Luis Alberto Romero

artículo publicado

Junio de 2004

“Pacto de Sangre”

¿Por qué cree que las autoridades de la Facultad interpretaron sus críticas tanto dentro de la facultad como en los medios de comunicación como un ataque a la Universidad Pública? ¿En qué sentido puede ser entendida tal afirmación? ¿O es una estrategia como la que tal vez utilizan los medios de comunicación, denunciando ataques a la libertad de expresión cuando ven afectados sus intereses particulares?

 

Primero le explico por qué no es un ataque a la Universidad Pública, y después puedo especular sobre por qué ellos lo pueden sentir así.

Yo creo que la Universidad Pública es precisamente eso, una institución que es financiada por la sociedad, cuyos problemas le interesan a todo el mundo, y cuyo destino y futuro es bueno que sea discutido por todo el mundo, no solamente dentro, sino fuera de la misma Universidad. Usualmente, estos problemas se resuelven de manera más o menos armónica dentro de la Universidad, pero hay cuestiones que merecen ser llevadas a la discusión pública. Yo lo hice así, debido a que no encontraba acá en la Facultad espacios para discutirlo y tampoco interlocutores con los cuales me pareciera que valía la pena discutir, dado el clima extremadamente faccioso de la conducción de la Facultad y del Departamento de Historia en este momento. Me parece que no sólo estoy en mi derecho al abrir el debate sino que es mi deber hacerlo. Mi deber como profesor es ampliar la esfera de la discusión. Esto en cuanto a porqué lo hice.

Hablando ahora en un tono un poco más personal, debo decirloe que tampoco he hecho personalmente mucho. Lo que positivamente hice fue escribirle a un conjunto de colegas, creo que unos 40, que son los que tengo en mi mail, una carta explicándoles el problema. Luego el tema interesó, independientemente de lo que yo hiciera, y la carta circuló muchísimo; luego mucha gente me preguntó que opinaba y yo contesté. Es decir, mi manera de llevarlo a la discusión pública fue no negarme a contestar preguntas de los medios de prensa. La verdad es que no tomé, particularmente, mucha iniciativa aunque otra gente si la ha tomado.

¿Porqué esto es considerado un ataque a la Universidad Pública? Yo creo que forma parte de una especie de costado perverso de la vida universitaria; no sé si de toda la Universidad, pero estoy seguro que sí de esta Facultad. SE trata de una concepción de las discusiones de la Facultad en términos –hablando metafóricamente y sin intención de ofender a madie personalmente- que parecen los de la mafia siciliana o la camorra napolitana. Equivale a decir: “de acá para afuera, pacto de silencio” porque cualquier cosa que se diga afuera de la Facultad nos va a traer como consecuencia un ataque de algún negro enemigo. Eso me parece que forma parte de las “armas” con las cuales se hace política en la Facultad y que, en el terreno ideológico, son casi terroristas. Por ejemplo, la sanción muy fuerte al que dice algo que no agrada. Esto es muy claro en la política estudiantil y bastante claro en la política de graduados y ahora las autoridades de la Facultad se han incorporado a esto. Esto es una novedad, es una cosa que hasta ahora no había ocurrido en la Facultad: que el Consejo Directivo participara de esta censura. Esto me parece que es un instrumento corriente en la política interna y por eso cuando yo pensé “a quien le voy a contar los problemas de la cátedra” no encontré que se los pudiera contar a nadie en el ámbito de la Facultad; no hay espacio para la discusión, solo hay espacio para la descalificación, el denuesto, etc.

Hay un punto más: esta idea que hay un enemigo fuera de la Universidad, acechando, y al cual cualquier cosa le da pasto o le entrega armas. Es posible que en otros momentos de la historia de la Universidad esto haya sido así, que la Universidad Pública haya estado cuestionada o bien por la competencia de las universidades privadas o bien por una política estatal adversa a la educación pública. Es posible, no lo aseguro, pero no creo que sea la situación actual. En este momento no hay una competencia entre Universidad Pública y universidades privadas; cada una tiene su espacio, la política estatal es neutra o quizás indiferente, la universidad no está en la lista de prioridades, y yo no registro –por ejemplo en los medios de comunicación- que alguien haya levantado la bandera del ataque a la Universidad Pública; más bien todo lo contrario. Lo que yo escucho es “cómo podemos hacer para que la Universidad Pública sea lo que fue y lo que debe ser”. No creo que haya “enemigos externos”.

