Luis Alberto Romero

artículo publicado

3 de septiembre de 2012

Luis Alberto Romero: “En Argentina el Estado funciona cada vez peor”

La Breve historia contemporánea de la Argentina no es sólo el título de un libro, ya clásico de Luis Alberto Romero. Es también un texto que, al igual que la intensidad del presente, nunca parece terminarse.

Romero lo publicó por primera vez en 1994 y en 2001 el autor decidió actualizarlo sumándole un capítulo sobre menemismo. El pasado “muy” reciente fue una tentación que Romero no pudo aguantar y entonces sumó una interpretación del kirchnerismo. Un momento histórico que para Romero es una provocación ine-ludible y que lo llama a escribir y romper con el modelo del historiador que debe esperar por lo menos tres décadas para analizar el pasado. De ello y de algunos hitos argentinos habla en esta entrevista.

-¿No cree que se le podría agregar la palabra “escepticismo” al título de su libro?
-Sí, sí, indudablemente. Lo que pasa es que los historiadores somos muy optimistas en el largo plazo, y como nadie va a poder confrontarnos, hasta estar muertos, podemos permitírnoslo. Hay escepticismo respecto del optimismo general generado por la onda kirchnerista. Mucho. Pero dentro de la idea de que básicamente la Argentina está mucho mejor que hace 10 años. Se observan muchas posibilidades ¿no?

-Y qué significa para un historiador trabajar con un libro que parece quedar siempre abierto…
-No es lo más recomendable. Pero seguramente usted no le preguntaría eso a un economista o a un sociólogo o a un cientista político porque ellos ya desde un principio hablan del presente y del futuro. En una época, los historiadores teníamos la idea de que debía pasar un tiempo para tener una versión equilibrada, y mientras tanto, les dejábamos la tarea a nuestros colegas de las ciencias sociales. Y eso no está escrito en ningún lado. Releyendo las partes cercanas del libro necesité hacerle algunas rectificaciones de algún peso.

-Usted dice en el prefacio de la primera edición, que quizá debería haber reescrito todo el libro. ¿Por qué lo pensó?
-Este libro se ha leído tanto y se ha usado tanto que uno termina quedando a su servicio. Y siempre hay una demanda de actualización. En la edición anterior agregué un capítulo sobre Carlos Menem y no quedaba mal. Incluso la conclusión que escribí en 1992, me parecía todavía pertinente como explicación del menemismo. Ahora empecé a interesarme por otras cosas y otros temas, no necesité reescribirlo pero sí subrayar la importancia de algunas cuestiones que no estaban muy marcadas. Tuve que trabajar un poco más, no sé si reescribirlo pero sí retocarlo. En el caso del capítulo de Menem lo retoqué mucho, en buena medida por razones de escritura. Me di cuenta de que estaba escrito con la pasión que suscitaba Menem en los años 90, que estaba muy adjetivado y muy lleno de anécdotas y entonces, lo despejé un poco, para dejarlo más a tono con el resto.

-Pero ¿no hay un “deber ser” del historiador en este caso? Usted escribió ese capítulo con cierta carga de pasión que con el tiempo se fue transformando…
-Hay una frase que Perón siempre citaba y que es “ya vendrá quien te mejore.” Empecé a redimensionar las cosas que, a su manera y un poco mal hechas, Menem cambió –y que alguien tenía que cambiar–, sin que cambiara demasiado mi juicio moral. Me ayudó a entender que el problema en la Argentina en los últimos 20 años estaba en el Estado. Y eso es lo que traté de incorporar en la nueva versión del libro. Cuando yo escribí la primera que era en los 90, lo veía muy enfocado en el tema de la democracia y en las instituciones republicanas. Me parece que ambas cuestiones están muy supeditadas a lo que podremos llamar la herramienta con la que un gobierno bueno, eventualmente con buenas intenciones, va a trabajar sobre la Argentina: el Estado como instrumento. Y lo que he estado viendo en los últimos tres años es el deterioro de ese instrumento. Cada vez funciona peor y el modo en que eso se evidencia es que casi reclama que lo manejen a los golpes. Una vez que se entra en ese ciclo, se van desarmando las burocracias, la normatividad, la predictibilidad, la información del Institituo Nacional de Estadística y Censos, entonces hay menos margen para pensar políticas con proyección.

