Luis Alberto Romero

artículo publicado

18 de abril de 2004

Los textos escolares y la identidad nacional

La nación Argentina existió desde siempre. Tiene un territorio que naturalmente le pertenece -con sus tres partes, continental, insular y antártica- y una cultura común a todos los argentinos, una suerte de “ser nacional”. Un buen argentino quiere lo mejor para su nación, se identifica con ella y la defiende. Estas ideas parecen naturales, hasta obvias; están instaladas en nuestro sentido común, y habitualmente no reflexionamos sobre ellas. Son ideas simples y, si se quiere, inocentes.
Pero no tanto. Ese sentido común alimenta nuestro imaginario nacionalista. Conforma y sostiene ideas acerca de la homogeneidad de nuestra sociedad y de nuestra cultura que nos hacen ver lo distinto como extraño y hasta peligroso. Nos aseguran que la Argentina es una nación grande y bien dotada, que tiene prometido un destino de grandeza. Si no se concreta, se debe a la acechanza de oscuros enemigos, confabulados desde siempre para aplastarnos. Intolerancia, soberbia y paranoia han sido a menudo las manifestaciones extremas de un nacionalismo traumático, que en ocasiones nos arrastró a aventuras insensatas. Como ocurre con todos los traumas, la única terapia posible es sacarlo a la luz: examinar las ideas que conforman nuestro sentido común, someterlas a la crítica racional y confrontarlas con otras ideas, que también nos son caras y que se llevan mal con ese nacionalismo intolerante.Ese ha sido el propósito de la investigación que realizamos un grupo de académicos argentinos -Silvina Quintero, Hilda Sabato, Luciano de Privitellio- juntamente con otros colegas chilenos. Nos propusimos examinar los libros de texto habitualmente usados en los establecimientos escolares a lo largo del siglo XX, y buscar en ellos elementos de hostigamiento, desvalorización o enemistad con el vecino. En el caso argentino, aunque las menciones a Chile no abundaban, nos topamos con ese sólido y raigal sentido común nacionalista, dirigido a muchos enemigos, pero a ninguno en particular.No lo inventaron los libros de texto: la cultura política argentina se ha alimentado largamente de estas concepciones esencialistas, unanimistas de la nacionalidad, intolerantes y chauvinistas. Está presente en los intelectuales como Manuel Gálvez, Ricardo Rojas, Ezequiel Martínez Estrada, Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, y tantos otros que han tratado de develar el célebre “ser nacional”, la esencia argentina. Las Fuerzas Armadas han aportado mucho, al identificarse ellas mismas con los valores nacionales esenciales, y presentarse como sus custodios privilegiados. Nuestros dos grandes movimientos políticos democráticos, el radicalismo yrigoyenista y el peronismo, a su hora se han presentado respectivamente como la encarnación de los intereses del pueblo y de la doctrina nacional. La Iglesia Católica, en las décadas de la entreguerra, postuló que la Argentina era una nación católica y que quienes eran ajenos a esa creencia debían ser considerados algo así como huéspedes transitorios de la nación. En suma, no han faltado definiciones ni definidores para esta idea de una nación esencial, que convoca a la unanimidad, excluye la diferencia y desconfía de lo ajeno.Los libros de texto se han nutrido de estas tradiciones. Muchas llegaron como prescripciones curriculares, pues los funcionarios del Estado participaban de aquellas ideas. Es notorio, por ejemplo, el impulso que los gobiernos militares más recientes dieron a la doctrina de la “seguridad nacional” y a una definición del buen argentino y del mal argentino de claros perfiles políticos. Por otra parte, el Instituto Geográfico Militar supervisa toda la cartografía, y cada mapa, aun el más escueto, es portador de una definición de nación, en la que la dimensión territorial es altamente significativa. Esas y otras influencias se acumularon y sedimentaron en los textos escolares; limadas sus diferencias, integradas sus distintas dimensiones, se transmitieron a generaciones y generaciones de escolares. No es ciertamente el único vehículo de difusión de este imaginario nacionalista, pero resultó ser altamente eficaz: pensamos en la nación argentina en los términos en los que la escuela nos lo ha enseñado.En Historia se nos enseña acerca de ese núcleo de nacionalidad presente desde la llegada del primer español, si no antes: no es raro que se hable de aborígenes argentinos para referirse a quienes habitaban el actual territorio de nuestro Estado. Aunque mayo es un nacimiento oficial, esa esencia nacional habría impregnado este territorio y a quienes en él vivían; la historia no es otra cosa que el relato de su gradual realización. En ese relato, las Fuerzas Armadas y sus jefes -los héroes patrios- han tenido el papel protagónico, hasta culminar en la afirmación del Estado argentino, el fin de la historia, pues dentro de esta concepción el Estado nacional es el ámbito natural de realización de la nacionalidad. En el área de civismo -una disciplina de nombres cambiantes- se ha enseñado un poco de instrucción constitucional y mucho acerca de los valores del “buen argentino”, que progresivamente ha tomado el perfil de “occidental y cristiano”.
