Luis Alberto Romero

artículo publicado

Miércoles 14 de octubre de 2015

Más que un partido o un movimiento, una franquicia

“A mí se me hace cuento que empezó el peronismo. Lo juzgo tan eterno como el agua y el aire.” Creo que a Borges no le habría molestado esta pequeña alteración de su célebre verso, dada la importancia del asunto. Como la Buenos Aires de su poema, el peronismo empezó una vez, el 17 de octubre de 1945. Yo tenía un año; ha acompañado toda mi vida, demandando una buena parte de mis preocupaciones y expectativas, y hoy sé que me sobrevivirá.

Borges se equivocó, en cambio, cuando calificó a los peronistas de “incorregibles”. Por el contrario, se han corregido permanentemente, adecuándose a los cambios del país mucho más rápido que nadie. La clave de su perduración está en la capacidad de ofrecer regularmente nuevas versiones, acordes con las sensibilidades dominantes, pero conservando lo necesario para que su identidad no sea puesta en duda. A un historiador no lo sorprende esta continuidad en el cambio: todo es así.

Lo nuevo y lo viejo se combinaron en el primer peronismo (1945-1955) de una manera irrepetible, que quedó fijada en el imaginario de los peronistas, como nostalgia y como proyecto. Lo nuevo emergió en 1946, en una fórmula política que, de manera sorprendente, convocó a sindicalistas socialistas, políticos radicales y conservadores, así como a mucha gente entusiasmada con una propuesta política novedosa y eficaz. En el contexto de la pródiga coyuntura de la posguerra, Perón tradujo en políticas sociales concretas la aspiración igualitaria de sectores populares que anhelaban recorrer el camino de la integración, el ascenso y la nacionalización. Lo hizo desde un Estado rico, activo y potente, construido por sus predecesores conservadores y modernizado según el modelo de los Estados de bienestar de la época.

Lo viejo estuvo en su matriz clerical y militar, cohesionada por el nacionalismo antiliberal y modernizada con toques de fascismo. De esas fuentes provino su versión social cristiana de la justicia social y su modelo estatal de la “comunidad organizada”, que debía promover y armonizar las corporaciones, como la sindical o la empresaria. De los mismos orígenes proviene la aspiración a la unidad de fe, personalizada en los liderazgos carismáticos de Perón y de Evita. Para ese ideal de unanimidad, era inadmisible la presencia pública de una minoría opositora irreductible que fue descalificada de manera facciosa, y acallada y perseguida con métodos dictatoriales.

Fuera del poder entre 1955 y 1973, el peronismo construyó dos mitos: el del “retorno de Perón” y los años dorados, y el de la “resistencia peronista”. Ambos ayudaron a que el peronismo soportara la adversidad y se renovara, recuperando el dinamismo y el glamour que venía perdiendo en 1955. Sin la férrea presencia de Perón, florecieron muchas variantes del “verdadero peronismo”, para distintos gustos. La proscripción política fue un golpe duro, pero les permitió soslayar una confrontación electoral que podía desmentir su postulada mayoría. El sindicalismo se convirtió en la columna vertebral de un movimiento sin partido, y nuevos dirigentes, como Augusto Vandor, recuperaron los antiguos privilegios gremiales, dominaron el juego de la democracia imperfecta y negociaron de igual a igual con la corporación empresaria y la militar, e imaginaron un peronismo sin Perón. Desde Madrid, Perón administró su mito, medió entre todos los sectores y se aseguró de que ninguno opacara su liderazgo genérico.

La movilización revolucionaria de finales de los años sesenta, que sacudió a la sociedad, llevó hacia el peronismo a una masa de jóvenes militantes, atraídos por la fortaleza y maleabilidad del mito de Perón y la posibilidad de utilizarlo para crear algo diferente. Con la bandera de un Perón liberador y socialista se impusieron a otras vanguardias contestatarias, como el sindicalismo clasista o el ERP. Pero su principal objetivo fue la interna del peronismo donde, proclamándose como la auténtica expresión de Perón, declararon la guerra a muerte a sus poderosos rivales, la “burocracia sindical traidora”.