-Usted ha expresado en este libro y también en artículos y entrevistas la idea de ilusión-desilusión por la democracia recobrada en 1983. ¿Ha recuperado la ilusión?
-Yo me ilusioné mucho en 1983. No creo haber sido el único ¿no? Después me dolió el proceso de desilusión. Pero ahora ya me acostumbré a que ese período corto, fue un paréntesis. Un paréntesis que nos dice que en definitiva, la Argentina es lo que es. La Argentina actual no es tan distinta de la Argentina anterior y no sé si se puede esperar mucho más. Es crear más que ilusiones; hay una aceptación resignada. Cuando uno acepta las expectativas sobre qué cosas pueden cambiar, entonces son menores las consecuencias y las desilusiones también.

-El libro tiene ideas, frases muy fuertes en relación al presente: “Sólo está plenamente vigente el sufragio”, dice…
-Esa frase corresponde a haber dicho que en 1983 se hizo un experimento casi sin precedentes en la Argentina, que era combinar democracia con república, Estado de derecho, pluralismo, valoración del disenso. Era una especie de paquete completo de esos que se llaman “democracia republicana” o “democracia liberal”. Eso es lo que se ha ido desflecando por pasos con el correr del tiempo y me parece que de ese gran proyecto de la democracia de 1983 se ha perdido mucho en cada uno de los terrenos. Lo que sí sigue existiendo es el sufragio como práctica regular, lo cual no es poco, ni mucho menos, es algo muy importante. El deber ser en el sufragio supone que la gente vota, y que de ahí salen los gobiernos nacionales, provinciales, municipales. En Argentina ocurre algo que ha ocurrido en muchos otros lugares, en mayor o menor medida, así que no es nada sorprendente para un historiador, es decir: se pueden mirar las cosas a la inversa. Se puede mirar cómo el sufragio, en lugar del punto de partida de la cadena, es el punto de llegada. Dado un gobierno que necesita legitimarse en elecciones, el gobierno instrumenta una serie de mecanismos para producir el sufragio adecuado. En la Argentina el gobierno toma el lugar del partido, no es el partido el que promueve la elección. Nadie sabe lo que es el Partido Justicialista hoy; no tiene sede, por ejemplo…

-Y la pregunta sobre el fin del peronismo, ¿hoy tiene respuesta?

-En la medida en que el peronismo resiste las definiciones y en tanto haya gente que se llame peronista no va a terminar nunca. Lo más constante del peronismo es que hay gente que se llama peronista. Podríamos decir que la segunda variable es que el peronismo se organiza muy bien cuando tiene el poder. Y por otro lado, nos ha demostrado que durante la larga proscripción, entre 1955 y 1972, se las arregló para existir de otro modo. Entonces, creo que el peronismo no es un objeto. No es algo de lo que uno dice que es o no es, sino algo que va siendo y a diferencia de otras cosas que van siendo tiene una notable capacidad para sobrevivir a las contingencias. El radicalismo también viene cambiando desde 1890. Pero le va peor… 

-¿Cómo lo encontró la irrupción de Néstor Kirchner y del kirchnerismo?
-Como a todo el mundo: tardé un poco en entender cómo venía la cosa, en reformular los planteos. Tardé en entender que ya desde mediados de 2002 la situación económica del mundo y la posición de la Argentina en el mundo estaba cambiando y que eso era el camino de salida, para algo que parecía, desde la época de Alfonsín, una especie de corsé imposible de destruir. Entonces, una vez que uno entendió eso, las otras cosas del kirchnerismo se hacen más claras. Una vez que uno entendió que el gobierno se libera de la atadura de la deuda, que se libera del déficit fiscal, que tiene buenos saldos en el comercio exterior, entiende mucho más eso que es característico de Néstor Kirchner que es darle primacía a la política. Y luego otra cosa difícil de entender, son las idas y vueltas en cuanto a la selección de los aliados, esa fluidez de pasar de la transversalidad a reconstruir el PJ. Mucha gente con la que yo conviví en términos políticos se entusiasmó mucho más que yo con esa fase inicial de Kirchner, en la cual a mí siempre me produjo un poco de desconfianza por su manera de hacer las cosas. En derechos humanos me parece que tenía un elemento a favor y otro en contra. Por ejemplo, el famoso acto de 2004 en la ESMA donde dijo: “Vengo a pedir perdón de parte del Estado nacional por la vergüenza de haber callado durante 20 años de democracia tantas atrocidades”, a mí me sacudió, porque me pareció que había un deliberado intento de romper algo que había sido bastante positivo en la Argentina, que era la coincidencia plena desde 1983 acerca de dónde estaban los valores. Lo de la Corte Suprema me gustó mucho, pero me pregunté si los mecanismos para mover a los jueces eran los más adecuados, porque con otro gobierno, con otras intenciones fácilmente se pueden usar los mismos mecanismos. De modo que siempre fui bastante sensible al lado oscuro de esos primeros años que me parece que entusiasmaron a muchísima gente. Y creo que desde 2006 empezaron a aparecer quienes tomaban distancia y comenzaban a ver más el menos que el más. De hecho, creo que fui siempre crítico.

