Luis Alberto Romero

artículo publicado

1 de agosto de 2020

Pensadores clave. Los orígenes de la democracia moderna

Émile Durkheim (1858-1917) es considerado uno de los padres de la sociología, junto con Max Weber y Carlos Marx. Sus investigaciones, desarrolladas bajo el estricto método sociológico que formuló, se refieren al suicidio, la anomia, la división social del trabajo y las formas de la religión. Esta biografía intelectual de Michel Fournier reconstruye de manera cronológica y muy detallada su vida y el denso y conflictivo contexto intelectual y académico francés de los años del “cambio de siglo”.

La vida de Durkheim ejemplifica la “carrera del talento”. Hijo del rabino de una pequeña ciudad de Lorena, egresó de la prestigiosa Escuela Normal Superior. Enseñó en un liceo, en una universidad de provincia y finalmente en la Sorbona. En 1897 fundó “L’anné Sociologique”, una revista y un centro de investigación en el que formó a destacados discípulos, como Marcel Mauss, F. Simiand o M. Halbwachs. Jefe de una escuela, polemizó con los grandes de entonces: A. Tarde y H. Bergson.

También fue un ciudadano militante de la III República, la de “los profesores”. Apoyó la causa de Dreyfus, defendió la separación de la Iglesia y el Estado, impulsó una educación pública basada en la moral cívica y se ganó el odio de la derecha clerical y antisemita.

Como muchos republicanos, sostenía el dogma del sufragio universal pero desconfiaba de sus consecuencias: las decisiones nacidas de la “conciencia confusa” de las masas. Aunque creía en las virtudes la educación cívica, en lo inmediato temía la imposición del número sobre la razón.

En su opinión, la armonía social reposaba sobre un trípode, formado por el individuo, el Estado y los cuerpos intermedios de la sociedad. Este tercer protagonista constituía una innovación en el pensamiento republicano. Por obra del Estado, el individuo se separaba de la familia y la comunidad de origen y adquiría su autonomía. Luego se incorporaba a un grupo profesional -un “cuerpo intermedio”- en el que desarrollaba su existencia social, evitando tanto la masificación como la anomia. En esos grupos, la conciencia confusa cobraba forma y racionalidad.

El centro dinámico del trípode estaba en el Estado. Los individuos sufragantes lo legitimaban y los grupos generaban los puentes con la sociedad. Durkheim considerá bien asentados sus elementos básicos : el gobierno de la ley y la existencia de un cuerpo de administradores eficientes y de una clase política entrenada.

Este es el Estado “en el que la sociedad reflexiona sobre sí misma”, una frase que resume su idea de la República. En su modelo -entre explicativo y propositivo-, los funcionarios administrativos y políticos reciben las demandas de los cuerpos intermedios y proponen la solución más racional. Allí se inicia un proceso de circulación y discusión de la propuesta, que pasa por el Parlamento, las corporaciones, la opinión pública y todos los ámbitos asociativos. Las disposiciones se pulen y precisan, los aspectos conflictivos se negocian y finalmente la propuesta retorna a su punto origen donde, nutrida por la reflexión de la sociedad, puede instrumentarse y convertirse en una “política de Estado”.

Así, sin negar la premisa básica del republicanismo -la soberanía del pueblo, expresada en el sufragio-, la coloca en un contexto en que, por sucesivas mediaciones, la voluntad del pueblo se depura de confusiones y se ajusta a la razón.

Estas ideas sobre la democracia dialogan con las de otros pensadores contemporáneos, y conforman un clima de época, con menos esperanza que escepticismo. Max Weber, a quien Durkheim no conoció ni leyó, propuso transformar el régimen imperial alemán en otro de tipo parlamentario (La política como vocación, 1919). Era un liberal con escasas simpatías por la democracia pero muy preocupado por el alud de nacionalismo y autoritarismo germano. Del parlamentarismo valoró sobre todo la lucha por el poder y la formación de políticos curtidos, con convicciones templadas por la responsabilidad. Pero además, en esos tiempos democráticos el político debía ser también un “líder carismático de masas”, que capturara el alma de la multitud y condujera sus fantasías, alejándolas de los falsos ídolos ubicados a derecha e izquierda.

Durkheim trató a un alumno de Weber, Robert Michels, sociólogo y socialdemócrata de izquierda, devoto de Rousseau y la democracia directa. En Los partidos políticos (1911) Michels concluyó que, en el mundo de masas, las organizaciones burocráticas eran inevitables y en consecuencia, la democracia directa imposible. Instalado en Italia, encontró en Mussolini la síntesis entre la voluntad popular y el gobierno eficaz.

En la periferia del ambiente de Durkheim circulaba Gustave Le Bon, un escritor mundano y prolífico que ganó fama con su Psicología de las multitudes (1895). Allí sostuvo que en la sociedad moderna el individuo vive inmerso en alguna multitud (foule), cuya acción depende más de fantasías que de motivos racionales. También explicó cómo manejarlas y convertirlas en un dócil rebaño. Su libro estuvo en la cabecera de muchos, incluidos Mussolini y Perón.

George Sorel fue un  filósofo autodidacta, que frecuentó la Sorbona pero no siguió a Durkheim sino a Henri Bergson, el filósofo de la intuición. Fue un revolucionario, que osciló entre Maurràs y Lenin; quería movilizar a las masas hacia una cierta revolución y agitar la lucha de clases mediante el mito de la violencia (Reflexiones sobre la violencia, 1908). Por entonces, solo interesó a grupos anarcosindicalistas, pero su trascendencia se pudo ver muy pronto.

Los peores fantasmas del 900 emergieron al final de la Primera Guerra Mundial, cuando una ola democratizadora consagró a Mussolini, a Hitler y a su modo, a Stalin. Luego de 1945 la zozobra democrática pareció definitivamente superada, cuando el liberalismo, la democracia y el reformismo estatal confluyeron en una fórmula eficaz, consagrada por la razón y el número.

Pero en las últimas décadas reaparecieron las zozobras, alimentadas por los nacionalismos enfermizos y la demagogia desembozada. La democracia liberal entusiasma poco, aún a sus defensores, mientras que su variante populista se anota numerosos triunfos. Como en 1900, la razón parece nuevamente asediada por el número.

Luis Alberto Romero

Publicado en La Nación. Ideas

Etiquetas: Democracia, Emile Durkheim, Le Bon, Michels, Política, Weber

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