Luis Alberto Romero

artículo publicado

10 de marzo de 2019

Macri, la grieta y los bien pensantes

Todo el mundo habla de “la grieta”. Una metáfora imprecisa se ha convertido en un concepto explicativo de sentido tan evidente que no requiere de ninguna precisión. Muchos han encontrado en ella la clave del drama de los argentinos, siempre divididos y enfrentados, desde Moreno y Saavedra hasta Macri y Cristina. El simplismo, banal y provinciano, inunda nuestros medios de comunicación. Otros interpretan cualquier coyuntura del presente en términos de la grieta, otro simplismo. Últimamente es común buscar un culpable. Curiosamente, no se menciona a Cristina sino a Macri, quien la está profundizando, por mezquinas razones electorales; algunos hasta sugieren incluso que fue él quien la inventó.

Vale la pena darle algo de precisión a la idea de la grieta. La política democrática del siglo XX estuvo atravesada por una escisión cultural, especifica y de larga duración, que se prolonga al presente. A uno y otro lado hay actores, cambiantes pero con un núcleo estable, de fuerzas notoriamente desiguales.

Por un lado están los portadores de la tradición democrática liberal y republicana, fundada en el pluralismo. Fuerte en el siglo XIX, comienza a declinar a principios del siglo XX, y fue prácticamente barrida en los años ‘30. Sorpresivamente, resurge en 1983; vuelve a retroceder luego, y reaparece recientemente, en una historia de final incierto.

Frente a ella está la tradición democrática nacional y popular. Emerge a principios del siglo XX, con una fuerte carga anti liberal, y se nutre con el nacionalismo y con el catolicismo militante de los años treinta. En 1945 gira hacia el populismo, se consolida y empieza a dominar el campo. En los años setenta se reformula, con contenidos revisionistas y antiimperialistas. Recientemente, el kirchnerismo realizó una nueva síntesis, integrando a ella la porción de sensibilidad “derechohumanista” escindida del campo democrático republicano.

No sería exagerado decir que esta tradición contiene hoy la matriz de nuestra identidad nacional. Domina ampliamente nuestro “sentido común” sobre el pasado -espontáneamente revisionista- y se ha instalado firmemente en la enseñanza y en los medios de comunicación. Aunque su núcleo está en el peronismo, extiende su influencia en círculos mucho más amplios, ofreciendo a cada sector afín una valencia libre para integrarse. Domina el debate, arroja a sus contradictores al submundo de la antipatria y, lo que es más significativo, domina el discurso de sus adversarios, avergonzados de no estar con el “pueblo” o no comprenderlo.

Esta convivencia despareja tiene sus fluctuaciones. Cuando la corriente republicana y liberal levanta cabeza, como ha ocurrido en los últimos años, la “nac&pop” se cierra, se endurece, se hace militante y convierte la escisión en grieta, o mejor en una zanja, lineal, ancha y honda. Esto ocurrió desde alrededor de 2008 -el conflicto del campo- y tuvo su apogeo en 2016, en tiempos de “Macri, basura, vos sos la dictadura”.

Macri no inventó la grieta; le vino dada. A diferencia de Cristina, es un escenario que no le gusta. Procuró eludirla, ignorando los temas conflictivos, desentendiéndose del pasado y proponiendo ser “lo nuevo”. Pero el pasado suele volver, y Macri, indefenso y sin respuestas, sufrió sus cachetazos, expresados en la resistencia sorda de los poderes fácticos y, sobre todo, en las multitudes convocadas a la Plaza del Congreso, cuando algún hecho circunstancial permitía reunir al peronismo y a un amplio sector independiente sensible a los temas de la agenda “nac&pop”. Sus voceros conocían bien el enorme potencial movilizador del pasado, las viejas consignas y las heridas no cerradas.

En los últimos meses Macri parece haberle encontrado una vuelta al juego. Como en el judo, se trata de aprovechar la fuerza del adversario para volverla contra él. Puso en el centro de su discurso el esperpéntico pasado reciente, cuyo retorno espanta a muchos, y llama a seguir adelante junto al gobierno. Muchos reaccionan con una crítica moral: no debería ahondar lo que nos divide. Son los bien pensantes. En inglés hay una fórmula feliz: “wishful thinking”.

¿Podemos criticar a Macri por haber elegido ese camino? ¿Tiene otro camino, dada la capacidad del peronismo para olvidar sus diferencias y juntarse en los momentos críticos? ¿Tiene otro argumento para defender un gobierno cuyos resultados visibles hoy son pobres? En rigor, son las reglas del juego de la política. Si de algo sirven las ideas de Carl Schmitt hoy en boga, es para explicar una coyuntura electoral: en cualquier lugar del mundo, a la hora de votar solo hay amigos y enemigos.

Los bien pensantes recuerdan que hay una tercera fuerza en ciernes, lo que es sano para la democracia, de modo que un presidente responsable debería fomentarla y bajar su tono confrontativo y polarizador. “Wishful thinking”, que parece ingenuo pero suele ser ladinamente insidioso. ¿Es imaginable que un candidato le abra la cancha a la tercera fuerza y abandone la única estrategia con la que hoy puede aspirar a ganar?

El presidente Macri es dueño de elegir la estrategia electoral que mejor le convenga. La única pregunta pertinente que podemos hacernos es si, como presidente, conduce este proceso electoral con criterios democráticos y republicanos. Por ejemplo, si hay amenazas a la libertad de expresión; si hay pretensión de monopolizar o controlar los medios de comunicación; si se vale de los espías para controlar a los opositores; si los reprime; si usa recursos públicos para la campaña. Todo ello fue habitual durante el kirchnerismo, que hoy, con la misma lógica confrontativa y sin ningún pudor, ha acusado de todo esto a Macri, desde el comienzo mismo de su gobierno, por ejemplo cuando se quiso convertir al desdichado Maldonado en el primer desaparecido de la dictadura macrista.

Vivo en el mundo de quienes no creen esto. Del otro lado de la grieta, la mayoría lo cree a pie juntillas, y difícilmente cambien de idea. Pero en el medio están los ciudadanos independientes, seguramente tentados por el discurso de los bien pensantes. El insidioso “wishful thinking” puede ser una expresión del vergonzante pasaje al otro lado de la grieta.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Cristina, La grieta, Macri y la grieta, Peronismo alternativo, Tradición nacional y popular, Tradición republicana

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