Luis Alberto Romero

artículo publicado

Domingo, 15 de octubre de 2017

“Pata” Medina y Néstor Kirchner en el jardín de los senderos que convergen

El “Pata” Medina y Néstor Kirchner vinieron de dos mundos muy diferentes, el sindicalismo y la política, cada uno con su especificidad y su lógica. Recorrieron distintos senderos del jardín del poder, pero a diferencia del cuento de Borges, estos no se bifurcan sino que convergen en el punto de llegada: sus comunes prácticas mafiosas, que son una de las expresiones más contundentes de la decadencia argentina.

El sindicalismo surgió a fines del siglo XIX, por la necesidad de los trabajadores de unirse para defender sus intereses. Sus dirigentes eran hombres modestos y honrados, que durante largas décadas bregaron para afirmar y lograr el reconocimiento de sus organizaciones.

Con el peronismo los sindicatos fueron reconocidos; además, fueron incorporados al Movimiento y al Estado, y tuvieron algún protagonismo en las decisiones.

Sus dirigentes probablemente se beneficiaron un poco, pero siguieron siendo hombres modestos y oscuros.

Luego de 1955, y con el peronismo político proscripto, los sindicalistas pasaron a primer plano.

Durante tres o cuatro décadas, los gobiernos otorgaron con liberalidad beneficios y franquicias a los diferentes grupos de presión, de acuerdo a la fuerza de cada uno.

Golpeando y negociando, la célebre burocracia sindical, consolidada en su posición, logró algunos beneficios extraordinarios, como el manejo de las Obras Sociales en 1970. Los dirigentes se enriquecieron, pero no hicieron ostentación: el mítico Lorenzo Miguel vivió siempre en Villa Lugano y veraneaba en Mar de Ajó.Un cambio importante se produjo desde 1990, con el retorno pleno del peronismo al poder y el comienzo de la liquidación del Estado. Libres de controles, los líderes sindicales comenzaron a acumular vertiginosamente.

Todos encontraron la manera de exprimir a sus obras sociales, y muchos se hicieron empresarios. Los ferroviarios se quedaron con un pedazo de los ferrocarriles; los camioneros montaron sus propias empresas de transporte.

Con funcionarios que hacían la vista gorda, las fortunas amasadas se hicieron visibles y explícitas. Los grandes dirigentes fundaron monarquías, traspasando a sus hijos poder y negocios.

Cuanto más incapaz de controlarlos era el Estado, más crecieron los espacios autónomos de poder. Como “Pata”, armaron pequeños ejércitos, a los que solían incorporarse las barras bravas del fútbol.

Con su apoyo, se dedicaron al apriete a los empresarios y a cobrar el clásico impuesto por protección. Tony Soprano debe de haber sido un personaje inspirador de este último modelo de sindicalista, hoy conocido gracias al “Pata” Medina. Él y otros, combinaron la huelga, la paliza y algo más para obtener una parte de las ganancias del “protegido”.

El botín, con el que se hacen fortunas obscenas, llega a repercutir en la economía como parte del denominado “costo argentino”. Es difícil reconocer en estos sindicalistas a los viejos dirigentes socialistas o anarquistas. Es fácil, en cambio, reconocer en sus prácticas a una Argentina cuyo Estado perdió las más elementales capacidades de control.

Néstor Kirchner llegó al punto de encuentro con Medina y los suyos siguiendo otro sendero del jardín: el de la política democrática. Desde 1916, la moderna democracia introdujo en la vieja República un elemento disonante: la figura del líder de masas. No era jefe de un partido -es decir, una parte- sino de un movimiento que encarnaba a la nación y el pueblo, y que solo excluía a sus enemigos. Desde entonces, y salvo excepciones, nuestra política democrática legitimó la figura de un presidente fuerte, que en nombre del pueblo concentra capacidades y se eleva por sobre los otros poderes.

En 1983 pareció que este ciclo terminaba, pero en 1989 resurgió, primero con Carlos Menem y luego con Néstor Kirchner. Muchos subrayan sus diferencias, entre ellas, la “reforma liberal” de Menem y la “contrarreforma estatista” de Kirchner. Yo creo que los une la común idea de la concentración del poder presidencial, asociada con el debilitamiento de las instituciones estatales que pueden limitarlo. Los dos, deliberadamente, completaron el proceso de desgaste y demolición del Estado.

Ambos conservaron algo del viejo Estado: su capacidad para otorgar prebendas o monopolios desmesurados, con los cuales se podían obtener rápidamente grandes fortunas. Se saqueaba al Estado, y en definitiva al conjunto de la sociedad. Quienes administraron esto durante los años de Menem obtuvieron los beneficios que correspondían a un gestor o un intermediario calificado: el 10 o 15% que se dejaba en la mítica “carpa chica” instalada en la Quinta de Olivos.
Kirchner potenció esto y lo convirtió en algo similar a lo que en lo suyo hizo “Pata” Medina. Conviene recordar la creatividad y capacidad de gestión de Néstor, hoy que su recuerdo se esfuma por la presencia de su esposa Cristina. Fue Kirchner quien lo hizo. Desde el poder, organizó una banda, integrada por ejecutores provenientes de la “pingüinera”, algunos empresarios nuevos, como Báez o Cirigliano, y otros antiguos que se hicieron cómplices, como muchos constructores.

Negocios como las obras públicas o los transportes subsidiados tenían como primer objetivo el saqueo del Estado. En lugar de receptores pasivos de coimas eran una banda que, dueña del poder, lo usaba para robar y acumular. Ya en esa vía, avanzaron sobre empresas privadas. Elegían el blanco, la ponían a pan y agua, y cuando ya estaba exangüe les hacían una oferta a la cual no podían negarse. El último negocio, que Néstor no pudo completar por razones de salud, fue el de Ciccone.

En suma, hay un patrón mafioso, que Néstor desarrolló en lo grande y muchos otros, como el “Pata”, aplicaron en su área de incumbencia, así como otros hicieron y siguen haciendo en otras: controlar algo y exprimirlo coactivamente. Cada negocio requiere ingenio, fuerza y colaboración de la autoridad, especialmente de la judicial. Más o menos así los historiadores definen el feudalismo, pero hoy cuadra mejor lo de “mafia”.
El presidente Macri, que en otras cuestiones es más moderado, no solo los está desenmascarando con todas las letras sino que ha emprendido acciones. Son de una contundencia tal que difícilmente pueda retroceder en el camino emprendido. En el horizonte se avizoran muchos problemas, pues las mafias son muchas, se defienden y se apoyan unas a otras, pero se vislumbra también la esperanza de que, por algún lado, se pueda romper el círculo vicioso de la decadencia argentina.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: “Pata” Medina, Macri y las mafias, Mafias políticas, Mafias sindicales, Nestor Kircher

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