En geografía se explica cómo esa nacionalidad se desarrolla en el marco de un territorio: este concepto es fundamental debido a la difícil aplicación de criterios que son comunes en otros contextos, como la raza o la lengua, pero que no sirven para diferenciar claramente nuestra nacionalidad de la de los vecinos. De modo que todo reposa sobre el territorio, que se carga de una nacionalidad esencial, al punto que la pérdida de la menor de sus porciones puede afectar todo el edificio.
El territorio tiene un límite: la frontera, entendida -a contrapelo de la realidad- como barrera, como muro, como la zona de tensión entre nuestra soberanía y otras. Ser una nación Soberana supone inevitables problemas de límites con otras naciones, regidas también por los mismos imperativos. La historia y la geografía suministran las razones que justifican nuestros derechos, en parte para argumentar ante la opinión internacional, pero sobre todo para desarrollar la conciencia de los argentinos. Esto incluye reclamar derechos sobre territorios en los que no se ejerce soberanía reconocida, como la Antártida y/o las islas del Atlántico Sur, aunque el Estado argentino se ha comprometido a no realizar actos de soberanía en ese continente. En los textos se desarrolla una argumentación acerca de la argentinidad de ese territorio, combinando razones geológicas, geográficas, históricas y jurídicas.
La identidad se complementa con la definición de un “otro”. Se lo encuentra tras la frontera, tratando de arrebatarnos lo que es nuestro, penetrando en nuestro territorio, así sea con ondas radiales o imágenes televisivas. Otro enemigo, esta vez lejano, es Gran Bretaña, la “pérfida Albión”, siempre complotando en contra de nuestros intereses. A menudo lo hace asociada con el Brasil, con quien nos separan diferencias étnicas, lingüísticas y hasta religiosas, pues la mención a la presencia de “judíos portugueses” en las etapas iniciales de la colonización es canónica. Posteriormente apareció el enemigo interno: el comunismo, la subversión apátrida. Son muchos enemigos, y sus motivos, diferentes. Pero esta manera de entender la nacionalidad lleva fácilmente a unificarlos en una amenaza genérica, un peligro latente, que impide la concreción de nuestro destino de grandeza o que es el responsable de nuestra decadencia. Cuanto mayor es la frustración, más amenazas se perciben.
Esta manera de entender la nacionalidad, donde los contenidos disciplinares se fueron subordinando de manera creciente a las necesidades de un discurso nacionalista intolerante, llegó a su punto culminante en 1983. Desde entonces se ha producido una revisión de sus aspectos más evidentemente contrarios a las ideas y a las instituciones democráticas. Ayudaron mucho la fuerte renovación curricular y la incorporación de criterios disciplinares más actualizados. Pero los resultados han sido hasta ahora desparejos, y en lo profundo, los criterios vinculados al sentido común se encuentran aún firmemente instalados. Hay aún mucho por hacer.
No se trata de debilitar la idea de nacionalidad sino de reconstruirla y hacerla compatible con los valores democráticos que hoy sustentamos. También conviene insistir en su carácter plural: la nación no es una unidad homogénea, y no es necesario, ni tampoco beneficioso, que lo sea. Es la consecuencia de múltiples esfuerzos, diversos y contradictorios, y su resultado -la nación tal como la conocemos hoy- es sólo una etapa de una historia que está por hacerse. Sobre todo, es una historia protagonizada por la sociedad toda, y no por algún grupo que se autoatribuya la propiedad de la nacionalidad.
Al respecto, parece conveniente tratar de ampliar el repertorio de los lugares expresivos de la identidad nacional. En los textos escolares lo habitual es relacionarla con fiestas patrias, con banderas que expresan la soberanía territorial, o con símbolos militares. Ciertamente, son lugares válidos e importantes, pero no los únicos. La sociedad nos deja múltiples huellas de su existencia pasada; las formas de “hacer patria” han sido y son diversas, y no se circunscriben a las gestas militares. Si se considera que una identidad se reconstruye permanentemente, conservando y cambiando sus partes, tal vez corresponda preguntarse en qué lugares hoy reside realmente la identidad de los argentinos -en plural-, e incorporar esas esferas de su vida práctica al campo de la identidad reconocido como legítimo.

NOTA
Este texto se relaciona con el libro próximo a aparecer: Luis Alberto Romero (coordinador), Luciano de Privitellio, Silvina Quintero, Hilda Sabato: La Argentina en la escuela. La idea de nación en los libros de texto. Buenos Aires, Siglo Veintiuno editores Argentina, 2004.

Publicado en La Gaceta

Etiquetas: Textos escolares

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