La contribución de los jóvenes ayudó a que el peronismo volviera a enamorar a la sociedad, ya fuera con el mito de la liberación o con el de los buenos tiempos del orden y de la prosperidad. En 1973 volvió al gobierno, con poca oposición y acumulando ilusiones contradictorias, cuyas diferencias ya se dirimían con las armas. Quienes apostaron al Perón potente y pacificador encontraron un anciano derrotado, cuya muerte dejó libre el camino para una guerra abierta que padeció todo el país. 1975 fue el peor año en la historia del peronismo; luego, los militares lograron que sus responsabilidades se olvidaran.

En 1983 se inicia la etapa del peronismo en democracia. Arrancó mal, con una dolorosa derrota electoral, pero se recompuso. El peronismo renovador lo adecuó a los tiempos de la ilusión democrática, mientras nuevos cuadros desarrollaban una estructura partidaria territorial, más eficaz que la sindical para competir por el sufragio. La real dimensión de su transformación se manifestó en 1989, cuando llegó al poder, que desde entonces dejó sólo por dos años.

El peronismo se adaptó más rápido y mejor que nadie al nuevo país, que tiene muchos pobres y muy poco Estado, y donde no hay lugar para las viejas banderas de la justicia social o la comunidad organizada. El peronismo de hoy no es ni un partido ni un movimiento, sino una franquicia, cuyo carácter “popular” se limita al reparto de modestos subsidios y al estímulo de fantasías autosatisfactorias. Los sucesivos administradores de la franquicia -Menem, los Kirchner- adecuaron sus políticas a los climas de época: el neoliberalismo de los noventa y el populismo estatista del siglo XXI, cuyos cambiantes libretos recitaron sin problemas. Lo esencial no estaba allí, sino en el prolijo armado del “partido del gobierno” -articulado en cada uno de los niveles de la administración-, que ha montado un régimen cleptocrático sin precedente y que construye su poder utilizando los recursos estatales para producir los votos que lo legitiman.

La actual franquicia, consagrada a conservar el poder, convoca a los más eficaces y a los moralmente adecuados, sin preocuparle de dónde vienen. Tiene demasiadas cosas del peronismo como para dudar de que pertenecen a esa tradición: la concepción autoritaria y poco institucional del poder; el estilo gangsteril del sindicalismo de los sesenta; la facciosidad violenta y la fantasía de los setenta, y la corrupción de los noventa. A la vez, fue abandonando otras banderas que en su momento fueron fundamentales, como la democracia social, el Estado providente y la nación integrada, hoy sólo presentes en el relato. También quedaron excluidos muchos peronistas que conservan una identidad anclada en algunos de los principios perdidos y se ilusionan con recuperar un “peronismo verdadero” en el marco de la democracia republicana.

Se avecina una nueva peripecia y, con ella, alguna otra versión del peronismo, mejor o peor. La mitad no peronista de la sociedad oscila hoy entre la resignación y la furia. Muchas veces los vota, y cada tanto se entusiasma con quienes proclaman la cruzada contra los responsables de todos los males del país, sin preguntarse si el peronismo fue la causa o quizás un efecto que los potenció.

Estoy convencido de que lo peor que se puede hacer con los peronistas es empujarlos a cerrar filas detrás del ocasional dueño de la franquicia y a reforzar su tendencia gregaria y facciosa. Para los no peronistas no queda otro camino razonable que la convivencia y el diálogo, especialmente con aquellos que hoy comparten los principios de la democracia republicana y el pluralismo. No conviene discutir identidades ni pasados, sino los problemas actuales, tan básicos que el acuerdo es perfectamente posible. El cambio de gobierno que se avecina es la gran oportunidad para ambas cosas: erradicar la versión nefasta del peronismo y ayudarlos a mejorar un peronismo que no desaparecerá. También hay que mejorar el antiperonismo. Hay un largo camino pedagógico que recorrer, sólo posible si ambas partes aceptan que tienen algo que aprender del otro.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Peronismo de la proscripción, Peronismo histórico, Peronismo y democracia, Peronismo y kirchnerismo

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