Luis Alberto Romero

artículo publicado

19 de diciembre de 2002

Participación y democracia

Hace un año aproximadamente, la proliferación de asambleas barriales reveló la existencia de un nuevo y vigoroso interés participativo, adormecido en la década anterior.

En cada esquina, los vecinos discutían todo: desde los problemas nacionales o globales hasta los cotidianos del barrio. Luego, el auspicioso movimiento fue perdiendo fuerza, en parte por la dificultad para encontrar una fórmula que, más allá de la protesta, articulara tantas voces y opiniones.

No se encontró la forma política de encauzar la participación.

La experiencia remite a otra etapa de entusiasmo participativo, en las décadas iniciales del siglo XX.

En las grandes ciudades, en las barriadas de poblamiento reciente, brotaron como hongos las sociedades de fomento, las bibliotecas populares y los clubes sociales. Todos ellos, a su modo, cumplieron un papel fundamental en la construcción de las nuevas sociedades y en la formación cultural de sus moradores: crearon redes, formas de convivir y maneras de mirar el mundo y la vida.

Pero, además, en momentos en los que el país ingresaba, con la ley Sáenz Peña, en la etapa de la democracia de masas, esas asociaciones barriales fueron el lugar de aprendizaje de las técnicas y habilidades necesarias para el ejercicio de la nueva ciudadanía.

Participar ordenadamente, proponer iniciativas, hablar y escuchar, discutir y llegar a acuerdos fueron prácticas habituales en estos ámbitos. En ellos circulaban ampliamente las ideas del mundo intelectual de entonces, sobre todo de su sector liberal, progresista y reformista, que daban un sentido más general a las prácticas espontáneas.

Así, en ese mundo asociativo barrial se formaron los nuevos ciudadanos educados, que creían en la participación, la discusión y la concertación de voluntades en torno de un bien colectivo.

Estos ciudadanos fueron la vanguardia consciente de la nueva democracia.

Los contactos entre este mundo asociativo y la nueva política partidaria fueron muchos: fácilmente se pasaba de la sociedad de fomento, el club o la biblioteca al comité partidario, y aun se podía estar en ambas partes.

AMIGOS Y ENEMIGOS

Sin embargo, la nueva política democrática no recogió todas las características de las prácticas asociativas barriales. Si se examinan nuestros dos grandes partidos democráticos -el radicalismo yrigoyenista y el peronismo, masivamente convalidados en las urnas- se observa una común intencion de presentarse como la representación excluyente “del pueblo” o “de la Nación”, y un escaso interés por las opiniones de los otros, que por las reglas lógicas del discurso político sólo podían ser considerados como enemigos “del pueblo” o “de la Nación”.

Más allá de otros posibles méritos, fue notorio en ambas experiencias el escaso interés por el diálogo y el consenso. También la dificultad para gobernar de acuerdo con las instituciones de la Constitución, adecuadas reiteradamente a las necesidades de movimientos con fuerte liderazgo personal.

Sobre todo, fueron visibles el carácter faccioso de la política, las recíprocas negaciones y el clima político siempre crispado, y a veces violento. Todo estuvo muy lejos, por cierto, de la categórica apelación a la convivencia y el diálogo racional de aquellas usinas barriales de participación y ciudadanía.

La ilusión democrática, aún vigorosa en 1946, y también en 1955, hacia 1966 se había agotado totalmente. Visto con optimismo, puede decirse que, de todos modos, duró mucho, dados los magros resultados de la democracia realmente existente entre la ley Sáenz Peña y el golpe del general Onganía.

Una pregunta similar puede hacerse sobre la efervescencia participativa de los años setenta, y también sobre la de

SIN MEJOR ALTERNATIVA

En cualquier caso, es claro que la voluntad de participación y la apelación a la buena voluntad y a la tolerancia, con ser condiciones necesarias de una práctica política democrática, no son suficientes, ni en la primera mitad del siglo XX ni en los albores del XXI.

A ellas hay que agregarles fórmulas políticas e institucionales adecuadas, que encaucen la participación y preserven el pluralismo y la legalidad.

En algún momento, en el mundo occidental se inventaron los partidos políticos para desarrollar esta tarea. No veo que haya aparecido ninguna alternativa mejor.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Asambleas barriales, Confrontación, Sociedades de Fomento

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