Luis Alberto Romero

artículo publicado

23 de marzo de 2005

Para un proyecto colectivo

La carencia de un proyecto nacional es un viejo tópico de nuestra cultura política que la crisis reciente ha reactualizado. Cotidianamente, políticos, intelectuales y periodistas nos dicen que la Argentina está hoy a la deriva por la carencia de un propósito compartido y unificador. Para algunos es necesario olvidar las querellas que nos dividen, enterrar definitivamente el doloroso pasado reciente y lanzarnos hacia adelante. Para otros se trata, en cambio, de recordar y de redefinir el enemigo principal, olvidado en los enajenados años 90. Pero unos y otros, enfrentados en otros terrenos, coinciden en que para construir un país distinto y mejor lo primero es acordar en un proyecto “nacional”. Una y otra vez se cita a la Generación del Ochenta y su proyecto, consensuado y exitoso. Desde entonces -se nos dice- no hemos tenido un designio común, como lo tiene toda nación que se precie, y en particular nuestros exitosos vecinos. Por culpa de ese proyecto ausente, la Argentina anda a los tumbos, de fracaso en fracaso.

Para los historiadores, en el Ochenta las cosas no fueron exactamente así. Aquel célebre proyecto requirió treinta años de ásperas discusiones, desarrolladas con el fragoroso fondo de la guerra civil, antes de llegar, en 1880, a un cierto equilibrio, roto apenas diez años después. Durante aquellos treinta años los puntos de coincidencia fueron para los protagonistas mucho menos significativos que las cuestiones que los dividían. Sarmiento y Nicasio Oroño coincidían, hacia 1870, en varios temas fundamentales: la inmigración y la colonización, la educación pública, el laicismo; sin embargo, se combatieron encarnizadamente por cuestiones que hoy parecen menos importantes. Poco después, cuando maduraron los frutos del proyecto y era la hora de complacerse con lo hecho, como el Señor en el séptimo día, Sarmiento y muchos otros proyectistas se debatían en el pesimismo y la desilusión.

Es cierto que en las políticas del Ochenta se advierten varios consensos básicos, pero es una armonía percibida ex post: algo así como un camino hecho al andar. Con la perspectiva que da la distancia, podemos asegurar que esos consensos -por ejemplo, la república, la educación, la inmigración, los ferrocarriles- echaron las bases de un crecimiento formidable. Incluso, ese consenso puede darnos una “lección” para el presente.

El rasgo principal de su elaboración fue una correcta lectura de la situación del mundo y del lugar que la Argentina podía ocupar en él. Por otra parte, la intervención estatal fue decisiva. Era aquél un Estado eficaz, no trabado todavía por intereses encastillados en sus corporaciones, de modo que el tramo que separaba la concepción política y su ejecución era breve. Más allá de ese consenso genérico, entre los dirigentes las cuestiones divisivas fueron abundantes; los enfrentamientos facciosos, durísimos, y muchos los problemas no resueltos. Sospecho que nuestros opinantes actuales se habrían quejado entonces de la falta de un proyecto. Al menos así lo hicieron quienes, hacia el Centenario, estaban convencidos de que se había errado el camino y proponían regenerar la Patria, ahora sí, con un proyecto nacional auténtico.

Los historiadores dudan de que haya habido tal proyecto deliberado, pero en verdad claman en el desierto. La idea de un proyecto, precediendo y presidiendo las acciones humanas, está firmemente implantada en la mayoría de quienes escriben y de quienes los leen. Su existencia pretérita, su posterior frustración, su actual necesidad, son verdades de sentido común. Hay en esta coincidencia poco crítica algunos motivos muy generales -un proyecto, elaborado por pocos y en soledad, satisface a quienes gustan de las explicaciones conspirativas- y otras razones más específicas y más interesantes para analizar.

Hasta hace poco, aproximadamente entre 1930 y 1980, era común pensar las decisiones estatales en términos de proyectos y planes, elaborados por expertos. Fueron los años del dirigismo económico, los planes quinquenales soviéticos, el New Deal norteamericano y los estados de bienestar europeos. En la Argentina, de Perón a Frondizi y Onganía, toda una cultura política y económica nos acostumbró a esa visión tecnocrática de los procesos sociales, orientados por un Plan Nacional de Desarrollo. Fue en los años sesenta, al calor de las teorías del desarrollo económico, cuando se popularizó la idea de “la Generación del Ochenta y su proyecto”, presentada como una versión avant la lettre del Consejo Nacional de Desarrollo.