Lo que si creo es que hay una cuestión cultural. La encuentro muy parecida a esos estereotipos de nuestro nacionalismo, que permanentemente recurren al enemigo externo para cohesionar la opinión interna. Con Hilda Sábato, Luciano de Privitello y Silvina Quintgero acabamos de publicar un libro sobre esto, así que tengo el tema muy a flor de piel. Hay un “sentido común” nacionalista según el cual siempre hay un enemigo afuera; si uno manifiesta signos de discusión interna quiere decir que estamos divididos y que estamos haciéndole el juego a ese enemigo. Me parece que hay una adopción de ese estereotipo “adentro todos unidos, afuera el mal”, que ha surgido en esta discusión y que es lo que el Consejo Directivo finalmente ha tomado para decir que yo formo parte de una campaña de ataque a la Universidad. En términos de lo que es la cultura política de esta Facultad, lo conozco desde hace bastante tiempo; lo que nunca había visto es que las autoridades de la Facultad tomen lo que hasta este momento era una herramienta de la lucha política. Eso me parece grave. La autoridad no está “opinando”, esta marcando una regla y diciendo que todo el que opine va a ser pasible de esta sanción. Esto es lo que a mi me preocupó mucho de la declaración de repudio.

 

Nosotros notamos que usted daba una respuesta, sobre el tema de la cátedra paralela, en principio hacia el claustro de profesores y después, como usted decía, vinieron a consultarlo, y hubo una respuesta hacia los medios nacionales o, si se quiere hacia el “afuera” del ámbito institucional de la Facultad. Concordamos plenamente con  la visión “corporativista” de la Facultad, con que la Facultad es y debe ser un espacio de debate público. Sin embargo, hubo un sector hacia el que desde ninguno de los dos lados se abrió la discusión, que es el sector de los estudiantes, que no fueron invitados a participar, hacia los cuales no se abrió el juego, salvo por medio de ciertas expresiones que desde ciertas agrupaciones estudiantiles que se sumaron a un juego poco dado a la discusión como es el juego del descrédito. Hacia los estudiantes no se abrió la discusión para reflexionar sobre aquello que hay de malo en la formación de la cátedra paralela o sobre qué es aquello sobre lo que se está discutiendo en torno a este problema. ¿Por qué le parece, si le parece, que se dio esta situación en la cual los estudiantes no fueron invitados a participar de una discusión en la cual tienen interés, como parte de una comunidad científica?

Yo tengo sólo una parte de la respuesta, porque mucho de lo que pasó escapa a mis manos: yo no tomé la iniciativa de hacer circular una carta de apoyo sino otra gente, y me enteré de su existencia cuando ya salió en los diarios. ¿Por qué no incorporar a los estudiantes? Lo que yo les decía recién es que no encuentro en la Facultad un espacio desde donde se pueda entablar una discusión racional. De hecho, ustedes recuerdan cómo fue la inscripción a la materia. Yo podría haber ido a hablarle a cada uno de los alumnos y decirle cuánto había de mentira en lo que se estaba diciendo, pero no es mi trabajo. Podría ir a una asamblea interclaustros, pero la verdad es que las asambleas son asambleas de agrupaciones, de militantes. No me pueden pedir que vaya “a la guillotina” ¿Qué espacios me quedarían para esa conversación con los estudiantes?

Yo creo en la discusión; me parece que forma parte de la vida democrática, pero con quienes tengan los atributos mínimos para participar de una discusión. Y hay gente que ha hablado en esta discusión a quienes yo no les reconozco ni los valores morales ni los intelectuales mínimos como para ponerme a discutir con ellos, por lo que no le veo sentido a discutir con las agrupaciones estudiantiles actualmente gobernantes en la Facultad. Podría discutir con muchos estudiantes en un lugar en el que pudiéramos conversar como lo estamos haciendo ahora, pero no ir a pelearme con estos dirigentes estudiantiles a quienes no respeto como interlocutores, y me atrevo a decir que a esta altura incluyo en esta calificación a todo el elenco directivo de la Facultad. Hay un bloque al que masivamente no respeto por haber firmado esa declaración que a mi me parece indigna de autoridades de la Facultad. Así que en mi “no-discusión” me parece que no sólo están los estudiantes sino también algunas otras personas, colegas, antiguos amigos…

Hablando sobre eso, ¿qué responsabilidad le parece que le cabe, también, a la mayoría de profesores (hay que decirlo) puesto que claramente los procesos por los cuales se formó la cátedra paralela, que evidentemente es el tema de fondo, cuales son los criterios que se toman para construir una cátedra, no pueden haberse dado sin su beneplácito? ¿Qué responsabilidad les cabe? ¿La mayoría de profesores sigue un proceso o forman, piensan y ejecutan un proceso pensado por ellos?

