Luis Alberto Romero

artículo publicado

junio de 2017

Memoria e historia del pasado que duele. Texto leído en “La noche de los filósofos”

Voy a hablar de la Memoria y la Historia en relación con lo que muchos llamamos “el pasado que duele”. Este “pasado que duele” no es necesariamente el pasado reciente: padecemos por las cosas ocurridas hace cuarenta o cincuenta años. O quizá debemos decir: que siguen ocurriendo, pues una característica de ese pasado es que mantiene una relación activa con el presente. El carácter activo está en nosotros, y en nuestra decisión de acordarnos de ese pasado de una manera tal que moviliza y reordena nuestros conflictos presentes.
Hablamos entonces de un problema, un trauma, cuyo foco está en la memoria del pasado. Como en cualquier conflicto, su resolución será, en definitiva, de carácter político, en el más amplio sentido del término. Pero dada la importancia que tiene nuestra relación con el pasado, el saber histórico, el saber de quienes practicamos la historia, tiene algo importante que decir y aportar. De esta relación entre Memoria e Historia voy a hablar hoy.
En primer lugar, es preciso que defina los términos que usaré: la Memoria del pasado y el Saber histórico.
La Memoria se refiere a la manera como nos acordamos del pasado. No se trata de una remembranza ocasional e imprecisa sino de una relación activa y de una construcción, conectada con el presente que vivimos y con el futuro que proyectamos. Usamos la palabra Memoria para recordar que el pasado está, y debe estar, en nuestro presente y futuro, y para subrayar su dimensión subjetiva: siempre es la memoria de alguien.
Esta relación indisoluble entre presente, pasado recordado y futuro proyectado es la parte esencial del problema de la memoria. Miramos el pasado desde el presente, buscando respuestas a nuestros problemas, y también sustento a nuestros proyectos, pues nadie construye un futuro en el aire, sino que, como quien construye un puente, pone una primera torre en el pasado. Por otra parte, el pasado no es una realidad fija e igual para todos. Es algo que construimos, recordando algunas cosas y olvidando muchas otras. Y lo hacemos para algo: cuando miramos el pasado, sus conflictos pueden operar como traumas que nos condicionan o nos bloquean, aunque también pueden ayudarnos a seguir adelante y avanzar con nuestros proyectos. O simplemente podemos revivirlo como un pasado tibio o frío, que podemos estudiar y comprender.
Hay cuatro cosas que debemos precisar acerca de la memoria del pasado: 1. que es de todos; 2. que es independiente de la verdad; 3. que es una construcción colectiva y, finalmente, 4. que es un campo conflictivo. Veámoslas.
La primera cuestión: el pasado es de todos, y no de los historiadores; tampoco del Estado. Como decía, la memoria es un proceso de selección de recuerdos. Y cada uno puede y hasta diría debe armar su historia, pues esa historia que se cuenta a sí mismo, con la que construye su identidad, es la que le permite vivir como quiere. El derecho a la memoria debería ser uno de los derechos humanos básicos. Pretender reducirla a lo que dicen los historiadores es atentar contra una libertad básica; decidir quiénes somos.
La segunda cuestión se refiere a su relación con la verdad. Cada uno se construye la historia que mejor le cuadra. La hace acordándose de lo que quiere y olvidándose de lo que le molesta. Otras operaciones propias de la memoria son retocar, acomodar, maquillar, tergiversar, colorear hasta dar con el matiz adecuado. Algo así como el fotoshoping. Lo que convencionalmente se conoce como “la verdad” no tiene ningún papel en esto. Queremos que nuestra memoria nos sea útil y adecuada para la manera como queremos vivir.
La tercera cuestión nos cambia un poco el problema. En la construcción de la memoria hay algo de individual y mucho de colectivo. Hay numerosos sujetos colectivos posibles, que elaboran sus memorias. Hay memorias compartidas, de una familia, un grupo de amigos, una multitud, la gente. A veces esto resulta de conversar, sumar los recuerdos de otros y hacerlos propios. Pero mucho más común todavía es “producir” una memoria de los hechos. Esta suele ser una tarea del Estado, de los medios, de los intelectuales o de los grupos activistas. Desde Gustave Le Bon, la psicología social viene estudiando cómo se generan estos procesos colectivos.
La cuarta cuestión es la más importante. La memoria colectiva es el producto de una construcción conflictiva. Muchos actores intervienen en su construcción, compiten y pujan en términos similares a los de los conflictos sociales y políticos. O mejor dicho, los conflictos por la memoria, que son conflictos creadores, componen una de las zonas del conflicto que caracteriza a cualquier sociedad. Y como decía antes, no se dirimen por “la verdad”, aunque pueda apelarse a ella, como argumento, sino por otras capacidades.
Aquí reaparece el Saber histórico, el saber de los historiadores. A veces se espera que esa “verdad”, más allá de las versiones interesadas, sea suministrada por ellos. Debido a esa capacidad, tradicionalmente se les ha asignado una cierta autoridad en los debates, sólo comparable con la de los poetas. Pero quienes nos dedicamos al saber histórico, con el propósito sincero de acercarnos a la verdad, sabemos desde el comienzo que la verdad, única y eterna, no existe. No existe porque los historiadores revisamos permanentemente nuestras conclusiones, y sobre todo porque cada uno inevitablemente tiene un punto de vista, que siempre es parcial, y sobre todo condicionado por nuestro tiempo. Le preguntamos al pasado las cosas que nos interesan hoy o que tienen que ver con nuestros proyectos. En ese sentido, participamos de los mismos procesos de cualquier constructor de memoria.
Pero además tenemos un oficio y pertenecemos a una corporación. Nos hacemos cargo de esas limitaciones y procuramos controlarlas, y en primer lugar, no esconderlas. En nuestro oficio aprendemos a ser rigurosos, en los hechos y también en las interpretaciones, hasta donde es posible. Luego está el juicio de nuestros pares, al que estamos muy atentos. Los colegas controlan que nuestras conclusiones, aunque sean diversas, estén dentro de la zona en la que es aceptable disentir. Así funciona nuestro oficio, igual que muchos otros.
Eso nos permite distinguir a los historiadores profesionales –que no tenemos matrícula profesional– de otros que ejercen su derecho a contar el pasado como les viene en gana. Algunos de ellos aclaran que escriben ficción, pero otros se atribuyen la denominación de historiador, que nosotros, modestamente, preferiríamos limitar a los que ejercen su oficio según las reglas.
Vuelvo a la cuestión de la memoria colectiva. ¿Quiénes la crean? En primer lugar el Estado, a través de la escuela, con todo lo que eso implica, y de infinidad de otras acciones, como el establecimiento de un feriado, la denominación de una calle o la creación de lugares dedicados a la memoria. Luego están los formadores de opinión en la esfera pública, incluyendo a los grupos activos y a los medios masivos. También hay muchos que escriben sobre el pasado, y proponen alguna clave simple para entenderlo, desde Borges a Pacho O’Donnell. Y en algún lugar, están los historiadores de oficio. Nosotros podemos señalar las falsedades en los hechos. Pero sobre la interpretación, siempre decimos “esto es más complejo”, y ahí perdemos a todos los que quieren respuestas simples.

