Luis Alberto Romero

artículo publicado

7 de julio de 2019

Los peronistas, las fabulaciones y las traiciones

Las vísperas electorales suelen ser el momento de la lectura interesada de la historia y de la búsqueda, quizá forzada, de referencias al presente. Dos libros recientes, referidos al peronismo histórico, parecen por momentos hablar de la actualidad y del siempre apasionante tema del peronismo. 

Samuel Amaral, un reconocido historiador, escribió un sólido estudio sobre la elección presidencial de febrero de 1946, precisando y analizando los resultados electorales en los niveles nacional, provincial y departamental. Hugo Gambini y A. Kocik publicaron un libro polémico, “Las traiciones de Perón”, basado en los anteriores trabajos del recientemente fallecido Gambini, uno de los referentes de la moderna historiografía sobre el peronismo y también, justo es mencionarlo, un anti peronista consecuente y nada vergonzante.

Los dos nos hablan de temas del día: la fluidez del campo político, especialmente del peronista, la falta de límites en el momento de cambiar de bando y también las ensoñaciones y fabulaciones de sus líderes. 

Amaral muestra la hazaña de Perón -ciertamente ayudado por el gobierno militar- para construir en solo cuatro meses -entre octubre de 1945 y febrero de 1946- un aparato electoral de escala nacional, que le permitió presentar listas en cada provincia. En Buenos Aires y sus alrededores lo hizo sobre la base de los sindicatos, pero en el resto del país debió recurrir a dirigentes de las viejas fuerzas políticas que, por diversas razones, se sumaron al nuevo movimiento. Allí hubo socialistas, conservadores, nacionalistas y sobre todo muchos radicales. Algunos venían del anti personalismo, como el vice presidente Quijano, pero la mayoría eran yrigoyenistas, que según Amaral vieron en Perón muchas de las virtudes del líder radical.  

Unidos para sostener a Perón, estos grupos compitieron en cada provincia, y frecuentemente concurrieron al comicio separados. Los resultados que ofrece Amaral son elocuentes acerca de esta heterogeneidad constitutiva, que preanunciaba futuras escisiones. Perón intervino en los casos más críticos y dejó los primeros “heridos”, que se sintieron traicionados por su líder, una situación que se repetiría con más frecuencia al establecerse el principio de la verticalidad . 

La traición no es una cuestión menor en el peronismo, un movimiento que la coloca en el centro de su discurso y que celebra año a año el día de la Lealtad  -según sus detractores, por ser el único en que la practican-. La lealtad es un componente central en la idea de un movimiento que quiere expresar al “pueblo entero” que “está unido” detrás de su líder. “Para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”, se dice. Su opuesto es la traición, pecado capital, descalificador a la hora de los epítetos. La sanción es el ostracismo, la expulsión quizás, aunque la puerta nunca se cierra definitivamente.

Montoneros la tomó al pie de la letra y se dedicó a asesinar burócratas sindicales calificados de traidores. 

Hugo Gambini ha estudiado a fondo la historia del peronismo, más allá de sus mito. Con rigor profesional y saña antiperonista, no deja pasar nada. Y concluye que Perón practicó la traición sistemáticamente. Para limitarnos a su vida política, recuerda el trato que dio a sus camaradas del GOU, algunos muy cercanos personalmente, luego a Luis Gay y Cipriano Reyes, gestores del 17 de octubre y fundadores del partido Laborista -Reyes fue preso y torturado-, a Mercante, que era “el corazón de Perón”, y más adelante a Vandor y al pobre Cámpora, que se definía con orgullo como obsecuente de Perón. 

Evita también tuvo su lista, que incluyo a Bramuglia, a quien odió siempre, y a Ricardo y Lilian Guardo, sus amigos hasta que sospechó que en ellos anidaba la traición y, como Robespierre, prefirió recurrir a la guillotina antes de que aflorara. En el caso de Perón, en cambio, me parece que esas traiciones fueron un instrumentum regni, lógico en quien tiene que conducir un movimiento heterogéneo, balancear las influencias y cambiar las alianzas, pero usado al mejor estilo de una corte de los Médicis. 

Yo diría que Perón era un hombre sin lealtades, y sin pasiones, capaz de obrar a sangre fría con lógica maquiavélica. Pero hay algo más. Indudablemente no quería ver crecer a posibles reemplazantes y, argumentando que su único sucesor sería el pueblo, fue liquidando, uno a uno, a los que asomaban la cabeza. A diferencia de Yrigoyen, que al fin de su carrera dijo “hay que rodear a Marcelo (Alvear)”, Perón se desentendió de la suerte de su movimiento y del país, dejando todo en manos de Isabel. Sabemos cómo terminó. 

La segunda observación de Gambini que hoy nos interpela es su gusto por la fabulación. Todos retocamos un poco nuestra historia, nos olvidamos de alguna cosa y acomodamos otras, y eso nos permite vivir mejor. No hay daño. En el caso de un líder es distinto, sobre todo porque los investigadores escrutan a fondo la verdad de sus dichos.

Para Gambini, Perón cambió permanente y sistemáticamente su historia personal, comenzando por el año de su nacimiento. En el exilio puso por escrito fragmentos de su biografía, retocados y adornados, que también contó a los muchos visitantes de Puerta de Hierro, entre ellos a quienes serían sus biógrafos: Pavón Pereyra, que lo creyó todo, Félix Luna, que señaló las más flagrantes discrepancias, y Tomás Eloy Martínez, que tuvo la precaución de llamar a su biografía una novela. 

Gambini expurga todas esas tergiversaciones y señala algunas fabulaciones notables. En 1939, cuando hacía un curso de perfeccionamiento en Italia, habría sido recibido por Mussolini, quien le habría dedicado una clase personal, quedando satisfecho por la comunidad de ideas con ese oscuro teniente coronel argentino. En mayo de 1968, Perón habría estado en las calles de París, alentando a los jóvenes revoltosos, o también alertando  a otros sobre sus locuras, pues era habitual que esos recuerdos se ajustaran a lo que cada uno de sus interlocutores esperaba escuchar. 

En suma, en esta lectura, que admito sesgada e intencionada, el movimiento peronista, unido y leal a su líder, aparece fragmentado, con sus militantes circulando por diversos espacios, aunque sin perder el punto de referencia. Allí, donde la traición es más común que la lealtad, sus líderes se sumergen en ensoñaciones y construyen relatos fantásticos pero funcionales. Pero también conservan la sangre fría y el puñal bajo el poncho para liquidar al disidente, o, más humanamente, la aguja y el hilo para suturar partes afectadas. Similitudes forzadas quizá, pero sugerentes.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Amaral, El gran triunfo de Perón en 1946, Gambini, Lealtad y traición, Perón, Perón y los nuevos liderazgos peronistas

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