Creo que esta es una pregunta verdaderamente central, pero antes quisiera dejar aclarado algo, que tiene que ver con esta fórmula “cátedra paralela”, que en realidad no existe., En el estatuto existe una forma llamada ”docencia libre”, que no es esto, puesto que un docente libre es un profesor solo, no una cátedra. Lo que existe en la práctica universitaria son las segundas cátedras, las terceras cátedras o hasta las cuartas cátedras, o lo que sea necesario. Quiero puntualizar que me parece muy bien que haya una segunda cátedra de Historia Social General. Eso fue lo que conversamos y con lo que nos pusimos de acuerdo con el Secretario Académico [1] y con el Decano [2] a mediados del año pasado, y cuando le expresamos nuestros temores porque esta cátedra se pudiera constituir de un modo irregular, el Secretario Académico nos dijo, textualmente “No vamos a permitir que nos creen una cátedra por la ventana”. Esto quiere decir que convinimos en un proceso regular de constitución de nuevas cátedras que incluye el llamado a concurso que, además, le permite a docentes de la actual cátedra presentarse en pie de igualdad a ese concurso, compitiendo con quien quiera presentarse. Una segunda cátedra no tiene que definirse como “distinta” a la primera sino que tiene que definirse como de un nivel académico equivalente al de la primera; en ese sentido, la expresión “cátedra paralela” confunde, porque da la idea de que tiene que tener un enfoque distinto, y no son esos los criterios de la Universidad. El criterio de la Universidad es que haya niveles académicos parejos, y luego las diferencias que existen, inevitablemente, entre dos profesores, porque no hay dos profesores iguales. Si hay dos profesores diferentes, es seguro que las cosas van a ser distintas.

A mi me hubiera parecido muy bien que se hicieran las cosas así. Yendo a la pregunta que usted hacía, ¿quién es responsable de que las cosas no hayan salido así? Tengo dos respuestas.

La primera es que, en términos de responsabilidad, yo entiendo la política de las agrupaciones estudiantiles o, para decirlo en un término más llano, el “negocio” de las agrupaciones estudiantiles. Hoy está en promover este tipo de cosas que son las que le dan réditos políticos. No comparto, el criterio. Yo conocí otro tipo de direcciones estudiantiles, que pensaban de otra manera, pero entiendo la lógica de una agrupación estudiantil hoy, para la cual obtener una cosa así es un “logro” que le da réditos electorales, convoca a los militantes, etc. No puedo entender para nada cómo hay profesores que se olvidan que su responsabilidad para con los criterios académicos, y siguen a estas agrupaciones en su lógica. En ese sentido, para mí los máximos responsables son los profesores del Consejo Directivo, y atrás de ellos las autoridades que los han acompañado. Las autoridades siempre pueden decir “yo no lo voté, yo hago lo que el Consejo Directivo votó”. No es así, pero aceptando hipotéticamente que sea así, yo creo que son los cinco profesores del Consejo Directivo, y el profesor de la Junta Departamental, que votaron por la nueca cátedra,  los mayores responsables de esta situación. En cambio, la mayotía de los profesores del Departamento de Historia, y la minoría de profesores en el Consejo Directivo votaron en contra.

Esta es una explicación: la lógica de un claustro es una, la lógica de otro claustro es otra. Mirando lo que pasa en la Facultad con los ojos con los que un historiador mira un proceso político que está estudiando, todo es mucho más claro. En la Facultad se ha constituido una facción que atraviesa los tres claustros, que forma un bloque macizo, y que está unida por algo así cómo un “pacto de sangre”. Han extremado hasta tal punto los criterios facciosos en el manejo de la Facultad que nadie puede retroceder. Podemos recordar ejemplos similares de pactos de sangre de este tipo en los cuales el compromiso común en una serie de tropelías finalmente impedía que alguien se “abriera”, o saliera de ellas. Creo que esto tiene que ver con la idea de que el silencio debe rodear este tipo de pactos. Por esto, pensado en términos de facción, estudiantes y profesores terminan siendo lo mismo; en realidad, un grupo de doce personas, y veinte más que están ocupando otros cargos en la conducción de la Facultad, que están comprometidos en un camino que a mi me parece espantoso, y que no pueden darse el lujo de disentir, ni de pensar soluciones intermedias, ni de conversar, porque han llegado a un punto en el cual no hay retroceso. Esa es mi opinión de la conformación que actualmente está dirigiendo la Facultad. En cuanto a los acuerdos que los ligan, yo creo que se refieren desde cuestiones que interesan más específicamente a los profesores, como son formas de promoción académica, etc., hasta cuestiones muy materiales, muy crematísticas, de más interés para graduados y estudiantes, que tienen que ver con distintos usos que pueden hacer de la Facultad: contratos, inclusión de militantes en la planta no-docente y docente, uso de los espacios públicos, etc. Donde quiera que miro encuentro una facción que está decidida a exprimir hasta sus últimas consecuencias lo que la Facultad pueda dar.

