Luis Alberto Romero

artículo publicado

26 de noviembre de 2017

Luis Alberto Romero: “Hay reconstructores y depredadores, Kirchner fue un depredador poderoso”

-¿Qué cambió después del domingo 22 de octubre?

-Hasta el 22 de octubre, el gobierno de Cambiemos estaba en una posición bastante débil. Con una enorme cantidad de problemas heredados importantísimos, difíciles de manejar. Con poco poder y mucha vulnerabilidad. Muchas veces dije que el gobierno estaba “peludeando”, una expresión que se usaba mucho en la época que había caminos de tierra. Había que mover mucho el volante para seguir derecho. Esta maniobra desconcertaba a mucha gente al ver que el Gobierno iba para un lado y para otro, que probaba el rumbo. La supervivencia era el objetivo.

-También es un escenario distinto para el peronismo…

– A su vez las elecciones han dejado muy mal al peronismo. De manera que el Gobierno puede proponer los acuerdos que hasta ese domingo no podía. Lo está haciendo de una manera bastante moderada, lo cual demuestra que tiene bastante olfato político. Está privilegiando llegar a acuerdos, aun cuando éstos traigan consigo resultados menores a los esperados. Volora el acuerdo en sí. Algo muy sensato. Desde el exterior no se va a ver tanto la letra chica de la situación política, pero sí si consiguió consensuar con el peronismo, de modo de lo que se haga no sea precario, no esté sujeto a ningún cambio.

– ¿Es un momento histórico extraño para el peronismo que no va ejercer el poder?

-La primera experiencia que yo recuerdo es la del 83 con Alfonsín, estuvo dos o tres años exactamente así, con la conducción peronista flotante. El peronismo ha demostrado que siempre le encuentra la vuelta para rearmarse de acuerdo con el nuevo espíritu de la época. Estoy seguro de que lo va a hacer, pero me parece que, teniendo en cuenta el calendario electoral, difícilmente llegue para el 2019. Salvo que ocurra algo inesperado, es previsible la reelección de Macri. Por lo cual, y esto sí es importante, el peronismo estaría dos turnos fuera del gobierno. Lo que, sin dudas, puede incidir mucho en el peronismo que viene.

-¿Cuál cree que debería ser el peronismo que viene?

-El peronismo no desaparece, tiene mucho que ver con un modo de ser de la sociedad, es siempre distinto a sí mismo. Una tarea para los que no son peronistas es lograr que ese nuevo modo de ser sea adecuado para la convivencia.

-Usted habló de clima de época, ¿qué rasgo lo definiría?

-El evidente cansancio del estilo kirchnerista, sobre todo el de Cristina, el estilo crispado. El estilo que necesitaría hoy el peronismo para volver a reinstalarse sería el del espíritu que encontró Pichetto e incluso que parecía había adoptado Cristina en su campaña electoral.

-¿Y el rol de Cristina?

-Cristina está y no es menor la capacidad que tiene. En mi opinión no tiene posibilidad de liderar el peronismo, perdió tres elecciones que es mucho para la tolerancia del partido. Pero el núcleo residual es grande. Es todo un tema aparte, a esta altura pienso -no lo veía hace tres o cuatro años así- que el discurso que armó Néstor y luego retomó Cristina tiene posibilidades de perdurar, quizás latente, pero emergiendo en cualquier momento.

-¿No importa la figura?

-Sin importar la figura. La característica es que ese relato está instalado en la profundidad de muchos argentinos, en lo que se podría llamar subconciente o el sentido común, y ahí puede ser evocado por distintas personas como sucede con el nacionalismo clásico.

-¿Cuál sería el anclaje del relato kirchnerista que prendió y considera que sobrevivirá en el futuro?

-La asociación que logró entre el relato nacionalista, que es el más sólido en la cabeza de todos los argentinos, el setentismo nostálgico y la versión actual de los derechos humanos que yo lo quisiera poner entre comillas. Tengo un gran respeto por ellos, pero considero que no es muy respetable esa versión. Esta combinación que explotó con el caso Maldonado o antes con el 2×1 me parece que está firme más allá de Cristina.

-¿Pero no considera que el rechazo al 2×1, no es porque después del 83 hubo un consenso básico con respecto a la condena a las violaciones a los derechos humanos?

-Este es un tema un poco largo. Para volver al 83 necesito antes decir que los derechos humanos fueron una cosa extraordinaria que se produjo en la Argentina y fue la base para la construcción de la democracia institucional y pluralista a partir del 83. Las tensiones se hicieron evidentes después y surgió una corriente compuesta por Hebe de Bonafini, muchos militantes de los 70 que volvieron a la política a partir de los derechos humanos, y finalmente muchos profesionales de los derechos humanos. Fueron quienes llevaron la idea de transformar la justicia en venganza, si es posible mediante la Justicia y si no fuera posible, forzando la Justicia.

