Luis Alberto Romero

artículo publicado

11 de abril de 2003

Los que mandan hoy

No era difícil saber quienes mandaban en los sesenta, cuando José Luis de Imaz publicó su libro. Quizá porque entonces las realidades eran más claras, quizá también porque los paradigmas de las ciencias sociales nos daban más certezas. Por entonces había una “clase propietaria”, integrada por sectores empresariales bien alineados detrás de sus representaciones corporativas; términos como “clase terrateniente”, “burguesía nacional”, “burguesía monopólica” tenían un claro correlato empírico, tanto como “sindicalismo peronista”, ámbito donde se veía la gestación de una nueva dirigencia. Igualmente nítidos eran otros “factores de poder”, como se decía: las Fuerzas Armadas, la Iglesia.

Todos ellos correspondían a una sociedad vital y potente, al igual que el estado, fuerte y capaz de grandes emprendimientos, como los que asumió en tiempos de Frondizi u Onganía. Tanta potencia encerraba una debilidad: su colonización por los agentes de aquellos intereses que debía regular. Marcelo Cavarozzi acuñó una fórmula justa: “modelo estadocéntrico”. Mandar, alcanzar el poder era atrapar ese estado, que era el centro, el punto de referencia, el botín de quienes querían exprimir de sus ubres la leche de la protección, la promoción, las exenciones, las prebendas, los monopolios.

La lucha no se libraba en los escenarios previstos por la Constitución: las instituciones representativas, que nunca habían funcionado muy bien, estaban heridas de muerte por la proscripción peronista. Transcurría en otro escenario –el llamado “parlamento negro”- y consistió en planteamientos militares, paros generales, retención de divisas, aumento de precios. Los conflictos se desplegaban en una suerte de danza fantástica, girando todos en torno del mismo lugar. En realidad, se trataba de una espiral de violencia creciente. Los conflictos corporativos llegaron a su paroxismo en 1973, cuando el anciano general Perón volvió a ocupar la presidencia, y acabaron con él.

Terminar con estos conflictos fue el propósito de la última dictadura militar, el Proceso. Se lo hizo con métodos drásticos, que acabaron también con la Argentina vital y potente, y redefinieron el cuadro de los que mandan. Son bien conocidas sus dos herramientas principales: la feroz represión, que acalló oposiciones, y el endeudamiento externo, que dejó al estado atado a la voluntad de sus acreedores. La tercera herramienta merece un comentario. El llamado “liberalismo” no consistió –como se proclamaba- en reducir la intervención estatal y dejar que el mercado reordenara las relaciones entre los actores. Consistió más bien en hacer estallar en pedazos el estado, centro y motivo de los conflictos. Las cargas de dinamita colocadas fueron explotando a lo largo de las décadas siguientes – muchas fueron reactivadas en los noventa- y solo hoy percibimos la magnitud de la destrucción. El estado voló a la manera de la antigua Unión Soviética: cada uno –jefes militares, empresarios, políticos- se aferró a un fragmento, lo exprimió a fondo primero y lo patrimonializó finalmente, como ocurrió paradigmáticamente con las empresas de servicios públicos.

En este contexto hay que pensar hoy en cómo definir a los que mandan. La crisis del estado nos deja sin ese punto de referencia que sirve para identificar y calibrar actores, intenciones, tácticas y estrategias. No hay centro, y quienes quieren capturar el mando y ejercer el derecho a explotar, exprimir y rapiñar tienen formas tan lábiles como el estado. Son más bien pequeños grupos, o simplemente personas, como Yabrán; y en lugar de las prolijas demostraciones de poder de las organizaciones corporativas de antaño predominan hoy los métodos más directos, entre la barra brava y la mafia.

Antes de intentar una taxonomía de este mundo es necesario recordar otra consecuencia, paradójica, del Proceso. Por él y contra él, como reacción a un modo violento y faccioso de ejercer el poder, surgió una novísima fe cívica, una nueva convicción en la ética política, en el valor de los derechos y de la tolerancia. Con estos elementos fue posible construir, por primera vez de manera convincente, un conjunto de instituciones representativas, fundadas en la democracia y encargadas de gobernar el estado, o lo que quedaba de él. Estas instituciones agregaron un elemento suplementario al universo de los que hoy mandan.