-Y desde el punto de vista del historiador, ¿qué significa la muerte de Kirchner?
-Le confieso algo, cuando pensé que ya era imperioso agregar un nuevo capítulo, pensé que se llamaría “el Kirchnerismo 2003-2011”. Y bueno, era un buen capítulo ¿no? Empezaba otra cosa, entonces hacíamos un balance de esto. Pero la elección de 2011, cuyos resultados ya se podían ver desde antes, me complicó terriblemente el esquema y pasé bastante tiempo pensando si tenía sentido escribir sobre algo que no estaba concluido. Y ahí decidí tomar la muerte de Néstor Kirchner como final. A medida que iba escribiendo empezaba a ver que había algo, y después de terminar de escribirlo, en marzo de este año, muchísimo más. Ahora me parece bastante claro que el camino de Cristina Kirchner sola es muy distinto del camino de Néstor y es muy distinto del camino con Néstor. Me parece que cierra bien el libro. Nunca sabremos qué hubiera pasado, cómo hubieran sido las cosas si no fueran como fueron. Me parece bastante claro que Néstor Kirchner tenía una cantidad de habilidades que Cristina Kirchner no tiene y me cuesta imaginar si le hubieran pasado las cosas que le pasaron a Cristina. No es que crea que Kirchner era un genio de la política, porque, por ejemplo, la manera en que encaró el tema de la Resolución 125 y el conflicto con el campo que derivó de ella parece bastante mala; políticamente no acertó. Pero perder aliados, cambiar a Hugo Moyano, secretario general de la CGT, por la Cámpora, no me parece que sean cosas que le hubieran cerrado a él. Desprenderse de un montón de aliados consistentes y reemplazarlos por algo que es un proyecto… no lo veo a Néstor Kirchner en eso. Tampoco lo veo en esto de que la política económica vaya para distintos lados según un día uno u otro tengan más predicamentos; la economía era algo que él manejaba.

-¿Y tiene usted en la cabeza un posible capítulo nuevo sobre algo que podemos llamar “cristinismo”?
-Todo es hipotético. Cristina Kirchner termina su segundo mandato presidencial en 2015. Es un momento interesante para empezar un libro ahí. El peronismo todavía no encontró la manera de resolver el problema de la sucesión que siempre fue traumática. En este sentido, la manera en que Menem llegó a ser candidato es fantástica y completamente excepcional. Porque no imagino una elección bastante clara, transparente, para elegir hoy un candidato entre los distintos aspirantes. Tampoco me imagino que Cristina se desentienda; no sé si mantendrá la idea de la reelección, es una cosa muy dura de hacer digerir.

-Hay otra pregunta que recorre el último capítulo del libro: ¿cuál es el lugar de la Argentina en el mundo?
-Bueno, eso es lo que da lugar a un optimismo de mediano plazo, porque todo ha cambiado mucho. Eso sí realmente, en ese plano, es un país nuevo el que se abre a partir del cambio del mercado del siglo XXI que está sostenido por esas cosas importantes pero que no son evidentes para los contemporáneos, porque la transformación del agro arranca en la década de 1970 y se acelera en la del 90. De modo que todo lo que uno dice, por ejemplo, sobre el menemismo, las reformas, tendría que balancearlo con esa revolución capitalista que hay en el mundo agrario. Cambios en las fuerzas productivas, del modo de producción que es lo que le permitió al mundo agrario aprovechar el cambio de la situación de los mercados a partir de 2001- 2002. Y eso, en fin, aparentemente va a durar, no se sabe. Pero en general se piensa que sí, que no va a cambiar a corto plazo, y ahí está la base para muchas cosas que se pueden hacer en la Argentina, desde mejorar los encadenamientos entre la producción exportable y la producción interna, que es algo que hasta hoy no ha pasado, hasta obtener una holgura fiscal que permita pensar en políticas de largo plazo para cerrar la brecha de este país que ha quedado partido en dos socialmente. Entonces, las posibilidades están, lo que no están son las posibilidades políticas.

Publicado en Revista Ñ - Clarín

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