-Insisto, ¿no cree que existe un consenso en la sociedad argentina, que llena la Plaza más allá de los 24 de marzo?

-Fue una plaza con gente que no había ido a la del 24, pero toda la que había ido también estaba ahí y era la que marcaba el tono. Es lo que hace tan poderoso a este relato. Atrae a gente que está en la periferia, que puede compartir eso y no lo otro, pero ante la disyuntiva se incorpora. Y así como dice “Nunca más”, dice: “Macri basura, vos sos la dictadura”.

-¿Ante eso, por qué considera usted que el Gobierno no reacciona?

-El problema es que no es dialogable. Es como si a un católico le piden negociar la inmaculada concepción de María. No. Es una cuestión de fe y asociada con la identidad. Mucha gente se ha definido en torno a esa concepción. Pedirle que renuncie a eso es pedir que revise su identidad. El Gobierno debería preocuparse porque si bien en las elecciones le va bien, en los acuerdos también, en la Plaza le va mal. Los funcionarios dicen que eso pasó de moda, yo creo que subestima lo que esto puede provocar.

-¿Qué haría en ese lugar?

-Es algo que estuve pensado últimamente. Creo que arrancaría con una campaña en los distintos espacios de la sociedad civil para revisar el relato. No para crear un contra relato, sino para abrir el pasado reciente a aquellas versiones razonables. Es difícil confrontar una fe con otra, pero decirle a alguien que las cosas son un poco más complicadas es valioso aunque a muchos no les interese o se aburran. Tenemos que aprender a flexibilizar el pasado para que se vea que las cosas se pueden interpretar de distintas maneras, pero no de cualquier manera.

-En el último tiempo la Justicia comenzó a avanzar en las causas de corrupción contra funcionarios kirchneristas, ¿la corrupción no aminora al fe?

-No, porque justamente se trata de fe. La mentalidad se caracteriza por reunir cosas heterogéneas sin mayor problema. Una persona puede ser muy católica y hacer el horóscopo. Se puede decir estos tipos robaron, el proyecto fue muy bueno y finalmente había que acumular recursos para compensar. Los casos de corrupción no han atenuado ningún entusiasmo. Al contrario es más firme que hace dos años.

-Usted como historiador nunca saca al Estado de la mira, ¿cuál le parece que es el debate que lo atraviesa ahora?

-Es un debate importante del cual estamos muy lejos. Todo el mundo está discutiendo la proporción entre Estado y mercado. China lo hace. La cuestión es la proporción, qué cosas el mercado normalmente no va a hacer y que son importantes para la sociedad. El título central del debate es sobre cuánto va a hacer el Estado por la igualdad. Creo que el Gobierno está tratando de que el mercado recupere su autonomía y muy preocupado por reconstruir el Estado, achicar dentro de lo que se puede, pero no se puede achicar hasta tanto no haya empleos.

-¿Cree que se puede lograr?

-Si a este gobierno le va bien, puede llegar a poner en pie al Estado y a normalizar el mercado. Nos colocará en una situación para empezar a discutir qué queremos de uno y de otro. Hay urgencias tan grandes que no hay lugar para este debate y, al mismo tiempo, no creo que sea un tema que vaya a resolver un solo gobierno. Políticas de Estado son el resultado de una discusión que se da en varios ámbitos.

-¿Cómo se informa? ¿Tiene contacto con políticos?

-No, para nada. Mi método es pensar que el presente es el último cuadro de la película que viene del pasado y tratar de pensar qué tiene que ver esto con lo anterior. Por ejemplo, descubrir que el Estado era un problema desde la crisis del 2001 me llevó a pensar cómo había sido. Ese Estado, que en una época tenía una gran potencia de acción independiente, la fue perdiendo en la medida que los intereses sectoriales se le fueron imponiendo hasta llegar al cortocircuito de la dictadura, y luego se empezó a desarmar. En ese esquema, me pregunto dónde pongo a cada presidente si como un reconstructor o un depredador.

-¿Dónde coloca a Néstor Kirchner?

-No dudo de que fue un depredador poderoso.

-¿Y a Macri?

-Cuando descubrí, oyéndolo, decir la importancia que para él tenía el Estado a pesar de su pedigree y a que no tiene vocabulario, entendí que debía ponerlo como reconstructor.

-¿Lo ve usualmente?

-No, lo vi un par de veces. Tuve una charla más privada, en plena campaña y me preguntó algunas cosas que no le cerraban. Otra, más social. Me sorprendió la franqueza con la que contó episodios de su vida. En general, me pareció una persona muy sensata.

-¿Cree que los intelectuales pueden ayudar a un gobierno, el kirchnerismo a Carta Abierta, el macrismo al Club Argentino?