El pasado incomprendido
No me propongo hacer una teoría de esto sino ver cómo este planteo funciona en el caso que hoy nos preocupa: la memoria del pasado que duele, el de la dictadura y la violencia.
Podemos repasar el proceso de su construcción, tan cercano. Fue iniciado desde la sociedad, y contra el Estado, por los familiares de las víctimas y las organizaciones de derechos humanos. Narraron lo que les pasaba, lo que vieron, lo que imaginaron y lo que necesitaron decir, en su lucha desigual –por ejemplo, que los desaparecidos fueron 30 mil–. También incluyeron su relato en uno más vasto: la defensa de los derechos humanos. Es un tópico clásico, que remite a la Constitución de 1853, a las revoluciones francesa e inglesa y a una tradición liberal que hasta 1976 estaba en bancarrota y que algunos procuraban reconstruir. Pasado, presente y futuro.
Esa memoria, que asociaba un trauma tangible y valores universales, fue esencial para la construcción de la democracia de 1983, que fue institucional, liberal y ética, fundada en los derechos humanos y el Estado de derecho, algo que conviene recordar. El Estado intervino activamente en expandir aquella Memoria: uno de sus fundamentos fue el repudio del pasado militar. Hubo una intensa tarea de educación cívica, de éxito contundente. Sus resultados se aprecian aún hoy, por la solidez de algunas convicciones. También por la deriva de algunas conductas que –en mi opinión– se desviaron del propósito original.
¿Qué quiero decir con esto? El entusiasmo puesto en esta causa común hizo que el Proceso, nombre de la última dictadura militar, fuera más odiado que comprendido. Por falta de comprensión del pasado se generaron actitudes maniqueas. La dictadura militar resumía todo lo malo, y la civilidad expresaba lo que era bueno. Esto fue útil en su momento, y permitió sumar a los indecisos. Pero el maniqueísmo generó intolerancia, y la intolerancia reintrodujo una violencia verbal ajena al espíritu de la democracia liberal.
A lo largo de los años ‘90 surgió una variante de la memoria del Proceso, que podemos llamar “militante”. Renació una épica nostálgica de los ‘70. Se declaró, o reconoció, que muchas “víctimas inocentes” –así se las denominó en 1983– habían sido militantes revolucionarios. Se recuperó su pasado, y también los valores de la llamada “juventud idealista”. Finalmente, en las palabras se revaloró su estrategia y su táctica.
Esta nueva Memoria modificó las existentes. Las organizaciones de derechos humanos radicalizaron su postura intransigente, agudizada por la Obediencia debida y la amnistía. Por influjo de le nueva militancia pasaron de su reclamo inicial de justicia, memoria y verdad, a la reivindicación de la violencia armada y el asesinato por parte de su figura emblemática, Hebe de Bonafini.
Otro efecto no querido de la versión militante fue rehabilitar la voz, inicialmente silenciada, de quienes se identificaban de alguna manera con los militares. Ellos reivindicaron sus víctimas, legítimamente, pero en muchos casos, reivindicaron lo hecho durante la dictadura.
La sutura de 1983 comenzó a rasgarse. Se desgarró completamente desde 2004. El gobierno y las organizaciones de derechos humanos, incorporadas a la alianza política gobernante, construyeron una nueva versión, sustancialmente distinta de la de 1983. Los buenos eran los militantes de los ‘70, las Madres y los Kirchner. Del otro lado quedaban los militares, sus cómplices civiles y todos los anteriores gobernantes de la democracia. La línea fue tajante, el maniqueísmo se profundizó y sus expresiones pasaron de lo verbal a los escraches y de allí a una Justicia orientada hacia la revancha. El Estado usó poderosos instrumentos para esta reconstrucción de la Memoria, pero contó con una opinión dispuesta a aceptarla y redondearla en los términos propuestos.
La versión, fuertemente conflictiva, va más allá de los kirchneristas. Articula eficazmente el pasado con el presente y el futuro. Se ha convertido en una creencia, con sus dogmas incuestionables. Uno de ellos es la cifra de los 30 mil desaparecidos. Quien niega la cifra es un miserable negacionista. Sobre verdades de fe los historiadores no tenemos nada que decir.

