Luis Alberto Romero

artículo publicado

6 de diciembre de 2019

Mar del Plata. La ciudad que democratizó el bienestar

José Luis Romero decía que una ciudad es, antes que un objeto material, una sociedad y una cultura urbana singulares, lo que incluye el hábitat físico que eligen construir. En ese sentido, según plantean, el núcleo activo y creador de Mar del Plata, antes que sus pobladores, fueron todos los argentinos, que proyectaron en ella sus sueños, aspiraciones, conflictos y formas de resolverlos.

La historia arranca en las décadas finales del siglo XIX, cuando se formaba una nueva elite argentina, a la que pertenecían los fundadores: Patricio Peralta Ramos, descendiente de españoles llegados en el siglo XVI, y Pedro Luro, un gallego llegado en 1837. Uno aportó la tierra y un proyecto incipiente; el otro, la audacia emprendedora para crear en ese confín playero más bien destemplado una villa balnearia, como las que estaban de moda en Europa por entonces.

A mediados del siglo XIX, las villas marítimas desplazaban a los baños de aguas termales en el gusto de las elites. La reina Victoria frecuentó Brighton, Napoleón III y Eugenia de Montijo iban a Biarritz y la española Isabel II a San Sebastián, y tras de ellas fueron las clases distinguidas. No fue difícil para los empresarios marplatenses convencer a las prósperas elites argentinas de que trocaran el tradicional veraneo en sus quintas por algo más excitante y a la moda.

El primer contingente llegó a Mar del Plata en 1887. La principal atracción fue el Bristol Hotel, suntuoso y confortable, al que pronto se sumaron otros muy buenos y algunos menos pretenciosos. Muchos veraneantes construyeron lujosas mansiones o chalés, en estilos variados. El conjunto urbano mejoró con un paseo –diseñado por Thais–, una explanada, links de golf y, sobre todo, la Rambla Bristol, que articuló el hotel con la playa. En su versión final, de 1913, la rambla era un edificio de cuatro pisos, con camarines, salones de baile, comercios de lujo, cafés y restaurantes.

El núcleo de los veraneantes marplatenses se cerró y trató de excluir a los nuevos “platudos guarangos”, rechazados de manera inapelable por el portero del Bristol Hotel. Lo esencial era la distinción, la diferenciación, y ese sentido tuvo la transformación de lo que J.L. Romero llamó la aristocracia patricia, modesta y sencilla, en la oligarquía burguesa, ostentosa y un poco rastacueros. Sus blasones, tan dudosos como los de Pedro Luro, eran disimulados con la permanente escenificación de una felicidad despreocupada, pero regida por códigos tan herméticos como los señalados en otros tiempos por Castiglione o Molière.

Esto fue el resultado de un enorme esfuerzo educativo. Carlos Pellegrini, gran animador de las temporadas marplatenses, volcó en la tarea de educar a la rústica elite el mismo entusiasmo que –como estudió Francis Korn– ponía en el Jockey Club. La clave consistía en combinar una apabullante exhibición de riqueza con una conducta ajustada a estrictos códigos de etiqueta en cada uno de los escenarios del veraneo: la playa –con sus eternas discusiones sobre el decoro en la vestimenta femenina–, la rambla, los bailes o las caminatas, lugares en los que los jóvenes flirteaban y, a veces, concertaban matrimonios. En suma, mutatis mutandis, no se vio en la villa balnearia nada que no hubiera sido contado por Jean Austen sobre Bath a principios del siglo XVIII.

¿Cuanto duraría este mundo feliz de la elite oligárquica? No más allá de la Primera Guerra Mundial, cuando comenzaron a aparecer las avanzadas de la nueva sociedad, nutrida por una inmigración masiva, integrada y en ascenso, que empezó a reclamar su lugar. Mar del Plata era un objetivo claro y accesible, y pronto fue creciendo el número de los nuevos veraneantes que, sin dejar de tomar a la elite como modelo, desarrollaron libremente sus propias formas de vida y valores.

Su llegada coincidió con el fuerte giro cultural del mundo occidental en la primera posguerra. Proliferaron los automóviles, el sport y las “mujeres modernas”, con el pelo “a la garçon”, ropas sencillas y escuetas y trajes de baño más breves, que fumaban, bebían y flirteaban libremente. Nuevas costumbres y riqueza demasiado reciente no eran muy aceptables en los grandes hoteles, pero había otros, cómodos y más tolerantes con esas costumbres y con otras, más campechanas, de las familias recién llegadas. No se pudo restringir su acceso ni en el casino ni en la rambla, convertida en multitudinario paseo de todos.

En 1920, con la ley Sáenz Peña, los socialistas ganaron la intendencia con el apoyo de la población local, que vivía el mismo proceso de expansión y diferenciación interna. A distancia de los veraneantes, tenían su propia playa –La Perla– y sus viviendas mejoradas, como los pequeños chalés con techo de teja, porche y frente de piedras lajas, que definieron el estilo marplatense de la expansión urbana.

