Luis Alberto Romero

artículo publicado

14 de mayo de 2007

Malvinas: las marcas del síndrome nacionalista

Por qué hace veinticinco años fuimos a la guerra, alegre e irreflexivamente? La versión convenida tiene sus chivos expiatorios: el “general borracho” y su “camarilla mesiánica”. Pero el recuerdo de la plaza unánime del 2 de abril, asociado con la imagen de otras plazas unánimes, invita a reflexionar sobre causas más generales y responsabilidades más extendidas.

Esas causas tienen que ver con el síndrome nacionalista, entre soberbio y paranoico, que nutre e informa nuestra cultura política. En el siglo XIX, la construcción estatal de la identidad nacional se había fundado en la apelación constitucional a “todos los hombres de buena voluntad” que quisieran habitar el suelo argentino. Ellos eran, voluntariamente, los argentinos, sin distinciones de razas, lenguas o credos.

Pero a principios del siglo XX comienza la obsesiva búsqueda de una identidad argentina esencial, homogénea y permanente: el famoso ser nacional.

Hubo allí mucho del espíritu de los tiempos. Pero en la versión local incidió la compleja integración de la masa de inmigrantes, la fuerte movilidad social y la rápida democratización política. La búsqueda del ser nacional, lejos de ser natural, se asoció con situaciones conflictivas y traumáticas, con imposiciones identitarias y exclusiones.

La política de masas demandó mitos, símbolos y consignas movilizadores, y los más eficaces vinieron siempre del arsenal nacionalista.

A falta de raza o lengua singular, la identidad nacional se fundó en la historia y el territorio. El territorio adquirió una entidad sacra y su intangibilidad se convirtió en la clave de la realización nacional. ¿Cuál era, exactamente? El territorio argentino debía ser el del Virreinato del Río de la Plata. De acuerdo con el sesgo paranoico de nuestro nacionalismo, éste padeció desde 1810 sucesivas amputaciones ˜el Uruguay, el Paraguay, Tarija, las Misiones˜ a manos de vecinos codiciosos, insatisfechos y acechantes, detrás de quienes se adivinaba la mano de Inglaterra, la “pérfida Albión”, decidida a impedir que se concretara nuestro destino de grandeza. Las Malvinas, territorio irredento, resumieron eficazmente todos esos agravios.

Instituciones poderosas fueron desarrollando esta idea, y la adecuaron a contextos diversos. La primera, el Ejército, garante de nuestra integridad territorial, celoso vigía de vecinos amenazantes y autoproclamado custodio de los superiores intereses de la Nación, ubicados inclusive por encima de las instituciones de la República. La perspectiva militar alimentó la idea de cerrada unidad interior, contra potencias extranjeras o argentinos “apátridas”.

La Iglesia Católica contribuyó a este deslizamiento. Postuló que la Argentina era una “nación católica” y se propuso su “reconquista” militante mediante la unión de la cruz y la espada. Otra vez, una unidad esencial y la exclusión del otro, en este caso los argentinos no católicos.

Finalmente, los dos grandes movimientos democráticos, el radicalismo yrigoyenista y el peronismo, se proclamaron la expresión auténtica del pueblo y la nación, y excluyeron de la convivencia cívica y la participación legítima a sus adversarios, definidos como enemigos del pueblo.

La intangibilidad del territorio, depositario de la esencia nacional, se combinó con la unidad de la fe y la soberanía popular. Cada lenguaje tenía su especificidad, pero en conjunto se confirmaron y potenciaron recíprocamente, y contribuyeron a consolidar esta matriz de una nación que para ser homogénea debía excluir y quizá destruir a sus enemigos, externos e internos.

Así combinados, arraigaron en el sentido común y operaron sobre el imaginario colectivo. Ello explica la naturalidad con que una parte inmensamente mayoritaria de los argentinos aceptó en abril de 1982 que la recuperación de las Malvinas, guerra mediante, era el camino para la concreción del destino de grandeza de la nación.

De una fantasía compartida a una decisión estatal trascendente hay un gran trecho. ¿Cómo se recorrió tan rápidamente en 1982? Los militares del Proceso estaban ciertamente imbuidos de estos mitos. Pero además, habían llegado a una situación política insostenible, un callejón cuya salida vislumbraron en la aventura militar. Con bastante facilidad, agitaron el sentimiento de quienes, al igual que ellos, habían sido formados en el mito del destino nacional y la intangibilidad territorial.

¿Quién hubiera podido oponerse a la guerra, o simplemente dudar de su éxito, sin ser de inmediato catalogado como enemigo de la nación?

La conexión funcionó y se retroalimentó. En las democracias republicanas, entre esos impulsos de líderes y masas y las decisiones del Estado se alza un conjunto de mediaciones institucionales, de controles y contrapesos. Los mecanismos de la república son lentos, pero en esa lentitud reside su virtud. Se discute el pro y el contra, y la pasión deja lugar a la razón.

En 1982 estaban ausentes. Aunque se trataba de una dictadura militar, la legitimación de la entrada en la guerra fue auténticamente plebiscitaria: el líder, el balcón, la plaza unánime, el engaño sistemático por los medios. Todo eso funciona, en sociedades que se cierran y se miran el ombligo.

El espíritu popular es mudable. Al día siguiente de la derrota, los militares eran culpables. Los únicos. ¿De qué exactamente? ¿De haber ido a la guerra, tirando por la borda varias décadas de trabajo diplomático? ¿Simplemente de haberla perdido? En ese momento, las exigencias de la construcción democrática llevaron a no ahondar demasiado en esta cuestión. Veinticinco años después, valdría la pena discutirla.

El síndrome nacionalista ˜hoy con mucho de paranoia y algo menos de soberbia˜ no se centra ya en las Malvinas, pero está. Cosa admirable de decir, el Uruguay parece ocupar el lugar de enemigo de nuestra realización nacional y territorial, formulada ahora en clave ambientalista. Hoy tenemos una estructura institucional republicana que puede contener esos impulsos. Esperemos que resista.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Ejército, Iglesia, Peronismo, Sentido común nacionalista

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