Luis Alberto Romero

artículo publicado

11 Noviembre de 2017

Macri: el desafío reformista

Después de dos años de avanzar a tientas, con un poder acotado y tratando de no desbarrancarse, el presidente Macri pisa terreno seguro y avanza, dispuesto a luchas y a negociar. Decidido y convincente, presentó un plan de reformas tan imprescindible como complejo de ejecutar.

Expuso los problemas descarnadamente, ilustrándolos con una serie de “patéticas miserabilidades”, propias de un país corporativo, prebendario y mafioso. Pero tuvo también un tono exhortativo y esperanzador: al final del camino, la mayoría estará un poco mejor, como supo estarlo estuvo en la Argentina de los buenos tiempos, con una sociedad integrada y móvil que premiaba el esfuerzo individual. A su manera, era un rezo laico.

Las reformas propuestas involucran cuestiones difíciles, como los impuestos, el déficit fiscal, la inflación y el endeudamiento, tan imbricadas como en un nudo gordiano. El problema es que hay que desanudarlo, pues está descartado cortarlo con la espada, como quieren los economistas ortodoxos.

Hay una factura por pagar -un “muerto” se solía decir- y cada uno se hace el distraído, esperando que le toque al otro, o al Gran Bonete. Es lo esperable en un país que hoy es una suma de corporaciones, grandes y chicas, surgidas cada una para exprimir al Estado, cargarle los costos a otro y lamentarse por los padecimientos propios. Hoy, sus voces llenan los medios de comunicación con una consigna común: “a mi no me toca”.

El Gobierno confía en el poder que ganó en estas elecciones y en la fuerza de una opinión en la que se está despertando la adormecida preocupación por el interés general. El Gobierno eludió con habilidad los reclamos de una “mesa de consenso” o de un mítico “pacto de la Moncloa” o ámbitos similares, que solo producen buenos deseos o “wishful thinking”. También eludió la hasta ahora inevitable presencia de los obispos, convencidos de que su autoridad espiritual los autoriza a regular las cuestiones seculares.

Tal como lo plantea el Gobierno, no será un acuerdo sino muchos. En cada uno negociará con las partes específicamente interesadas. Serán distintas partidas, libradas en simultáneo. Probablemente no habrá “consensos”; por el contrario, se discutirá fuerte, con claridad y sinceridad, y aunque no habrá un vencedor neto, habrá ganadores y perdedores, y seguramente la cita para un nuevo round, pues estas cuestiones nunca se cierran de una vez.

En cada negociación el resultado será diferente, y el balance final, que sumará peras con manzanas, será tan difícil de precisar como en el caso de las elecciones nacionales de medio término. No habrá en lo inmediato ni victoria total ni un gran fracaso. Pero si todo funciona bien, cada uno aprenderá del otro e incorporará algo de sus problemas y argumentos, las posiciones se habrán acercado y las diferencias se habrán acotado.

En el largo plazo, el Gobierno ganará si lográ dejar establecidas dos cuestiones. Por un lado, que los derechos presuntamente adquiridos deben ser revisados, y que el reclamo de una prebenda estatal es un camino clausurado. Por otro, que cuando se proponga una inversión o gasto del Estado, también ha de discutirse su financiamiento o, dicho de otro modo, quién lo paga. Es decir, que no haya lugar para seguir jugando al Gran Bonete.

Dentro de este riesgo calculado, hay un factor imprevisible: la reacción de los heridos, de los golpeados, de quienes no se resignen a sacrificar algo y decidan unir sus reclamos apelando al amplio y acogedor “gran relato K”. Quizá se reúnan para protestar contra el “ajuste neoliberal”, propio de un gobierno que es “la dictadura”, que “reprime al pueblo salvajemente”, con “desapariciones forzosas”. Este relato, hoy hegemónico, sonará disparatado para algunos, pero es notablemente eficaz, por la fuerza movilizadora de sus mitos y por su plasticidad, que le permite reunir en una sola corriente oposiciones y disidencias variadas.

Esto puede ocurrir, pues el Gobierno se ha visto sorprendido varias veces con este flanco desprotegido. Lo imagino como un boxeador que cuida su mandíbula con la mano derecha, y recibe sucesivos ganchos en el desprotegido hígado; cuando se decide a cuidarlo, llega el fatal cross a la mandíbula.

La discusión por los 30.000 desaparecidos, la movilización por el 2×1 y el caso Maldonado fueron tres golpes a un hígado indefenso. Es hora de ocuparse de él, y de pensar en qué hacer con el famoso relato. Creo que el Gobierno tiene buenas chances de superar los bloqueos corporativos, y también la embestida de quienes utilizan los mitos del relato. Se le abre un lapso probablemente de seis años para completar las reformas que normalizarán el país.

Pero de ahí en más, cuando haya que discutir otro tipo de reformas, como la educativa, en las que se jueguen estrategias de largo plazo, el procedimiento tiene que ser otro. El Estado debe proponer el temario y abrir un debate amplio en una opinión pública menos tensada por las urgencias y más dispuesta a pensar en grande. Si Macri y su equipo conducen al país hasta el punto de poder desarrollar esta discusión, habrán cumplido holgadamente con su misión.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Acuerdos y confrontación, El gobierno y el relato K, Los grupos corporativos y las reformas, Reformas de Macri

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