Luis Alberto Romero

artículo publicado

22 de enero de 2012

Malvinas, una de las caras del nacionalismo argentino

A casi treinta años de la invasión a las Islas Malvinas, conviene revisar la corriente ideológica, cultural y hasta sentimental que alimentó la aventura de la dictadura y la rodeó de calor popular. Se trata del nacionalismo que, como los grandes ríos, es uno y muchos a la vez. Tiene un curso principal, brazos laterales, muchos afluentes y una desembocadura múltiple.

Desbrozar ese complejo es una tarea tan compleja como indispensable. Una guía excelente es el libro de Oscar Terán Historia de las ideas en la Argentina, incluido en la Biblioteca Básica de Historia de la Editorial Siglo XXI. Es un libro singular y conmovedor. Poco antes de morir, Terán, que había enseñado estos temas en la Universidad de Buenos Aires durante veinte años, sintió la necesidad de volcar en un texto sus lecciones, dictadas para alumnos que se iniciaban en esta difícil disciplina. Por su organización, intenciones y escritura, coincidía casi exactamente con la Biblioteca Básica, que estábamos diseñando, y de inmediato lo adoptamos como el libro insignia.

Para Terán, la cuestión nacional es uno de los grandes ejes del pensamiento argentino y latinoamericano. Una versión del nacionalismo está presente en cada una de las etapas de nuestro Estado y nuestra Nación. Quienes pensaron en su organización, particularmente Alberdi y Sarmiento, privilegiaron la construcción del Estado y la inmigración. La Constitución de 1853 definió la nación en términos políticos: un contrato que vinculaba a “todos los hombres de buena voluntad” que aceptaran sus términos, sin distinción de religión, raza o nacionalidad. Era una de las versiones por entonces corrientes de la Nación, derivada de la Revolución Francesa, que privilegiaba la libertad, la igualdad de derechos y la primacía de la ley.

Luego de 1880, en un país que por la inmigración semejaba una Babel, el Estado enfrentó el problema de nacionalizar a los inmigrantes. Se trataba de darles un vínculo fuerte con su nueva patria, que apelara también a los afectos y a los sentimientos, como era usual en el patriotismo de la época. Había que “hacer a los argentinos”. La tarea estuvo a cargo de la escuela pública principalmente, pero también de otras agencias estatales –por ejemplo las que erigían los monumentos– y de organizaciones civiles, unidas por un común propósito argentinizador.
En una sociedad plural por definición, a principios del siglo XX comenzó a desarrollarse otra idea importada –la Argentina siempre ha estado abierta a ellas– que hablaba de un nacionalismo profundo, arraigado en un cierto “ser nacional” esencial, de raigambre romántica e inspiración alemana. Se pensaba que un país grande –la Argentina aspiraba a serlo– debía poseer una nacionalidad fuerte y homogénea. Curiosamente, esa aspiración a la unidad desató violentas querellas entre los intelectuales, quienes querían definirla apelando a distintas raíces: la española, la criolla, la indígena.

Desde el Centenario en adelante, tres voces privilegiadas guiaron el debate. El Ejército se declaró defensor de los valores esenciales de la nacionalidad y la asoció con la defensa de un territorio que desde la Creación era esencialmente argentino. La Iglesia Católica, por su parte, embistió contra el Estado liberal y laico y proclamó que la Argentina era esencialmente católica. Quienes tenían otras creencias no eran en realidad auténticamente argentinos: el poder definir quién lo es o no lo es constituye la clave de estos debates. La Iglesia comenzó a reclamar una reformulación de las bases institucionales, que reconociera y aplicara esa esencia católica. A lo largo de los años treinta catequizó al Ejército, que abandonó su tradición liberal para convertirse en el adalid de la Nación católica, conjugando la espada y la cruz.

La tercera voz fue la de los partidos democráticos: el radicalismo primero y luego el peronismo, que se proclamaron los únicos y legítimos representantes del pueblo y de la Nación. El radicalismo era, para Yrigoyen, “la nación misma”, y el peronismo se definió siempre como el “movimiento nacional”. El nacionalismo democrático del peronismo pudo entrelazarse por entonces con el de las Fuerzas Armadas y la Iglesia. Todos condenaron la tradición que bautizaron como “liberal y extranjerizante”. Para sus adversarios políticos, tachados de enemigos de la Nación, era una idea difícil de compartir.

Después de 1955 cambió el contexto, en el mundo y en la Argentina. El nacionalismo se dividió en dos ramas. Una alimentó el imaginario de las dictaduras militares, subrayando las ideas de la Nación católica. Otra desechó el componente militar y eclesiástico y destacó un componente del nacionalismo de los años treinta, que el primer peronismo no había incorporado: el “revisionismo histórico”. Se trataba de una lectura antiliberal de la tradición histórica argentina. En su ancho cauce, el revisionismo albergaba una dimensión antiimperialista y popular, acorde con los nuevos tiempos. Empalmó con otra tradición, en principio alejada: el marxismo, en una versión nacionalista y antiimperialista. El éxito de esta combinación, no carente de tensiones, fue notable y nutrió todo el movimiento social contestatario de los sesenta y los setenta. Por entonces el nacionalismo arraigó fuertemente en el imaginario social, en un lugar de preeminencia que no ha perdido.

La última dictadura militar apeló ampliamente al nacionalismo católico y a la espada y la cruz, que le sirvieron para legitimar la masacre. Sin embargo, los militares del Proceso no pretendían construir una sociedad cristiana integral, que por otra parte la Iglesia ya había dejado de sustentar. En cambio, en sus confusos cambios de rumbo, apelaron a las otras versiones del nacionalismo. Con la epopeya de los territorios irredentos, casi fueron a la guerra con Chile, y finalmente invadieron las Malvinas. Entonces convocaron el apoyo popular en nombre de la integridad territorial y de la lucha antiimperialista. Lamentablemente, tuvieron éxito. Como Aladino y su lámpara maravillosa, bastó que frotaran un poco la cultura política constituida para que emergiera con todo su vigor un nacionalismo triunfalista al que pocos se atrevieron a enfrentar. Fue una experiencia alucinante.

En 1983 la democracia rehabilitó otra idea de patriotismo, mucho más sana, asociada con las instituciones, la libertad y el pluralismo. ¿Se había dado vuelta la página? Es difícil que así fuera, sin un debate profundo acerca de las raíces de ese nacionalismo maligno, desdichadamente entrelazado con una de las versiones de la democracia. Así, las voces de aquel nacionalismo integral reaparecen cada tanto, en discursos que ojalá sean retóricos. Pero también se asocian con interpelaciones políticas en las que la vieja antinomia entre nación y antipueblo está presente. No pretendo que Oscar compartiera todos los términos de esta mirada mía. Pero estoy convencido de que un análisis preciso e inteligente de nuestras tradiciones ideológicas, como el que propuso ayudaría a exorcizar los fantasmas.

Publicado en Perfil

Etiquetas: Inmigración, Nacionalización, Patriotismo

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