Estas transformaciones avanzaron de manera incontenible y pronto se expresaron en rotundos cambios edilicios. En tiempos del gobernador Fresco, el arquitecto Bustillo rehízo el centro fundador de la ciudad. Demolió la rambla Bristol y construyó dos edificios monumentales: el Hotel Provincial y el Casino, junto con una nueva rambla. Con la Ley de Propiedad Horizontal de 1948, y la ayuda de créditos hipotecarios baratos, se construyeron masivamente las casas de departamentos que hasta hoy definen el perfil de la ciudad balnearia. Para la clase media acomodada, un departamento facilitaba las vacaciones y además era una excelente inversión para tiempos de inflación.

Muchas mansiones y chalés fueron demolidos, y muchos hoteles cerraron. Otros fueron adquiridos por los sindicatos, que organizaban el turismo social. El proceso, que había arrancado en los años treinta, recibió un fuerte impulso con el peronismo, las vacaciones pagas y el aguinaldo, y se desplegó ampliamente en los años sesenta y setenta, atrayendo a una nueva camada de veraneantes.

Los hábitos siguieron renovándose. La nueva cultura de masas, impulsada por la televisión y el mercado, homogeneizó las formas de vestir -el jean se universalizó- así como costumbres y formas de entretenimiento, como el cine o las temporadas teatrales, que replicaban en la playa los éxitos televisivos. La diferenciación de los distintos sectores se hizo más sutil y requirió más empeño. No siempre era fácil distinguir a los “bien” de los “mersas” en la playa abigarrada o en la multitudinaria rambla. El humorista Landrú difundió un código de lo “in” y lo “out”, con indicaciones tan sutiles como lo eran, a su manera, el adorno que singularizaba el jean o la elección de la boite para bailar.

En los años sesenta, Mar del Plata culminó su reconstrucción como el balneario de todos; era “la feliz”, una expresión ciertamente “mersa”. Dos pérdidas sensibles señalan el final de su esplendor: la emigración de los jóvenes disconformistas hacia balnearios más tolerantes con el pelo largo y la droga, como Villa Gesell, y la de la nueva elite –entre rica y farandulera– que encontró en Punta del Este el lugar donde desplegar su singular distinción, a solas pero a la vista de los periodistas.

Hasta aquí llegan Elisa Pastoriza –conocida estudiosa de la historia social marplatense– y Juan Carlos Torre, que ha dejado su marca en la interpretación de la historia social argentina del siglo XX. A sus propios estudios, ambos sumaron los resultados de una masa de investigadores, muchos de ellos formados en la excelente Escuela de Historia de la universidad marplatense.

Con esa sólida base, produjeron un texto que es uno de los mejores ejemplos de “historia para todos”. Integra abundantes testimonios de época, fotos elocuentes y un relato admirablemente escrito, que sigue con morosa minuciosidad los pequeños trazos de la historia social del veraneo marplatense. En una primera lectura, esta historia marplatense nos habla con tanta elocuencia como una novela de Balzac, de Galdós o de Jorge Amado.

Pero una segunda lectura revelará, aquí y allá, las piezas que organizan la explicación de lo que Juan Carlos Torre ha llamado el “experimento argentino”, que Mar del Plata ejemplifica con claridad. Se trata de un movimiento de conjunto de la sociedad, que se extendió entre los finales del siglo XIX y el inicio de la década de 1970. En esos años, en el contexto de un ciclo de prosperidad económica sostenida, la inmigración –externa primero e interna después– construyó en la parte moderna de la Argentina una sociedad original. Quienes se incorporaban a ella encontraron trabajo, educación para sus hijos, y oportunidades de ascenso, a veces muy rápido. A lo largo de esas décadas fue una sociedad integrada, móvil y de oportunidades. Una “sociedad de clases medias”, si con ello se hace referencia, no a una cristalización en particular, sino al proceso continuo de incorporación de nuevos sectores en ascenso.

También fue una sociedad democrática, en la que cada uno se sintió con derecho a cuestionar a la elite dirigente, que la configuró y dirigió, y a competir por sus posiciones e incluso a desplazarla, del poder o de sus balnearios exclusivos. En la política esta tendencia democrática une los nombres de Yrigoyen y Perón. En la vida social, se refiere a un tipo de conflictos y también a lo que Torre y Pastoriza llamaron la “democratización del bienestar”.

La democratización es algo tan loable en lo general como conflictivo para quienes la viven. Sobre todo, requiere de una base económica que permita sostener equilibradamente la distribución y el crecimiento. Ese conjunto de circunstancias excepcionales, que explican la transformación de Mar del Plata, estaba desapareciendo a fines de los años sesenta, cuando Mafalda concluía que su familia pertenecía a la “clase media estúpida”. La edad de oro terminaba y comenzaba la de hierro. Allí es cuando Pastoriza y Torre, quizás un poco abruptamente, ponen fin a este libro que en muchos sentidos es excepcional.

Publicado en Revista Ñ

Etiquetas: Bustillo, Clases Medias, Democratización, Elite, Los años sesenta, Mar del Plata, Veraneo

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