Luis Alberto Romero

artículo publicado

26 de diciembre de 2005

“Los peronistas cambiaron de jefe sin matarse”

En su departamento capitalino, junto a una imponente biblioteca y una mesa de pool, el reconocido historiador Luis Alberto Romero habló con Hoy. Destacó el hecho de que se haya logrado reconstituir la autoridad presidencial. También cuestionó lo que considera una baja de la exigencia académica en algunas universidades. Y denunció que a veces se reparten cátedras de manera clientelística

Por Juan Gossen

Luis Alberto Romero es uno de los historiadores más reconocidos de la Argentina. Se destaca por ser autor de numerosos obras que se leen asidua- mente en las escuelas medias y en las universidades.

Para Romero, el estudio del pasado de nuestro país ya es una cuestión de familia. Su padre -José Luis- fue uno de los intelectuales argentinos más famosos del siglo pasado, y sus li- bros, también de historia, aún son permanentemente consultados en ámbitos académicos.

El historiador suele trabajar en un pequeño departamento capitalino, rodeado de una imponente biblioteca. “Hay muchos más libros que los que podré llegar a leer en mi vida”, confiesa, entre risas. Romero tam- bién tiene una mesa pool. “La usan mis hijos, yo recién estoy aprendiendo”, sostiene, mientras ensaya algunos golpes con el taco y mira al fotógrafo de Hoy.

Frontal y sin medias tintas, Romero realiza duras críticas a algunos au- tores de libros (como Jorge Lanata, Felipe Pigna y Pacho O’Donnell) que incluyen temas históricos, y que son un verdadero éxito de ventas. También cuestiona la “idea conspirativa” de la historia que, según manifiesta, hace creer que existe un poder omnímodo que atenta contra los intereses nacionales.

– ¿Por qué la Argentina no se convirtió en una potencia?
– No es mi estilo explicar a partir de una sola causa. Es una historia muy encadenada. Creo que hay un problema en el funcionamiento del Estado argentino y su capacidad para relacionarse con los grupos de interés, ya sean empresarios, sindicalistas, etc. El Estado argentino creció mucho, de forma sostenida, hasta los años ‘70. Lo hizo enredándose con los grupos de interés y fue demasiado sensible a la capacidad de presión de estos grupos. Hasta la crisis de los años ‘70 y ‘80, el Estado aparecía con mucha capacidad para intervenir en la sociedad, pero estando muy presionado. Su manera de intervenir era, según cómo se lo presionaba, dando grandes regalos o prebendas a un grupo u otro. Lo más típico fueron las devaluaciones.

– ¿Por qué se desarticuló el Estado?
– Es la gran bisagra de la historia argentina. Hubo un fuerte crecimiento hasta 1975. En ese año, estábamos en una suerte de paroxismo, con una intervención del Estado muy alta, y la lucha entre los intereses corporativos por controlarlo se volvió frenética. Fue lo que causó la crisis del gobierno peronista. Desde 1975 en adelante, las diferentes políticas que se adoptaron, con matices, consistieron en reducir la capacidad de intervención del Estado y así disminuir el interés para presionarlo. No fue igual para todos, ya que empezó con una gran transferencia de bienes del Estado a grupos privados.

– Después de la crisis de 2001, ¿se abrió una etapa distinta?
– Hay gente que piensa que ahí empezó un proceso revolucionario. Yo no lo veo así, ya que me parece una gran fantasía. Sí es cierto que fue la gran crisis del sistema menemista, pero aún no sabemos cómo va a resolverse. A lo mejor resulta ser sólo un bache y luego se retoma el mismo camino. La historia está abierta.

– ¿Qué hechos del gobierno de Kirchner se ganarán un lugar en los libros de historia?
– Lo que parecía como un intríngulis alrededor de la deuda externa y el déficit del Estado, se logró destrabar de alguna manera. Otro cambio importante es que, en 2001, se dio algo inédito en la Argentina, como fue la crisis de la autoridad presidencial, que ahora parece haberse soluciona- do. Quedan otros temas, como la reconstrucción del aparato del Estado.

