a forjar el sentido común -esa ideología silenciosa e inconsciente- sobre nuestro imaginario de argentinos.

Historiador, docente universitario, investigador del Conicet y autor de libros como Breve historia contemporánea argentina y La crisis argentina. Una mirada al siglo XX, Romero cuenta durante la entrevista con LA NACION que el libro tiene su origen más remoto en una iniciativa de la embajada de Chile en nuestro país que, en 1996, alentó proyectos culturales conjuntos. Allí se propuso la idea de realizar un trabajo de investigación entre historiadores chilenos y argentinos sobre el modo en que los libros de texto construyen o perpetúan visiones estereotipadas, agresivas o prejuiciosas de los países vecinos. El proyecto no llegó a cumplirse en su totalidad, pero los investigadores argentinos decidieron que valía la pena darle forma de libro a las conclusiones -algunas verdaderamente sorprendentes- que atañen al lado argentino. “Si bien el trabajo nos permitió constatar que en nuestros libros de texto no existe una apreciación negativa sobre Chile -explica Romero-, también constatamos que la imagen de la Argentina era tan compacta y consistente que no necesitaba construirse contra alguien en particular. El alarde sobre nuestro destino de grandeza corría paralelo a la sospecha sobre las fuerzas ocultas -externas o internas- que impidieron que se concretara. Se daba la combinación entre una soberbia arrogante y una desmedida paranoia.”

Los investigadores rastrearon en los manuales escolares de historia, geografía y educación cívica, y comprobaron que, hasta las reformas introducidas a partir de la recuperación de la democracia, había núcleos de sentido establecidos sin demasiado rigor intelectual, en momentos en que los autores de los respectivos manuales no tenían contacto con la producción de esas disciplinas en el nivel universitario o de investigación académica. Romero destaca que los libros de historia construyeron un relato mítico, jalonado por las glorias militares y trabajado en una clave armoniosa que tendía a negar los conflictos. El libro señala justamente que los desencuentros políticos originados muchas veces en intereses económicos se diluían en los manuales para construir un relato estilizado de la historia. Acordes con esta perspectiva, los textos de geografía reforzaron la idea de nacionalidad anclada en el territorio y, por lo tanto, atenta a las fronteras -siempre presentadas más como puntos de conflicto que como puntos de intercambio- y a su defensa en manos de la institución militar. Los manuales de civismo solían definir la democracia como un “estilo de vida”, hablaban de la Constitución Nacional sin referencias a la realidad (casi siempre fuera de ese marco) y abordaban temas como persona, sociedad y Estado desde el punto de vista del catolicismo tomista o desde el anticomunismo de la doctrina de seguridad nacional.

“Las tres disciplinas -dice Romero- contribuyeron a articular una idea de nacionalidad que apelaba a algo preexistente, como si se pudiera hablar de una esencia de la argentinidad, un molde fijo en el que entraban algunos y otros quedaban afuera, no eran verdaderamente argentinos. En ese ideario se formaron generaciones y generaciones de argentinos que hicieron propia la idea de una nacionalidad en la que el pluralismo y la tolerancia no tienen cabida y donde todo lo que rodea a ese núcleo nacional son enemigos. Tanto de afuera como de adentro. Porque empezamos sospechando de los chilenos y terminamos sospechando de los argentinos, algo que se expresa en esa fórmula tan representativa de esto que fue ?la subversión apátrida´. La manera más brutal de descalificar a la subversión es negarle su pertenencia a la patria, en lugar de llamarla terrorista, por ejemplo, que sería lo técnicamente correcto. Cuando se considera que una nación es algo objetivamente definible, entonces quien define qué es esa nación puede definir también quiénes están adentro y quiénes están afuera, cualquier otra voz puede ser descalificada como no nacional. También podría ponerse como ejemplo lo que sucede hoy en los EE.UU.: el pensamiento disidente, el pensamiento crítico, no se atreve a abrir la boca porque es acusado de antinorteamericano aquél que objeta la política de Bush.”

TORSIONES Y DISTORSIONES

Ahora bien, si la Argentina había tenido un exceso de identidad, demasiado dura, demasiado arrogante, tal vez , sugiere Romero, ahora, después de la tremenda crisis vivida, estemos entrando en una fase en la que nos haría falta un poco de confianza. “Pero siempre relativamente, porque en cuanto se encrespa un poco la situación política uno ve que rápidamente se apela al recurso más fácil: ?Todos unidos en defensa de la causa nacional´, que es la que yo digo que es la causa nacional. No es que no haya causas nacionales, pero el problema es que cada uno se crea con derecho a definirlas y a dejar afuera a los que no entran en esa definición. Como cuando el Presidente planteó que la pelea por la deuda externa era una causa nacional. Obviamente, en ese planteo, se dice que quien tiene una idea distinta de cómo podría resolverse el problema de la deuda externa, sería un antipatriota. Y luego lo más grueso es que la mitad de los acreedores son argentinos que en algún momento compraron bonos, y entonces eran buenos argentinos que confiaban en su país. Y ahora porque esperan que alguna vez les paguen son los fondos buitres, los no patriotas.”