¿Qué pasó con los actores de los sesenta? El imperialismo ya no está representado por las potentes plantas automotrices. Quien habla por él es en primer lugar el Fondo Monetario, y los restantes organismos internacionales de crédito, auditores de los acreedores externos. El Fondo es quien manda de manera más ostensible, aconsejando e imponiendo su fórmula, como el antiguo confesor con las mujeres beatas. Menos visibles son quienes manejan los fondos frescos, es decir ese flujo de capital financiero que aquí y en todo el mundo marca los ciclos de la economía. Llega, circula, arrastra el ahorro acumulado y se va, dejando tras si el paro y la desocupación. Quienes los manejan también mandan. No los conozco, pero se me ocurre que los operadores de los gigantescos fondos de inversión son ejecutivos jóvenes, poco cultos, que con un cliqueo en el mouse mueven miles de millones de dólares. ¿Por qué ir a la Argentina, o salir de ella? ¿Qué se dice? En línea con ellos hay un grupo de expertos locales, asesores y gurúes de la economía, que forman opinión, aquella que convence a los operadores. Unos y otros definen el azaroso curso del flujo financiero. Mandan.

Lo que antes llamábamos la burguesía se compone en primer término de un reducido grupo de grandes empresarios, de intereses diversificados, que ocupan las principales posiciones de mando en la economía. Tuvieron su apogeo como contratistas del estado, crecieron más con las privatizaciones y luego se expandieron a otras actividades, inclusive en mercados exteriores. No son un grupo; no existe entre ellos lo que antes se llamaba el “interés de clase”: cada uno arregla “lo suyo” con el fragmento pertinente del estado. Esa relación privilegiada les permite extraer las últimas gotas de ese cuerpo exangüe, que son su respaldo frente a los vaivenes de la economía mundial. Su posición no es segura, y varios han sufrido golpes serios; el giro enloquecido del capital que se ha liberado del control del estado –como el tigre que salió de su jaula- puede devorar también a quienes por un momento lo cabalgan.

El “interés de clase” se reconoce más nítidamente en el universo de los empresarios afincados en una actividad. Entre ellos tiene sentido la asociación, la gestión corporativa, la pelea por incentivos, tipos de cambio, tarifas preferenciales, reintegros, que les permitan crecer y hacerse presentes en otros mercados además del local. Han sido los más golpeados por las políticas de los noventa, pero es posible que entre los supervivientes se encuentre lo más sólido de la antigua burguesía empresarial. De cualquier modo, también ellos están condicionados por los veleidosos movimientos del capital financiero.

Los sindicatos fueron grandes protagonistas entre los años sesenta y ochenta; al final sin embargo, había algo huero y fofo en una acción cuyo núcleo eran los trabajadores estatales. Hoy la desocupación ha raleado el sindicalismo, que solo ensaya acciones de retaguardia, salvo en el caso de un sindicato nuevo, activo e imaginativo: el de los desocupados. No se cuál es la estrategia y el futuro del movimiento piquetero; en el presente ha recreado los modos de acción del sindicalismo vandorista, y se coloca en la primer fila entre quienes extorsionan y exprimen al estado. Mutatis mutandis, es lo más parecido que tenemos a la Argentina de los sesenta. Por entonces, los sociólogos constataban que en el elenco de “los que mandan” debía incluirse a Vandor y sus asociados; hoy, con el mismo asombro admitimos entre ellos a los referentes piqueteros.

La Iglesia apostó fuerte al juego del poder en los sesenta, y se aseguró un lugar importante en el reparto de ayudas estatales, sobre todo para su sistema educativo. En los setenta y ochenta se vio a sus hombres de los dos lados del conflicto: junto a los jefes militares y luchando contra ellos desde el llano social. Hoy ha abandonado aquellos lugares conspicuos y afirma su presencia en el mundo de los pobres, explayando su capacidad para expresar, encauzar y contener su conflictividad. Esto le permite presentarse ante una de las pocas ventanillas estatales abierta: la de los planes de acción social, que en una proporción no menor se canalizan a través de la Iglesia. No escapa, pues, a la vieja lógica de los grupos de interés.

Las Fuerzas Armadas están en cambio en franca retirada. Golpeadas por la crisis del estado y acosadas por una sociedad que no olvida, se circunscriben a su tarea profesional, ignoran cualquier convocatoria política y cultivan una imagen civil de su quehacer que las retrotrae a los tiempos de Mosconi, Savio y Justo. Pelean por “lo suyo”, sin mucha más fortuna que otros. Sería difícil hoy incluirlas entre quienes mandan.