Usted en algún momento caracterizó el programa de la cátedra paralela (o la segunda cátedra) como decadente. A su vez, la segunda cátedra acusa una diferencia de punto de vista. Lo cierto es que la segunda cátedra sí tiene una diferencia de escuela, si se quiere, con su cátedra y de hecho plantean una diferencia muy grande en el programa cuando dicen que su materia va a ser una “Introducción a la Historia” y no una materia dedicada a la Historia Social ¿Por qué se caracterizó eso como decadente? ¿Es eso? ¿Cree que esto forma parte de un “dejar de lado” cierta escuela historiográfica?

La verdad es que no recuerdo haber usado esa palabra. Me parece raro porque la palabra “decadente” implica que en algún momento algo estuvo mejor y que ahora está peor. Yo no creo que este “algo” al que nos estamos refiriendo haya estado mejor alguna vez. Me parece que nació mal. Respecto de la nueva cátedra, antes de saber cómo se instrumentaría, inicialmente podíamos discutir el programa o el curriculum de los profesores; ahora ya tenemos algunas informaciones acerca de cómo se está instrumentando, tenemos una idea más concreta.

El programa tiene dos problemas. Uno: que persigue objetivos muy distintos al programa de la actual cátedra de Historia Social. Admito que se trata de una cuestión opinable. En ningún lado está escrito que estos deban ser los objetivos de esta materia. En la Facultad no existe ninguna normativa que diga qué se va a enseñar en cada materia. Usted dice “Historia Argentina II: 1852-1916” y tiene ya una cierta normativa que le dice que debe dar la historia argentina entre esos años, pero nada más. En cambio, la denominación “Historia Social General”, como la fórmula “Economía para Historiadores” o “Historia de los Sistemas Políticos” no dicen gran cosa y de hecho, en estas materias que yo menciono ha habido distintos criterios y ha habido ensayos y cambios, como razonablemente puede haber. Ahora bien, Historia Social tiene, como materia, una tradición de 20 años; en realidad es más porque es una materia que recrea otra que existió en la Facultad, por lo que le podemos agregar 10 años más desde su primera experiencia. En mi opinión hay un consenso acerca de que esto funciona, cumple una función tanto para la formación de los historiadores cómo para la formación básica en otras carreras. Pero admito que es una tradición, y que las tradiciones pueden ser cambiadas. Mi duda es cómo se cambian estas cosas, que densidad debe tener la discusión para dar un golpe de timón tan contundente. Porque el cambio es importante. El programa de la otra materia tiene en realidad dos partes superpuestas. Una se parece más a lo que antes en la Facultad se llamaba “Introducción a la Historia”: cuestiones epistemológicas, cuestiones de método. La otra es algo así cómo “la sucesión de los modos de producción”, en el estilo del clásico texto de Stalin.

En mi opinión, la discusión sobre este cambio fue insuficiente. Insuficiente en el sentido de que es una discusión que requiere una cierta calificación, una discusión en la que hay opiniones que están más calificadas que otras porque esto es lo propio de la Universidad. Recuerdo que en la Junta Departamental los representantes de la Mayoría de profesores, hicieron un análisis muy minucioso de la orientación del nuevo programa. Recuerdo que Burucúa habló 45 minutos, fundamentando su crítica al nuevo programa, y la discusión se cerró cuando, después de que él habló, se dijo simplemente: “Bueno, esa es su opinión, nosotros tenemos otra. Votemos”. Luego eso pasó al Consejo Directivo; no estoy seguro si fue tratado en comisión, pero otra vez, la minoría de profesores, y el único profesor de historia del Consejo Directivo que pertenece a la minoría de profesores, volvieron a hacer un análisis exhaustivo del programa y la discusión se resolvió con algunas frases muy generales y una votación.