Entre otros rasgos de nuestro nacionalismo “duro, un poco pasado de moda”, Romero menciona la asociación entre patria y ejército que ha hecho de la institución militar la quintaesencia de la nacionalidad y el patriotismo (evidente en la escuela no sólo por las efemérides patrias sino también por actos simbólicos como la jura de la bandera o el desfile de los abanderados en las fiestas nacionales); la definición de la Argentina como un país de población blanca (“los viejos manuales decían que somos el único país blanco de América latina, como si eso fuera cierto y, sobre todo, como si fuera relevante”); la información inexacta sobre la verdadera extensión del territorio nacional, cuya superficie es de 2.800.000 kilómetros cuadrados y no de casi 5 millones como decían los manuales, que sumaban las islas y la Antártida, territorio este último sobre el que la Argentina ha firmado tratados internacionales comprometiéndose a no hacer reivindicaciones de soberanía. “Esa mentira que descubrió Silvina Quintero -dice Romero- está en línea directa con una concepción de la nacionalidad anclada en el territorio y también con que al destino de grandeza que nos autoaugurábamos tenía que corresponderle un país también grande”, dice Romero.

Este tipo de distorsiones fueron corregidas gradualmente a partir de 1983 cuando se impulsó una gran renovación de los textos escolares y se puso otra vez en contacto la producción editorial con los desarrollos más serios y actualizados de estas disciplinas en el nivel universitario. Sin embargo, el equipo de investigación descubrió sorprendentes continuidades, hijas, casi siempre, de la inercia del sentido común y no de alguna intencionalidad teórica. “Los libros de los últimos diez o veinte años, por supuesto, eliminan estas cosas porque trabajan en ellos autores serios que saben de verdad geografía y critican esto de que tenga sentido definir a la Argentina en términos de raza. Pero como los libros tienen una factura compleja ahora y pasan por muchas manos, en algún momento alguien del sector editorial agrega un mapa tomado de los viejos manuales donde se ve la distribución según razas de la población en América. Esto es lo que nosotros llamamos el sentido común, porque no es que esa persona lo haya hecho con mala intención, ni buscando polemizar, sino que le pareció natural que ese mapa debía estar porque también esa persona aprendió en la escuela que la Argentina es un país de raza blanca y que definir eso es relevante.”

Los grandes cambios que empezaron a incluirse en los libros de texto a partir de la democracia apuntaron especialmente a desmontar el relato mítico de la historia argentina. Pero, ¿qué relato viene en reemplazo de aquél que, aun con sus torsiones y distorsiones, fomentó y propició eficazmente un sentido de pertenencia y unidad, un lazo social que incluyó a generaciones y generaciones de argentinos? “Sin duda -dice Romero-, la respuesta a estos relatos míticos no puede ser el no relato, no me imagino la historia si no es bajo la forma de un relato, que seguramente tendrá que ser complejo, deberá incorporar muchas voces, contrapuntos, pero todo eso tiene que dar una unidad. El problema es más bien práctico, ¿cómo hacer de todos esos procesos algo comprensible para escolares en un contexto donde los niveles educativos son bastante más bajos que los de hace cincuenta años? ¿Cómo evitar que este tipo de nuevos relatos caigan en manos de vulgares simplificadores e ignorantes? Ese es un desafío para los historiadores, pero me parece que, de algún modo, hay que lograr un relato en el que quizás el peso no esté tan puesto en Buenos Aires, sino que la historia argentina sea Buenos Aires, Córdoba, Salta, Mendoza, Rosario. Tiene que haber una manera de relatar una historia así. Y ese relato tiene que llegar hasta nuestros días y empalmar con un presente que a los ojos de cualquiera es conflictivo y contradictorio. No puede ser que en el pasado hayamos sido todos héroes unánimes y ahora estemos todos a las patadas. En realidad, seguramente ha sido siempre así, conflictivo como es ahora.”

El libro se cierra con una duda sobre qué tipo de identidad nos haría bien. Si la escuela debe formar ciudadanos, ayudar a construir el sentido común de una población, el lazo social que incluirá a las distintas generaciones, ¿cuál sería el imaginario argentino más adecuado para las generaciones del futuro? Romero es categórico: la argentinidad no es, se hace. “Una sociedad que quiere ser plural, y eso dijimos que queríamos ser hace veinte años, tendría que pluralizar sus rasgos identitarios. Lo cual no quiere decir disolver la identidad. Siempre hay temor a la disolución cuando se abandona el relato mítico -la encarnadura de la Nación en el Ejército-, cuando se entra en una zona de construcción y, por lo tanto, de incertidumbre. Después de todo, la idea de Nación que está en las obras de Mitre o en la Constitución, que son contemporáneas, es una apelación a ?todos los hombres de buena voluntad que quieran habitar el suelo argentino´. Allí no hay ninguna idea esencial ni de religión, ni de raza, ni de cultura. Y no se trata de desterrar los elementos emotivos, nadie puede vivir sin eso, se trata de colocar los elementos emotivos y los valores en un ámbito que no estropee todo lo que por otro lado se hace en favor de la democracia. Se trata, en todo caso, de llevar a la práctica una fórmula que Habermas hizo muy famosa, ?el patriotismo de la Constitución´, y no un patriotismo de la nación en armas. Obviamente lo emotivo es muy importante, pero también es importante darse cuenta de que las emociones se construyen y hasta ahora las han construido otros. Ahora los ciudadanos tenemos que pensar cómo construir emociones de la ciudadanía.”

Romero lo piensa en términos de Ernesto Renán: “la Nación es un plebiscito cotidiano”. En cada momento, cada uno está ratificando su voluntad de vivir con los otros de acuerdo con ciertas normas de convivencia. “Yo no colocaría la línea entre patriotas y no patriotas, sino entre gente que respeta la ley y gente que no la respeta: ésa es una muy buena línea para una definición de patria fundada en la Constitución, los derechos humanos y los deberes. La Argentina es algo en permanente construcción, algo que uno recibe, porque es una herencia, pero lo trabaja y lo entrega a las generaciones siguientes un poco cambiado. No es un mandato que viene del pasado sino una tarea.” .

Publicado en La Nación

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