Luis Alberto Romero

artículo publicado

11 de febrero de 2014

No invoquen el nombre de populismo en vano

Hay un abuso de populismo.

No me refiero a las políticas que padecemos sino a la palabra, al concepto. Hay algo de pereza mental en su uso: se quiere explicar de un plumazo un mundo que va de Mussolini a Perón y de Chávez a Jean-Marie Le Pen. Otros hacen lo mismo con el neoliberalismo.

También lo usa mucha gente valiosa y perspicaz. Populismo es uno de los muchos conceptos elaborados por las ciencias sociales que han enriquecido el trabajo de los historiadores. Nuestro gremio está en deuda con ellos, pues en el último siglo pudimos pasar de la simple narración a la explicación.

Sin sus conceptos, los historiadores no podríamos vivir.

Pero con ellos solamente tampoco.

Sobre todo cuando dejamos de considerarlos herramientas para la investigación y los transformamos en objetos reales. Algunos atribuyen al populismo genérico una serie de rasgos esenciales, y luego se preguntan si el caso concreto corresponde al concepto o no.

Por ejemplo, si el peronismo es un caso de populismo, de fascismo o de totalitarismo.

Con esto se formulan teorías atractivas. Para quien quiere, quizá más modestamente, averiguar cosas nuevas, eso es poner el carro delante del caballo.

Pero el concepto de populismo está instalado y conviene mirarlo un poco. Creo que incluye al menos tres cuestiones diferentes; no siempre coinciden y sobre todo, no son exclusivas de los regímenes llamados populistas. La primera -donde su uso es más útil- es la discursiva.

Hay fórmulas del discurso político que interpelan al “pueblo nacional”, en lugar de invocar al “ciudadano universal” o al “trabajador del mundo”. Al interpelarlo, el discurso construye o refuerza en su interlocutor esa manera de autodefinirse.

La fórmula nacional y popular ha tenido una eficacia tremenda en la política de masas.

Quien le habla al “pueblo nacional” define a la vez su polo opuesto: el enemigo antipopular y antinacional.

Así lo hicieron Mussolini, Perón, Le Pen y Cristina. Pero también la reina Victoria y su hijo Eduardo VI, cuando en 1902 establecieron el Día del Imperio y convocaron a todos los “británicos” a unirse en torno de la bandera y el ritual imperial. ¿Los convierte esto en populistas?

Un segundo rasgo populista consiste en repartir beneficios materiales, para recolectar votos o reunir plazas aclamantes, sin pensar en las consecuencias. Algo así como la cigarra, a quien la hormiga recuerda sin éxito la importancia de las políticas de largo plazo y de la inversión. Es un rasgo muy común de la política democrática desde fines del siglo XIX, y es difícil imaginar a algún político indiferente a este aspecto de su práctica. Sin embargo, un gran líder populista, Mussolini, convenció a las multitudes reunidas en la Plaza Venezia que los cañones eran más importantes que el pan, es decir, que la inversión tenía prioridad sobre el consumo. Mussolini no era pródigo en retribuciones materiales para el pueblo e incluso pensaba que éste debía ser pobre, para mantener su dignidad. Las reemplazaba por compensaciones simbólicas, como el orgullo de construir el imperio que Italia merecía tener. No tan distinto de Thatcher o Galtieri.

Pero este tipo de lógica política es bastante anterior al siglo XX. Se la suele atribuir a los tiranos de las ciudades griegas del siglo VI antes de Cristo; Aristóteles acuñó para ellos la palabra “demagogia”, un poco envejecida pero perfectamente útil para definir esta práctica. También se ha usado “cesarismo”, pues Julio César, que aspiraba a la dictadura, cultivaba la fidelidad de sus soldados repartiendo gloria y recompensas pagadas por la República.

El tercer rasgo que se asocia con populismo es una idea corporativa del Estado, que une más claramente a Mussolini con Perón y su Comunidad Organizada, pero que deja fuera a los llamados populistas europeos contemporáneos. Le Pen o el austríaco Haider son nacionalistas xenófobos, pero están más preocupados por la camorra que por gobernar. En cambio, este modelo incluye casos que no se suelen llamar populistas. El Estado de Mussolini tiene muchos parecidos con los Estados de Bienestar y sus Consejos Económico Sociales, aunque ciertamente sin la porra y el ricino del Duce.

Hasta aquí, el concepto de populismo ayuda a los historiadores a internarse en el mundo de las diferentes experiencias políticas. Desde aquí, puede convertirse en una anteojera. Deben abandonarlo y ocuparse de su caso, con todas sus circunstancias específicas.

El peronismo es complejo. Es uno y varios a la vez.

No es algo estático, pues va desarrollando su existencia a lo largo del tiempo.

Con la etiqueta populista no alcanza.

Pensemos por ejemplo en su origen. Hay rasgos de la sociedad argentina de 1945, singularmente móvil y democrática, que el peronismo supo expresar, muy diferentes de la brasileña de Getulio Vargas.

El Estado ya venía exhibiendo, desde los años de la década de 1920, su facilidad para dar y su dificultad para decir que no.

El nacionalismo nos lleva a la inmigración masiva, a las migraciones internas y a los problemas de identidad colectiva -la obsesión por definir el “ser nacional”-, a los que el peronismo dio una respuesta.

Poco decimos de todo esto con la etiqueta de populismo. Y además, corremos el riesgo de poner en la misma bolsa, alegremente y sin recaudos, cosas muy diferentes. En suma, si queremos entender al peronismo, por un tiempo dejemos tranquilo al populismo.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Ciencias Sociales, Historia, Populismo

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