Hay algo todavía más antiguo, más raigal y más perdurable. El “proyecto nacional” es primo hermano del “ser nacional”, la “identidad nacional”, el “movimiento nacional” y la “doctrina nacional”.

Desde comienzos del siglo XX, nuestra cultura política incuba una versión malsana del nacionalismo, ligado a la idea de homogeneidad y de unidad esencial de la Nación, que se define en contra de un enemigo declarado como ajeno a ella. Esta idea desata conflictos violentos, pues se trata de decidir quién encarna a la Nación, quién define sus rasgos esenciales y, consecuentemente, los de sus enemigos. Al principio, hacia el Centenario, fue sólo un juego de intelectuales, pero pronto se incorporaron los grandes actores institucionales, con fuerte capacidad para definir, para nombrar: las Fuerzas Armadas, que se proclamaron custodias de los superiores intereses de la Nación; la Iglesia Católica, que afirmó la catolicidad de la Nación, y los grandes movimientos políticos democráticos -el yrigoyenismo y el peronismo-, autoproclamados expresión esencial de la Nación. Todos leyeron la historia argentina en términos de proyectos nacionales y antinacionales. Cada uno concibió un proyecto nacional y definió sus enemigos. Todos contribuyeron al ensañamiento faccioso y a la espiral de violencia, de la que salimos hace apenas dos décadas. Curioso final para el anhelo inicial de unidad y armonía.

Afortunadamente, la Argentina posterior a 1983 fue bastante diferente. Predominan hoy otras ideas sobre la política -el pluralismo, la deliberación, la transacción-, aunque quedan relictos de antiguas experiencias. Cada tanto emerge en el discurso público la antigua aspiración a la homogeneidad nacional y a la unidad de “los auténticos miembros de la Nación” contra algún enemigo exterior responsable de nuestros males, siempre distinto y, en el fondo, siempre igual. Pero aun quienes cuestionan esos excesos discursivos revelan el anhelo, el ansia, la necesidad de un proyecto nacional, sésamo ábrete de nuestra futura prosperidad.

No hay que descartar que hoy estemos haciendo aquellas cosas que, dentro de cincuenta años, serán vistas como “el proyecto de 2000”. ¿Quién puede saberlo? Sólo al final del camino se descubrirá adónde estamos yendo. Es poco. La incertidumbre del historiador sobre lo que aún no ocurrió no nos satisface a los ciudadanos, a quienes hoy tenemos la responsabilidad de actuar. Pero una mirada a nuestro pasado, a aquellos años ochenta de fines del siglo XIX, puede decir algo más, puede aportar alguna brizna de certeza, algún consejo que oriente nuestras acciones.

Lo primero se refiere al método. Si la Argentina ha de seguir siendo democrática y republicana, el proyecto resultante deberá ser el producto de la razón, más que de la emoción. Se construirá en la mesa del debate y no en los balcones unánimes. Será el resultado de una discusión abierta y plural antes que de un monólogo excluyente. Lo segundo es relativo al proyecto mismo y al instrumento para su ejecución.

Como en 1880, la pregunta clave sigue siendo cuál es el lugar posible para la Argentina en el mundo: qué sabemos hacer mejor que otros; cómo integrarnos y ganar con ello, porque, finalmente, se trata de controlar esa integración, potenciar lo beneficioso y minimizar lo negativo. La experiencia de los recientes 90, contrastada con la de 1880, nos recuerda la importancia que tiene el Estado como herramienta para ejecutar las políticas acordadas. Por donde lo miremos, nuestro Estado hoy está maniatado por los intereses instalados en él y casi licuado por una corrupción que no es sólo de las personas, sino también de las mismas normas y valores. No hay proyecto posible si el Estado no recupera su autonomía de acción.

En esos términos, aun para quienes somos escépticos respecto de los llamados “proyectos nacionales”, es posible sumarnos al reclamo de un proyecto colectivo, o mejor, a una demanda sobre las formas para comenzar a caminar hacia él. Se trata, en suma, de tres cosas: las prácticas y virtudes republicanas; el trabajo hercúleo de limpiar los establos de Augias estatales; la mirada realista y creativa de una Argentina en el mundo. Hoy querría poder creer que vamos hacia allí.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Generación del Ochenta, Proyectos

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