Esto es legal. Yo he dicho desde el principio que acá no hay problema de legalidad. Pero me parece que no es legítimo introducir un cambio tan abrupto sobre algo que, en realidad, no había sido cuestionado. No se había dicho que esto funcionaba mal, no se había dicho que esto ocasionara problemas en la formación de los estudiantes. Al contrario. De hecho, ayer el Director del Departamento, en el acto de homenaje a Enrique Tandeter, recordó la evaluación de la carrera de Historia reralizada en 1996; lo hizo de una manera muy elogiosa, porque allí –decía- había algo que debía ser retomado. En la evaluación que hicieron los tres profesores invitados, que eran Tulio Halperín, Roger Chartier y John Coastworth, se dedicó una sección muy elogiosa sobre la materia “Historia Social General”; es casi el lugar donde más se detienen, y remiten a una encuesta de opinión hecha entre los alumnos que también coincidió, en que “Historia Social General” había sido, quizás, una de las mejores materias de su carrera. De modo que yo no registro que haya habido opiniones sobre las que apoyar un cambio tan drástico por lo que, en ese sentido, a mi me parece que este giro de timón merecía una discusión más exhaustiva.

Con la nueva materia, había un segundo problema. Analizado aún en sus propios términos, se trata de un programa endeble. Endeble, por ejemplo, bibliográficamente: daba la impresión que los profesores que habían confeccionado ese programa no habían leído libros posteriores a 1950; la debilidad bibliográfica era muy grande. Burucúa señaló seis o siete puntos donde se estaban diciendo cosas sobre la explicación de procesos históricos que absolutamente ningún historiador sostendría hoy; eran cosas que se decían en 1910 o 1920, del estilo de, por ejemplo, “el feudalismo se basa en una economía cerrada, una economía natural”. Eso lo decía Pirenne, en 1900, pero la verdad es que de Duby en adelante ya se ha aprendido mucho y cualquier chico que estudie historia les puede decir que eso es una barbaridad. Tengo entendido que las cosas que se dicen sobre el neolítico también tienen ese grado de cuestionamiento.

Entonces, viendo la bibliografía, los profesores dijimos -y finalmente no hubo en toda la discusión otras voces más autorizadas que las de los profesores de historia- que eso no se sostenía. Por eso yo no creo haber usado la palabra “decadente”. Pienso que la palabra es “inconsistente”, “insostenible”, “insuficiente”, “malo”. “Mediocre” es una palabra generosa para el caso. Y sobre eso señalamos la escasísima formación académica de esos profesores en general, y en particular en el campo de este programa.

Un docente, para dictar un programa como este, no se improvisa. A nosotros, en la cátedra, nos lleva tres años formar un ayudante; sabemos que es una tarea bastante larga. Los profesores que estamos a cargo de la materia nos estuvimos entrenando unos cuantos años antes de emprender, en 1984, el dictado de esta materia. Sabíamos que algo que se presentaba en el mes de octubre, todavía lleno de inconsistencias, no iba a ser bueno. Un paréntesis: en marzo hubo una reunión con alumnos donde se discutieron los dos programas; faltaba una semana para empezar las clases; un alumno le preguntó a la prof. Gresores (adjunta de la cátedra paralela) exactamente en que consistía el programa de la segunda cátedra y ella dijo que todavía no estaba listo, y no dio ninguna precisión. Entonces, yendo ahora al tercer punto, que es la instrumentación, nosotros en marzo sabíamos que eso era pura improvisación y que no tenía arreglo, porque montar un programa de este tipo es muy complicado y había faltado un tiempo mínimo. No solamente la capacidad de los docentes o la insuficiencia del programa sino el tiempo mismo.

Todo eso concurre al diagnóstico de “decadente” que no ha sido la palabra que usé. Yo diría que es malo, directamente, insuficiente.

Haciendo una relación entre su caso y el caso de la cátedra del Prof. Presas de la materia de Estética de la carrera de Filosofía, y teniendo en cuenta la atención que ambas cátedras le dan a la formación de sus docentes ¿Cree ud. que se está dejando de lado la formación de recursos humanos? Puesto que hoy en día hablar de “recursos humanos” pareciera ser una mala palabra…

¿En qué sentido? No me imaginaba que eso se pudiera criticar, salvo que la palabra por ahí no es simpática y hay que reemplazarla por “formación de jóvenes docentes investigadores” ¿Pero la idea misma de formación es mala?

No, pero la frase “recursos humanos” si es rechazada, lo que resultaba llamativo

Yo en general no la uso, me parece que es una palabra muy empresarial, pero lo que pasa es que desgraciadamente está incorporada a esta jerga tecnocrática que domina los sistemas de evaluación unioversitaria. Pero si le llamamos de otro modo, diría que lo esencial del trabajo de una cátedra consiste, por partes iguales, en la formación de los alumnos y en la formación de la gente joven que ingresa a la cátedra. Yo le doy la misma importancia a una y otra cosa.