– Carta Abierta era un grupo político, más orgánico. De Club Político yo soy miembro, pero no me siento obligado a sostener una posición. Es un lugar más bien de debate, creo que debe haber lugares de debate. Es más importante el medio que estimule a que la gente opine. Pero no una casta de intelectuales.

 

Devoción por su padre y añoranzas de Pinamar

Se ríe cuando le preguntan por su condición de hijo del también historiador José Luis Romero. “Ya he aceptado que no tengo nada original, soy una versión menor de mi padre. En una escala menor, cada vez que creo que se me ocurrió una idea, releo y veo que él ya las había dicho. Todo sin el menor conflicto. Sé que mucha gente piensa que no soy una persona normal por no haber matado a mi padre. Pero la verdad es que era una pena matar a alguien como él”.

Más allá de la broma con guiño psi, Luis Alberto Romero asegura que su padre es como el Barcelona y él se limita a ser Racing, el club de sus pasiones. Lo admira mientras construye un sitio web con toda su obra. “Algo que no termino de descifrar era la capacidad de tener una gran comprensión del pasado, como algo distinto del presente, básico para la profesión, pero a la vez estar preocupado por el presente y las conexiones, por cómo el pasado llegaba al presente y lo colocaba a él en un lugar donde tenía que actuar. Era una combinación rara de medievalista y persona muy activa en la discusión pública”, cuenta.

Romero hijo mantiene la tradición de historiadores que interpretan el presente con la idea clara de que es la continuación de una película que comenzó en el pasado. Trabaja con las líneas de tiempo, las continuidades y las rupturas para explicar una Argentina compleja que para él no merece simplificaciones.

Esa tradición por el pasado y el presente se la heredó a su hija, también historiadora, y dice que la esquivó su otro hijo que es matemático y vive en Austria.

Romero es un hombre que intenta mantener una rutina desde que dejó el trajinar obligado de las aulas, sus mañanas son de caminatas, luego de lectura y escritura -siempre con música clásica y ópera de fondo-, almuerzo y siesta.

Habitante de Belgrano, su recuerdo recurrente cuando se le pide ejercitar la historia propia lo lleva a la infancia, adolescencia, juventud y madurez en la casa de sus padres en Pinamar. Ahí, en el terreno de la añoranza, viven todavía su padre y su madre, una italiana experta en hacer ravioles caseros con un tuco que exigía cocción a intervalos durante tres días. El bosque, el aire y las reuniones con quienes iban a visitar a su padre completa la imagen a la que le gusta volver.

Insiste en esquivar la comparación con su padre cuando se le pregunta por la reedición de su libro “Breve historia contemporánea de la Argentina (1916-2016)”, del Fondo de Cultura. Un texto de consulta obligado por universitarios como también lo fueron varios de los que escribió su padre.

Después, como si tratara de una broma más de la “pesada herencia”, se da cuenta de que tanto ese libro, como – “Las ideas políticas de la Argentina”, de 1946, de su padre- surgieron de un encargo de la editorial. “El decía que era el libro de un ciudadano. Al terminar escribió: ‘El lector tiene que tener en cuenta que el autor de este libro es socialista. Es una buena posición aclarar las ideas desde las que se escribe. Yo digo que lo máximo para mí es Alfonsín y la interpretación de la historia de los últimos 50 años parte de ese desiderátum”.

ITINERARIO

Luis Alberto Romero nació el 15 de octubre de 1944 en Buenos Aires.Es profesor de Historia por la Universidad de Buenos Aires (UBA) y dicta cursos de posgrado en la Universidad Torcuato Di Tella y en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales. Fue investigador principal del Conicet hasta 2014. En 2005 fundó el Centro de Estudios de Historia Política, en la Escuela de Política y Gobierno de la Universidad Nacional de San Martín, que dirigió hasta 2011. Entre sus libros está “Breve historia contemporánea de la Argentina”, un clásico que acaba de ser reeditado.​

AL TOQUE

Un proyecto: Crear un ciclo de debates para discutir la percepción del pasado y la consecuencia del presente de los argentinos.

Un desafío: Terminar el sitio web sobre las obras completas de mi padre, José Luis Romero.

Un sueño: Soy de Racing, mi sueño es transparente: que seamos un equipo normal.

Un recuerdo: Los veraneos en Pinamar.

Un líder: El único que tuve es Raúl Alfonsín y pienso mantenerlo.

Un prócer: No creo en la palabra prócer, sí en los ciudadanos destacados y trascendentes: Sarmiento.

Una sociedad que admire: La uruguaya. No tuvieron peronismo ni Iglesia.

Una persona que admire: Ezequiel Gallo, me enseñó a ser escéptico con la historia.

Una comida: Los ravioles de mi madre.

Una bebida: El vino.

Un placer: Escuchar música.

Un libro :“Los Tres Mosqueteros”.

Una película: No se me ocurre ninguna.

Una serie: El Inspector Morse.

 

Por Silvia Heguy

Publicado en Clarín

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