Luis Alberto Romero

artículo publicado

17 de marzo de 2018

Los “temas polémicos” de la historia argentina, a debate para superar relatos ideologizados

Hilda Sábato, Eduardo Míguez, Miguel Ángel de Marco, Roberto Cortés Conde, Pablo Gerchunoff y
Juan Carlos Torre, entre otros, son los especialistas convocados para este ciclo pensado por Luis Alberto
Romero y que se inicia el próximo martes en el Club del Progreso.
Cada semana, dos académicos debatirán sobre alguno de los nudos historiográficos de nuestro
pasado, brindando enfoques diferentes del mismo tema, aunque no necesariamente antagónicos. La idea
no es que protagonicen “un combate”, explica Romero, sino mostrar la complejidad de los hechos y de sus
interpretaciones.

Los temas programados en el ciclo son: La conquista del desierto, La Guerra contra el Paraguay,
¿Federalismo o centralismo?, Gran Bretaña y la Argentina, La década del 30, El peronismo y la
democracia, Los golpes militares, La violencia política de los setenta.

Luis Alberto Romero respondió las preguntas de Infobae sobre la finalidad de este ciclo de polémicas, el
criterio con el cual convocaron a los participantes y el resultado que espera lograr.

— ¿Con qué criterio se elaboró el programa?

— Mi idea es hacer un aporte, desde una institución de la sociedad, a la recuperación de una conversación
y un debate razonables sobre nuestro pasado histórico. Hoy está ampliamente instalada una versión
altamente ideologizada, frecuentemente mítica y poco preocupada por los hechos comprobables. Su matriz
combina el clásico revisionismo histórico, el “setentismo” y la peor deriva de la muy noble doctrina
de los derechos humanos. Todo eso constituye una especie de piedra instalada en nuestra memoria
colectiva, un lastre que contribuye a obturar nuestros debates sobre el presente.

— ¿Cuál puede ser una réplica adecuada a esa lectura?

— Nada se ganaría intentando remplazar esta versión, que hoy es la “historia oficial”, por otra. Ciertamente,
hay que descartar la falsedad y el mito. Pero luego, descubrimos que existen diversas perspectivas
sobre los hechos, distintos ángulos para mirar realidades que son complejas e irreductibles a una sola
explicación. A veces, esas perspectivas se complementan, a veces abren la posibilidad de la confrontación. Lo importante es mostrar que todas son legítimas, como son legítimas las diversas opiniones en una
democracia plural. Y que es bueno fomentar la conversación y la discusión, sobre todo si las partes están
interesadas en escuchar al otro, ya sea para modificar su propio punto de vista, para matizarlo o
eventualmente para modificarlo. Así decimos que debería funcionar la democracia. Se trata de incorporar
esos criterios al debate sobre el pasado.

— ¿Tienen los expositores perspectivas realmente discrepantes?

— Todos coinciden en algo: la idea de que la historia es un saber y no meramente una opinión. La
historia es compleja, y las explicaciones que se dan son diversas. Pero todos coinciden en que hay
límites a la diversidad, determinados por un consenso académico que no es rígido pero es claro. En
ese ámbito, se pueden decir muchas cosas, pero no cualquier cosa. Para poner un ejemplo clásico: en
1848, en la Vuelta de Obligado, las fuerzas de Buenos Aires, que no eran “argentinas”, fueron derrotadas
por las británicas, que rompieron el bloqueo del río Paraná. A partir de esto se pueden decir muchas
cosas, y argumentar por ejemplo sobre cómo Rosas impuso a la larga su criterio, pero el hecho en sí
es una derrota. No es lo que dicen los “outsiders”, narradores y divulgadores de mitos facciosos.

— ¿Y las diferencias?

— Las hay, y son importantes. Confiamos en poder mostrar que la principal diferencia reside en el ángulo y
el lente. En la primera reunión, dedicada a la así llamada “conquista del Desierto”, una historiadora -Hilda
Sabato- mirará el problema desde la perspectiva de “los blancos”, para decirlo mal pero claro, y desde
el Estado que estaba construyéndose. Ingrid de Jong es antropóloga y lo planteará desde el lado de los
pueblos indígenas y de su secular experiencia de convivir con los “blancos”. Ni una ni otra son militantes
de una causa, ni protagonizarán un combate. Pero las dos perspectivas, reales, válidas, probablemente
sirvan para mostrar que los problemas son más complejos que un combate entre buenos y malos.

— Por mucho tiempo, estos debates estuvieron trabados o resultaron inconducentes por una
polarización muy ideologizada que con frecuencia no atiende razones, evidencias ni datos. ¿Existe
actualmente un mayor espacio para un debate razonado de estos temas?

— Más que una creencia es una convicción: es necesario abrir ese espacio y convencer a los ciudadanos,
que suelen tener instalada una versión del pasado dura y acrítica, que es bueno conversar, discutir,
convencer y ser convencido. Lo que estamos proponiendo es un paso, inicial, modesto, de algo que nos
gustaría que se generalizara. Mejoraría mucho nuestra memoria histórica y, sobre todo, nuestra convivencia
política.

— ¿Es posible evitar la lente deformante de perspectivas demasiado imbuidas de debates presentes
que lleva a querer “encajar” todo en categorías de hoy?

— Si dijera que sí estaría negando una dimensión muy importante de la conciencia social sobre el pasado, y
aún del trabajo de los historiadores profesionales. Todo el que mira el pasado está buscando una
respuesta a algún a pregunta o inquietud del presente o algún proyecto para el futuro. Por eso la historia
es tan poderosa, mucho más que la sociología. Los historiadores profesionales tenemos la tarea de
moderar esa tendencia, no para destruirla sino para hacerla más fructífera. Queremos que, al menos
transitoriamente, los ciudadanos abandonen su rol de jueces o de activistas y procuren comprender lo que
pasó, los motivos de cada uno, las razones y circunstancias que condicionan las decisiones, los coflictos reales, que van más allá de las intenciones de los actores. También queremos instalar la idea de que elpasado es distinto del presente, y que no se lo comprende si no se entiende la especificidad de los
valores de cada época.

— Evitar los anacronismos, que son tan frecuentes en esas visiones…

— Sí, por ejemplo, “genocidio” es una categoría del siglo XXI, connotada por experiencias muy precisas;
trasladarla al siglo XIX o al Egipto faraónico no agrega nada a la comprensión, y en realidad desvía el
foco. Con más comprensión y un poco de relativismo histórico no solo entenderán mejor el pasado sino que
podrán procesar mejor los conflictos del presente, y eventualmente, desarrollar mejor sus proyectos.

— ¿Qué resultado los conformaría como organizadores de este ciclo?

— La asistencia del público -arrancamos con un cupo de inscriptos ampliamente cubierto- y la posibilidad de
divulgar lo que resulte, a través de videos u otros medios. Pero para mí, el gran éxito consistiría en que la
iniciativa fuera replicada y sostenida en otros ámbitos, en Buenos Aires y en el resto del país. Con otros
enfoques pero con el mismo ánimo. Por eso decía que vemos esto como un primer paso, y esperamos que
nos sigan.

Publicado en Infobae

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