Para dar un ejemplo, tomemos el caso de la bibliografía. Hay un momento en que uno encuentra la bibliografía justa para un tema: la bibliografía “cierra”. Para los alumnos está muy bien, para los docentes es pésimo, porque si uno tiene que explicar cinco años seguidos un mismo texto ya no aprende nada más. Nosotros, aunque encontramos a veces la combinación adecuada estamos, de todos modos, cambiándola permanentemente, para que se formen los docentes. Eso me parece que es un trabajo esencial de una cátedra; formarlos para que sean buenos docentes, ayudarlos para que encuentren su camino en la investigación, facilitarles las cosas en ese sentido.

Y sin embargo, a esta posición que no atiende, que no le da importancia al trabajo de formación de los docentes dentro de una cátedra le veo ciertas características coincidentes con la concepción de la universidad como “enseñadero”, como pura fábrica productora de profesionales, dejando de prestarle la debida atención a la investigación…

No podría seguirle en ese sentido la conversación porque no conozco casos así y me cuesta creer que los haya. Puedo entender que haya malos profesores, gente mediocre o incapaz, pero aún ellos, en el ámbito de la Facultad, creo que conservan la idea de que su trabajo es formar. Puede ser que formen para el lado de los tomates, o que formen una cosa que es una combinación de profesor y militante, pero me parece que la idea de formación no está abandonada. Yo sé que hay gente que lo hace muy mal, pero no es por una teoría; es porque ellos mismos son así.

Hablando de la carrera, ahora se está volviendo a plantear, como todos los años que hay elecciones de Junta Departamental, la reforma del plan de estudios, qué tipo de historiador se tiene que formar, cual es el rol del historiador, etc. Fuera de esa discusión, o dentro de ella, pero sin pensar profundamente en una reforma del plan en este momento, podemos claramente ver que tenemos una carrera de historia convertida en una isla que investiga puertas adentro de este edificio de cinco pisos sin capacidad de salir a la calle. Abrimos la “Eñe” y nos encontramos en un momento en el que en la lista de Best-Sellers encontramos libros como el de Felipe Pigna sobre los mitos de la historia, más abajo el de Pacho O’Donell, más abajo el de Lanata…

Por suerte no todos juntos; se han organizado sabiamente…

…y genera cierto fastidio que sean ellos quienes puedan hacerlo, mientras que nosotros no somos capaces de generar un interés en la gente, sólo somos capaces de contar esa historia que se presenta como “aburrida” al sentido común. No podemos hacer conocer la historia. Son otros la que la hacen más interesante mientras que nosotros quedamos encerrados en una excesiva profesionalización que nos aísla ¿No estamos formados para salir de ese encierro? No sé si se entiende el planteo…

Creo que la pregunta tiene dos partes. En primer lugar, creo que nosotros hoy, con el plan de estudios actual, formamos profesionales que pueden hacer cualquier cosa. Un egresado de nuestra carrera puede dar clase de cualquier cosa en el tiempo que le digan; en dos horas puede preparar una clase sobre un tema que hace tres años que no ve; puede trabajar en una editorial, en un museo, como guía turístico, escribiendo discursos, etc. Tiene una formación general que lo hace absolutamente solvente para casi cualquier trabajo profesional que tenga que ver con la historia. Si en cambio nos propusiéramos formar un guía turístico de historia, terminaríamos con una persona que sólo sabría hacer eso, que si le cambiaran la ciudad ya no sabría como manejarse. La formación que brindamos es del estilo de la que suele llamarse una formación “general”, de una gran flexibilidad.

La formación en la investigación es, en verdad, algo para sólo una parte de los graduados de historia. El graduado en general no se va a dedicar a la investigación y sale bien preparado para un mercado de trabajo que es complicado como cualquier mercado de trabajo en la Argentina hoy en día.

La otra parte de la pregunta también la desdoblaría en dos partes. Yo he visto, en los últimos diez años, muchos trabajos en el nivel de divulgación realizadas por profesionales de la historia y bien hechos. El más notable de todos es la “Nueva Historia Argentina” dirigida por Juan Suriano, que está escrita en un nivel de alta divulgación y que está bien. Es una obra dirigida a los docentes y está escrita como para que un docente pueda leerla.

La otra parte del problema es algo que escapa absolutamente a nuestro control, porque tiene que ver con los medios de comunicación. Estos libros que están en la lista de los “best sellers” tienen detrás un respaldo de los medios de comunicación muy pero que muy fuerte. Más que el atractivo propio del libro, poniendo como ejemplo el caso de Lanata, se encuentra el hecho de que el Lanata periodista haya escrito un libro de historia. Si esos libros se venden me parece que tiene que ver sobre todo con cambios en la cultura de la sociedad, que nos exceden. La sociedad se ha hecho más “burra”. Hace diez años leía a Felix Luna, cuyos libr os tienen un nivel excelente; ese lugar que antes ocupaba Luna hoy lo pasaron a ocupar esas personas. La responsabilidad de esto no recae en la formación de los historiadores de esta Facultad.

