Luis Alberto Romero

artículo publicado

Diciembre de 2004

Neo revisionismo de mercado

Tres autores de éxito –Lanata, O’Donnell y Pigna- han sacudido el mercado del libro de historia con obras que, en muchos aspectos, recuerdan a las de los clásicos del revisionismo: Rosa, Jauretche, Puigross. Con una diferencia: las obras de éstos circularon por espacios alternativos y de confrontación; en cambio, los neo revisionistas construyen su prestigio gracias al apoyo de los medios masivos. Lo que en aquellos era herramienta de lucha, en éstos es una mercancía.

Dos rasgos son comunes a clásicos y modernos. El primero, la seguridad de estar revelando una historia secreta, diferente de la oficial, que el poder se empeña en mantener oculta. “Lo que nunca se dijo” quizá sea un conjunto de trivialidades archiconocidas, pero tiene el encanto de toda contrahistoria. Por otra parte estos autores se identifican –con sus más y sus menos- con la interpretación romántica, nacionalista y popular de los revisionistas clásicos, aunque quizá convenga usar aquí la fórmula “nac and pop”, más adecuada a su estética y a sus formas de circulación. Pero en el fondo la idea es la misma: hay un pueblo, eterno e inmutable, portador de las rasgos esenciales de la nacionalidad, siempre sojuzgado por el poder –también eterno e inmutable- y siempre rebelde y en lucha. Ambas nociones están profundamente implantadas en el sentido común, de modo que cualquier alusión que las confirme crea entre lectores y autores una fácil identificación: el éxito está asegurado.

Pero a los nuevos revisionistas les falta algo que sobraba a los clásicos, y que hacía a su encanto: un discurso militante, articulado en un gran relato de la historia; una explicación consistente que apuntaba a un proyecto político. Hoy los grandes relatos no están de moda, y por otra parte, las capacidades lectoras del gran público son menores -algo que no preocupaba a los clásicos, pero si a quienes producen mercancías. Quizá por eso estos autores ofrecen a sus lectores pequeñas escenas, capítulos cortos, que pueden leerse separadamente, picoteando aquí y allá, sin el compromiso de una lectura prolongada. Dada esa fragmentación, la única explicación posible reside en la machacona repetición del motivo discepoleano: “el mundo fue y será una porquería”.

Tal idea ha sido recientemente sintetizada, en un admirable ejercicio de introspección, por Lanata: los argentinos tienen una configuración genética, un ADN. El determinismo biológico hace innecesaria una explicación histórica. Creo que es el adecuado remate de esta corriente: la explicación histórica requiere de historiadores, y estos autores, que sin duda tiene otros méritos y talentos, no lo son.

Publicado en Revista Ñ - Clarín

Etiquetas: Conspiraciones, neo revisionismo, Sentido común histórico

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