El aporte de los historiadores
Son muchos lo que están satisfechos con esta situación de enconado conflicto y esperan la victoria total. Lo que sigue es mi propia reflexión desde otra posición, tan opinable como la primera.
Enfrentamos uno de los problemas que la construcción de su Memoria puede generar en una colectividad. Hay un combate que bloquea el desarrollo de cualquier proyecto colectivo para un país que necesita tomar algunas decisiones y pensar para adelante. No nos ayuda, no nos es útil. Y la utilidad es la principal función de la Memoria.
Tengo una segunda consideración. Creo que debemos recuperar algunos valores del proyecto democrático inicial, afectados por este giro de la memoria. Uno de ellos es la valoración del Estado de derecho y de la igualdad ante la ley. El otro son las garantías individuales, los derechos humanos, cuyo valor consiste en que rijan para todos, y especialmente para las minorías, incluso los reos, por horrible que haya sido su crimen.
Estamos lejos de esta situación, y uno de los obstáculos se encuentra en nuestra memoria traumática. Deberíamos revisarla, lo que no es fácil. Aquí reintroduzco al Saber histórico, porque creo que los historiadores podemos aportar algo.
Nuestro oficio consiste en buscar la verdad, criticar las verdades recibidas, y especialmente los dogmas. Nos dedicamos a hurgar, criticar, descubrir cosas molestas, con rigor, buena fe y mucho control de nuestros pares. Por eso, como historiadores, debemos tomar un poco de distancia de los debates militantes.
Los historiadores podemos hacer un modesto aporte ciudadano, a la revisión de la memoria traumática. Nuestro oficio tiene una regla y un a priori que vienen al caso. La regla es que nuestro trabajo consiste en comprender antes que en juzgar. El a priori es: la historia se teje tanto con cambios como con continuidades, y es necesario entender las dos cosas juntas.
Esto puede aplicarse al problema de la violencia asesina o terrorista. ¿Cuándo comenzó en la Argentina? ¿De quién fue la culpa? En las versiones facciosas del pasado, todo empezó cuando alguien nos hizo algo. Decimos, como los chicos, “él la empezó”. Para un historiador, en cambio, se trata de un proceso largo, de orígenes imprecisos, quizás imperceptibles. En ese largo proceso, hubo una gradual aceleración y finalmente una espiral de violencia. La violencia verbal comienza con un susurro y llega a ser un alarido; luego se pasa de las palabras a los hechos.
A lo largo del proceso cada uno, en su momento, ayudó a acelerarlo o consintió en que se lo acelerara. Nadie ha sido ajeno ni es “inocente” en el sentido religioso del término. A la vez, nadie es totalmente culpable. A los ojos de quien quiere comprender, todos los actores, activos o pasivos, se ubican en alguna de las gradaciones de un gris infinito. Hay zonas más oscuras y más claras, pero en las sociedades humanas no hay ni blancos puros ni negros demoníacos. Por esta vía, reflexiva y racional, es posible construir una versión comprensiva y no facciosa del pasado y llegar a hablar de los años setenta con la serenidad con que, en estas décadas, hemos aprendido a hablar de Rosas, y hasta de Perón.
Hasta aquí llega el historiador. El ciudadano puede recibir el mensaje y dar un paso adelante. La violencia nos pasó a todos, nos victimizó a todos. Si queremos reparar los daños, también debemos hacerlo entre todos. Y entre esos daños se encuentra una memoria traumática, que hay que curar. Hacerlo es responsabilidad de la sociedad y el Estado, es decir, de la política. Quizá podamos llegar a ese final que hace unos años nos dibujó Héctor Leis: un único monumento que recuerde a todos los muertos durante los años de la violencia, sin otra indicación que el orden alfabético. El mensaje es que, de un modo u otro, todos fueron víctimas. No se si es verdadero, pero con seguridad sería muy útil.

Publicado en Criterio

Etiquetas: Memoria, Pasado que duele, Violencia

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