La sociedad, en general, es mucho menos letrada, la cultura está cada vez peor, pero no creo que los historiadores estemos haciendo algo mal en cuanto esforzarnos por alcanzar a ese público. Me parece que el público de Lanata, por definición, no nos es accesible. Quizás lo que nosotros podríamos conseguir es que cuando Lanata o sus amigos vayan a escribir un libro de historia, en lugar de leer libros viejos y malos lean libros buenos, pero no me imagino una Facultad formando a alguien para ocupar el lugar de Lanata. Quizás uno lo ocupe pero será, casi diría, un poco de casualidad. Es como si en la Facultad de Psicología se preguntaran por que Bucay ocupa el lugar que ocupa, y así sucesivamente. No es culpa de la Universidad, porque no es la función de la Universidad competir con Bucay. Es cómo si la Facultad de Medicina dijera “El Dr. Borocotó tiene mucha audiencia y ¿Qué estamos haciendo nosotros?”. Es otra escala de problemas.

Pero reconozco una parte de razón en lo que vos decís en el sentido que nuestra historia como Escuela de Historia tiene en realidad apenas veinte años. Se inicia con la construcción de la democracia, la reconstreucción de las universidades, y me parece que en el primer tramo de esos veinte años hicimos un gran esfuerzo para constituir el medio académico. No éramos tantos como para hacer tantas cosas al mismo tiempo; no éramos tantos para hacer cosas tan variadas. Yo noto que en la década del ’90 ha habido varios proyectos editoriales donde la gente de la universidad tuvo mucho que ver.

¿Cree que la facultad está empezando a sufrir los efectos de aquella “anomia boba” que Carlos Nino denunciaba que afectaba a toda la sociedad argentina?

¿Los estudiantes o los profesores?

Ambos, y la institución misma a la vez

La verdad es que no se a que se refería Nino exactamente con lo de “anomia boba”, pero puedo imaginarlo, y espero no imaginarlo mal. Me parece que sí, y lo digo de otro modo: Nosotros nos hemos comparado muchas veces con la Facultad de Ciencias Sociales. En esa Facultad hay muy buenos profesores, a los cuales su trabajo en la Facultad no les parecía tan importante, y entonces delegaban sus clases en sus JTP. Aqwuella es una Facultad donde no todos piensan que un profesor tiene que dar clases. La Facultad de Filosofía y Letras, en cambio, siempre tuvo una estructura institucional y normativa muy bien armada. Se supone que un profesor está aquí para dar clases, para ocuparse de su cátedra. Durante mucho tiempo esto nos llevó a decir que estas Facultades eran dos mundos bastante diferentes. Ahora no las veo tan distintas. No sé si Sociales mejoró, no estoy seguro, pero me parece que nuestra Facultad empeoró. Quizás ahí cuadra la palabra “anomia”, y yo la veo avanzar.

Para terminar. Con toda esta discusión que está dando, con toda esta “movida” si se quiere que se dio alrededor suyo y del tema de la nueva cátedra ¿A qué busca llegar?

En lo personal, no sé. A mi edad (y estoy a punto de cumplir 60 años) ya tengo claro que no voy a poder hacer, en lo que me quede de mi vida, todas las cosas que me parece que me gustaría o que debería hacer. Por eso, voy a tener que empezar a seleccionar, y entonces me pregunto hasta donde la Facultad y sus combates son una prioridad en mi vida. Así que ahí tengo verdaderamente muchas dudas. Si la Facultad se convierte en un lugar demasiado ingrato, no voy a estropear el resto de mi vida con esto. Afortunadamente puedo irme en dos minutos y tengo muchos lugares adonde ir; no voy a tener ningún problema. Sé que esa es una suerte, un privilegio que tengo.

Está la otra cuestión: ¿puede llegar a servir de algo esta campaña? De alguna manera, estoy dando voz a mucha gente que tiene problemas similares y que o bien no se dio cuenta de que eran muchos los que se encuentran en su misma situación o bien está atenazada por este aparato opresivo de la Facultad. Me refiero a esta especie de terrorismo ideológico, que trabaja sobre una materia sensible, porque hay profesores en la Facultad que tienen una tradición de izquierda y no soportan la idea de que alguien les pueda decir que no pertenecen más a la izquierda. Ese terrorismo ideológico de quienes han usurpado la voz de la izquierda es muy eficaz.

