Luis Alberto Romero

artículo publicado

11 de julio de 2008

Palabras que matan

Las palabras y las balas no son lo mismo. Las balas hieren y matan. Las palabras apenas construyen mundos discursivos, reales pero no mortales. Sin embargo, en política algo une las palabras y las balas, y esto ocurre cuando el conflicto llega hasta el uso instrumental de la muerte. En esos casos, hubo antes proceso cultural que lo hizo natural y aceptable, y que se construyó con palabras.

Eso ocurrió en la década de 1970. Esos años contienen muchas claves de nuestra experiencia política contemporánea. No todas han sido entendidas, pues la decisión de dejarla atrás, de cortar con el pasado, ha sido más fuerte que la voluntad de comprenderla, de afrontar la verdad desnuda. Tres cuestiones son clave para esa comprensión, y en el fondo de ellas hay palabras.

La primera: la ola de violencia terrorista y asesina es algo que le ocurrió a toda la sociedad y no solo a los llamados dos demonios. La segunda: la violencia terrorista fue el final de un proceso secular, que se inicia con palabras y concluye con hechos. Tuvo la forma de una espiral; cada vuelta repicaba la anterior, más acelerada y violentamente, y cada participante del giro, víctima de lo anterior y victimario de lo siguiente, le dio un nuevo impulso. La tercera clave es que no hay grupos terroristas y asesinos sin una sociedad que los mire con naturalidad. Que no se asombre ni rebele. Que la considere un componente normal y hasta necesario de la transformación política. Quizá que rechace una violencia pero acepte otra.

¿Cómo se llegó a esta naturalización? Hay muchas razones. Pero una parte importante de la explicación reside en las palabras. Los discursos políticos construyen el campo del conflicto y pueden hacerlo de diferentes maneras. Quien habla puede presentarse como una parte, tan legítima como otras, o como la expresión única de la nación o el pueblo. El otro puede ser un adversario, diferente pero legítimo, o un enemigo, con quien no se dialoga, o hasta un enemigo mortal, con quien la cuestión es matar o morir. Las palabras invocan distintos destinos: convencerlos, ignorarlos, excluirlos simbólicamente, o excluirlos radicalmente. Las palabras hacen naturales cosas que, en otro contexto, nos parecerían asombrosas.

En nuestra cultura política del siglo XX se fueron acumulando los discursos políticos guerreros, con enemigos que, en las palabras, debían ser suprimidos. Los intelectuales nacionalistas de principios de siglo partieron de la búsqueda del esquivo ser nacional, y compitieron por establecer quienes estaban excluidos de él. Por la misma época, el ejército se declaró el custodio último de la nación y el escudo frente a sus enemigos, ya fueran los países extranjeros, siempre acechantes, o quienes, desde adentro, conspiraban contra la realización plena de nuestro destino nacional. En tiempos preconciliares, la iglesia católica identificó al argentino con el católico, definió una larga lista de enemigos –liberales, socialistas, protestantes, masones, judíos- proclamó la cruzada e inyectó en el discurso político una dimensión heroica y sacrificial, que hacía un culto de la muerte.

En esta corriente general, aportaron lo suyo los grandes movimientos políticos, regidos por la lógica de la política de masas, de las grandes identificaciones y de las comunidades místicas. Así, el yrigoyenismo se identificó con la causa nacional y denigró a la oligarquía falaz y descreída. El peronismo profundizó en esa línea: argentino y peronista eran lo mismo; la doctrina peronista era la doctrina nacional y frente al pueblo estaba la inmunda oligarquía, o simplemente los contreras. La violencia verbal subió varios puntos: cinco por uno, o al enemigo ni justicia, se dijo. Luego los antiperonistas retomaron y ampliaron el discurso intolerante del peronismo, y además se propusieron hacerlo desaparecer.

Lo que sigue es historia conocida. El verbo se hizo acción y la radicalización de los discursos avanzó a pasos parejos con su puesta en práctica. La violencia era explicable, era útil y necesaria, y a priori no había límite moral alguno. La nueva izquierda apostó al fusil para construir el hombre nuevo. Militantes católicos justificaron la violencia de abajo por la de arriba. Las fuerzas armadas declararon lícito cualquier medio para erradicar a la subversión apátrida. Un movimiento político se fundamentó en el asesinato de una persona. En esos años, se encuentran muchas denuncias de la violencia asesina del otro, pero pocas voces que, categórica e incondicionalmente, hayan repudiado cualquier tipo de violencia asesina. En esto consistió su naturalización.

Desde 1983, el discurso de los derechos humanos, el estado de derecho y la democracia plural fueron un parteaguas, sintetizado en una consigna: nunca más. ¿Realmente nunca más?

En el transcurso del conflicto actual –normal en cualquier sociedad- vuelven a oírse las palabras de guerra. Lo peor es que se escuchan de quienes tienen la responsabilidad de conducir el estado. Las máximas autoridades hablan de oligarquía, de conspiración, de golpe, de enemigo. Éste debe ser derrotado, humillado, puesto de rodillas, o simplemente excluido, porque no forma parte de la nación o al pueblo, sino de sus enemigos. Entre sus aláteres las palabras de guerra son aún más fuertes. Inclusive en nombre de las Madres de Plaza de Mayo, que supieron ser el emblema de los derechos humanos, se clama por la aniquilación violenta del enemigo.

Por ahora, son solo palabras. Afortunadamente, del otro lado los brotes al tono fueron acallados, en nombre de la prudencia y la discusión racional. ¿Por cuánto tiempo? Nuestra experiencia histórica nos remite a la espiral. Las palabras fuertes traen otras más fuertes; poco a poco, las palabras violentas naturalizan la violencia; la violencia verbal puede derivar en la violencia a secas, y esta en la violencia terrorista y asesina.

Quizás el pasado enterrado no lo esté tanto, y nuestros tradicionales hábitos políticos estén renaciendo. Me temo que por imprudencia o por cálculo político, se está jugando con fuego. Recordar que llegado el caso las palabras matan es una manera de ayudar a poner freno a esta espiral.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Discursos, Kirchnerismo, Organizaciones armadas, Violencia

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