Tal el estado de los viejos protagonistas. Cada uno se limita a pelear por “lo suyo”. Aunque muchas voces les reclaman alguna integración y agregación de intereses, predomina la dispersión y la falta de compromiso con el futuro de una comunidad organizada en torno de su estado. Pero a diferencia de los sesenta, desde 1983 se ha constituido otro escenario, cuya razón de ser es precisamente gobernar ese estado y darle un rumbo: las instituciones representativas, electas democráticamente. Con ella vinieron los políticos y los partidos. ¿Mandan ellos?

La sociedad argentina vivió unos años ilusionada con la potencia de la democracia y su capacidad para resolver todos los problemas: los del empleo, la salud y el hambre. Durante los años de ilusión, pareció que mandaba la “civilidad”: el conjunto de ciudadanos de buena voluntad. La constatación de su impotencia desactivó este actor y dejo solos en este escenario a los políticos.

La constitución de una clase política moderna fue uno de los grandes logros de la etapa democrática. El personal demostró alta capacitación, suma eficiencia y profesionalidad: hubo elecciones periódicas y honestas, partidos con afiliados y competencia interna, debates parlamentarios y leyes sancionadas. Si bien el reparto de atribuciones se desbalanceó hacia el Ejecutivo, el Congreso no fue mera figura decorativa y, a su manera, pudo operar expresando y articulando intereses de la sociedad, quizá no tanto a través de la palabra pública como de la transacción privada. Políticos y presidentes comandaron la parte residual del Estado. Condujeron las complejas maniobras que hicieron posible su desarme final y también su supervivencia mínima. Sin duda mandaron sobre el estado. Pero el estado no mandaba sobre la sociedad: su capacidad estaba inutilizada, como un auto con motor, pero sin volante ni freno.

Al principio, el impulso cívico había empujado a los políticos a buscar una salida al embrollo argentino que atendiera el interés general, pero constataron que las cartas fuertes estaban en manos de los otros jugadores, y se plegaron a su juego. La civilidad, desilusionada y desatenta, dejó de controlarlos y los políticos, ellos también, buscaron “arreglar lo suyo”. Se convirtieron en una corporación y se sumaron a lo que parece ser el deporte preferido de los argentinos: expoliar al estado desde una corporación, y a través de él a quienes no tienen quien los defienda. Senadores, gobernadores, hombres de aparato y presidentes tuvieron y tienen sus maneras singulares de hacerlo, y sus precios, pero el resultado es más o menos el mismo.

Así, al igual que en los sesenta, la idea de mandar remite al estado, instrumento y agente del mando. El estado fuerte, que intervenía y repartía beneficios de acuerdo con un plan o modelo está en ruinas. Carece de cerebro y de sistema nervioso central, aunque sus partes siguen actuando, garantizan un cierto orden mínimo y pueden ser usadas para la expoliación. Por detrás, sobredeterminando sus comportamientos, están las misteriosas fuerzas del capital financiero, que deciden sucesivamente la abundancia o la penuria, sin que quede claro qué es peor. Ellos mandan realmente, aunque no se interesan demasiado en los detalles. De esos detalles se ocupan en cambio los mandones locales: un conjunto de poderes que defienden “lo suyo”. Cada uno semeja a un barón feudal, refugiado en su castillo, que se apropia de un fragmento del poder estatal y lo usa en beneficio propio. Ese conjunto de poderes tiene una escasa capacidad de agregación. Tiran para distintos lados y no constituyen un colectivo. Hay muchos que mandan pero no hay lo que antaño se llamaba una “clase dominante”, simple o compleja, con una idea compartida acerca del país.

¿Serán así las cosas? Quizá no entendamos bien la lógica de este nuevo funcionamiento, con un estado en retirada. Quizá nos fallan las teorías y paradigmas que se proponen explicarla, tan incipientes, ambiguos e imprecisos como la realidad de que deben dar cuenta. Es sabido que el fondo del pozo es el peor de los lugares para poder apreciar los cambios emergentes. San Agustín vivió, a principios del siglo V, convencido de que asistía a la ruina de la auténtica civilización, la romana; sin embargo en ese momento daba sus primeros pasos otra tan espléndida como aquella, la cristiana, que reconoce en Agustín a uno de sus fundadores. Quizás en este momento, sin que lo sepamos, esté emergiendo una nueva forma de organización de la sociedad, en la que el estado sea menos relevante, o quizá un nuevo núcleo de mando, capaz de darle a nuestras vidas al menos un punto de referencia.

Publicado en Debate

Etiquetas: El gobierno, Los empresarios, Los partidos, Los sindicatos

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