– ¿Existe una reconfiguración del sistema partidario?
– Está claro que los dos partidos tradicionales (PJ y UCR) están en crisis. Pero, si uno mira la historia del siglo XX, la realidad es que siempre estuvieron en crisis. El radicalismo, casi siempre, estuvo dividido. Ahora ha dejado de ser el segundo partido. Hasta el siglo pasado, la política consistía en una polarización muy fuerte, que era facciosa e intolerante. Eso alimentaba la existencia de dos partidos distintos. Al bajar los decibeles de esa facciosidad, se abre el panorama. Más allá de eso, por más que el partido peronista esté en crisis, sigue siendo gobierno. Ellos han hecho algo muy notable: cambiaron de jefe. Es decir, con la elección de Menem se produjo la elección de un nuevo jefe, en una situación de vacancia, que se cubrió con el resultado de la interna de 1987, que fue algo espectacular en la Argentina. Ahora lograron constituir un nuevo liderazgo sin matarse. En los ‘70, está disputa hubiese terminado a los tiros. Fue un cambio bastante civilizado.

– ¿A qué se debe el éxito en ventas de los libros de autores como Lanata, Pigna o Pacho O’ Donnell?
– No es algo tan novedoso. Desde que apareció el revisionismo histórico, en los años ‘30, se dieron estas explosiones de entusiasmo. No es que hayan descubierto la pólvora estos autores, ya lo hizo José M. Rosa. Creo que, como historia, es muy pobre. Tiene deficiencias profesionales y es un fenómeno cultural interensatísimo ya que habla mucho de sus lectores. Se puede ver cómo el revisionismo forma el sentido común acerca del pasado de un gran número de argentinos. Existe una suerte de idea de la conspiración que atenta contra los intereses nacionales, una especie de poder omnímodo que desde el año 1600 en adelante nos está amenazando. La otra idea es que se cree que hay una historia no contada, que fue mantenida oculta, y que ellos van a revelar. Ninguna de estas ideas es buena.

 

La crisis educativa

Romero se vio envuelto en un conflicto en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA cuando se creó una cátedra paralela a la materia que él dicta desde hace más de 20 años. Lejos de quedarse de brazos cruzados, el historiador afirma que la decisión se adoptó sin tomar recaudos académicos.

– ¿Se tiende en muchas universidades a bajar el nivel de exigencia?
– En mi facultad, sin duda. Lo ocurrido en mi cátedra pasó en muchas otras, con el agravante de que, en realidad, los que aparecen a cargo de cada una de estas cátedras son agrupaciones políticas. Se dio una al Partido Comunista Revolucionarios (PCR), otra al Partido Obrero (PO), etc. No es un criterio académico, sino un reparto entre ideológico y clientelístico. Las dos cosas conspiran contra el nivel. Todo esto se inserta en la idea de que hay que bajar la exigencia por razones de popularidad. No es la idea de Universidad que yo tengo. Pero no sé hasta qué punto eso es generalizado: se da más que nada en facultades como las de Filosofía, Ciencias Sociales y Periodismo, que son como un islote. No creo que los médicos hagan eso.

 

“Me pone de mal humor la tergiversación”

“Me pone de muy mal humor leerlos (a Lanata, Pigna y O’Donnell), porque me doy cuenta de la tergiversación y la manipulación. En algunos casos me indigno porque decir que Mariano Moreno fue el primer desaparecido sepultado en el mar es un abuso. Pigna mezcla el pasado con algo demasiado importante para los argentinos de hoy, como los desaparecidos”, dice Romero.

 

Una definición del peronismo

“Lo que se mantiene en el peronismo es un estilo de hacer política, de relacionar los medios con los fines. En el peronismo, los medios no suelen limitar a nadie. Los fines son tener el control del poder. En realidad, no sé si es algo tan exclusivo del peronismo o si se trata de una definición de la política en su conjunto”, afirma Romero. El historiador destaca, además, que es muy difícil gobernar cuando el peronismo es oposición: “No me parece que, en el estilo político peronista, la estabilidad institucional sea un factor que limite la búsqueda del poder”. Dice que no es bueno homologar a todas las presidencias radicales. Remarca que hubo una diferencia sustancial entre los gobiernos de De la Rúa y de Alfonsín.

Publicado en Hoy - La Plata

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