Como ya decía, tengo la suerte de poder hacer mi vida fuera de la Facultad y tengo la suerte de haberme liberado de ese terror, que también experimenté, por supuesto. Y una vez que sentí que ya no me importaba lo que dijeran de mi los carteles, una vez que llegué a mirar a sus autores con tal desprecio que no me importaba lo que dijeran, sentí que podía darme el lujo de decir estas cosas. Quizás ayuden a mis colegas a animarse a recuperar una especie de espíritu público que me parece que está un poco perdido en la Facultad, y puede que la expresión de Nino se refiera también a esto.

Mi idea, mi esperanza es que esto ponga en movimiento la conciencia de los profesores, que son los que más conozco. De los graduados, también. Creo que ese también es un campo en el cual se puede trabajar en nombre de lo que podría llamarse “causas morales”: grandes banderas morales como, por ejemplo, recuperar los valores universitarios. Yo no creo que eso se pueda medir, que pueda medirse en la próxima elección; quizás haya que esperar otra elección más. A rso es a lo que me gustaría contribuir. En lo personal, llego hasta ahí. Si puedo mover algo, bien; si no, mala suerte, pero no aspiro en esto más que a “dar voz a los que no tienen voz”, como se dice en la historia de “los de abajo”.

Me queda el tercer claustro, y ahí en verdad debo confesarles que no tengo la menor idea. Sobre todo porque mi experiencia con los alumnos en clase, no tiene nada que ver con la experiencia de los pasillos y de la vida pública. Nunca tuve discusiones en clase, salvo por ahí con gente que entraba para provocar. Fuera de eso nada de lo que tiene que ver con el trabajo de un profesor se relaciona con lo que se escucha en los pasillos. En la materia hay alumnos que se pone de mal humor porque tiene que estudiar mucho; esa misma gente, cuando terminó de dar la materia, es la persona mas feliz del mundo porque siente que ha logrado algo. Mi experiencia con los alumnos es esa: les exigimos que hagan un poco mas de lo que ellos harían, o de lo que otros les pedirían, y lo hacen, y parece que han ganado algo en su vida. Con estos alumnos puedo hablar, pero no son ellos con los que tengo que hablar evidentemente. Los que ponen los carteles son otros.

No creo que haya que hablarle a los que ponen los carteles ya que de alguna manera ellos si tienen voz. Cuando vos planteás darle voz a los que no tienen voz, y de alguna manera hablás del claustro de profesores y de graduados; hay estudiantes que tampoco tienen voz……

No sé bien en lo que estas pensando, pero hacerlo en clase seria casi imposible. Nunca gastaría parte de la clase en plantear estas cuestiones; la clase  es sagrada…

No estoy pensando en eso, pero me parece que es un problema que no estén involucrados, que no se piense en ellos como interlocutores…..

Si. Recién, en la puerta de la Facultad, se nos acercó un estudiante de historia que hace dos años hizo la materia; dice que está muy preocupado por como esta viendo la carrera y nos pregunta a Lilia Ana y a mí que puede hacer. Ella, que tiene más vocación docente, le explica como se inicia un movimiento estudiantil, que puede empezar juntándose con sus amigos, hacer una carta de adhesiones, que todo eso sirve y es útil. Eso es cierto, pero realmente no es nuestro trabajo de profesores hacer esto.

Queda como un desafío. Este sector silencioso del estudiantado que no es el que pone los carteles, que tal vez esta indignado con el cómo se hizo la nueva cátedra, sin defender necesariamente, al profesor Romero. Es claramente un desafío…

Yo les agradezco porque este espacio sí es un espacio en donde puedo decir algo sin que me agredan, pero no sé cuantos más hay.



[1]           Dr. Carlos Cullen Suriano (N.D.)

[2]           Dr. Felix Schuster (N.D.)

Publicado en Sitio web “Puan 480”

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El ciclo peronista del kirchnerismo

¿Es peronista el kirchnerismo? ¿Cuál es la relación entre el kirchnerismo y el peronismo? Son conocidas las opiniones poco favorables de Cristina Kirchner sobre Perón y el PJ. Pero a la vez, el...

Publicado en Los Andes

24 de octubre de 2020

Historia global: una amplia manera de leer el pasado detrás de los libros

Stefan Rinke, profesor de la Universidad Libre de Berlín, investigó el impacto de la Primera Guerra Mundial en América Latina desde el punto de vista de la novedosa “historia global”. Su agenda...

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27 de Septiembre de 2020

Sorel y sus reflexiones sobre la violencia

Luis Alberto Romero Con “Reflexiones sobre la violencia”, publicado en París en 1908, Georges Sorel (1847-1922) abrió la discusión sobre una de las claves del pensamiento político del siglo...

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Luis Alberto Romero
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