Luis Alberto Romero

artículo publicado

11 de diciembre de 2005

Perón: héroe o villano

Fue idolatrado y odiado por igual. Sobre esta polémica personalidad de la historia política argentina reflexionan los historiadores Romero y De Marco

Por Jorge Palomar

-¿Qué lugar ocupa la figura de Juan Domingo Perón en la Argentina de hoy?

Miguel Angel De Marco: -Aunque han transcurrido sesenta años desde el 17 de octubre de 1945, casi el mismo tiempo desde que asumió el gobierno, y más de tres décadas de su muerte, la polémica sobre Perón no ha terminado. Su figura tuvo la característica de definir, dividiendo en blanco y negro, a toda la sociedad. Hoy, aquella polarización del país en peronistas y antiperonistas ha ido cediendo, sin desaparecer totalmente.

Luis Alberto Romero: -Perón introdujo un cambio decisivo en la historia argentina; por otra parte, fundó una identidad política profundamente arraigada, y dividió a los argentinos en peronistas y antiperonistas. Todo eso ha hecho que, hasta ahora, los balances alrededor de su persona fueran globales, unicistas y altamente valorativos. Para los historiadores es importante enfriar el tema, salir de la caracterización global, evitar la excesiva adjetivación y contemplarlo con una mirada más analítica: distinguir los diferentes procesos, cada uno de ellos con una historia, y ver en cada caso cuál es el papel de Perón en una historia que es anterior a él y también posterior.

MADM: -La discusión acerca de su figura y su incidencia en la vida argentina está circunscripta a un núcleo reducido de población compuesto por los que lo conocieron y profesaron sus consignas y los que pensaron o actuaron contra él. Sobre todo para las generaciones jóvenes, Perón es un personaje del pasado, del que se sabe poco. Para mayor confusión, se apoderan de su nombre y sus postulados, utilizándolos a piacere, agrupaciones políticas que se dicen seguidoras de sus ideas, aun a sabiendas de que en nuestro tiempo no pueden sostenerlas al pie de la letra. En cambio, en el plano historiográfico, la producción sobre “el líder” es inmensa, pues los estudiosos buscan comprender y explicar la complejidad de circunstancias que se refieren al trayecto de Perón hacia el gobierno, su desempeño, truncado por la revolución de septiembre de 1955, su prolongado exilio y su actuación desde allí en la política del país. Y cabe señalar el loable esfuerzo de muchos de los principales especialistas de despojarse de toda intención apologética o de profesar la crítica desmedida.

-¿Es un personaje difícil para los historiadores?

MADM: -Mire… es difícil para un historiador que ha trabajado otras etapas del pasado argentino, pero que por otra parte ha vivido como ciudadano aquel prolongado lapso, ocuparse de ese hombre contradictorio y de su no menos contradictorio sistema. Sí, es difícil.

-¿Qué aspectos de la política de Perón lo atraen más?

LAR: -Hay cuatro cuestiones que me atraen mucho referidas a la primera presidencia de Perón. ¿Puedo extenderme un poco?

-Puede, si De Marco no se enoja.

LAR: -La primera, la democratización social. Este es un proceso característico de todo nuestro siglo XX. Al menos hasta 1976, la sociedad argentina fue móvil e inclusiva. En sus años, Perón aceleró notablemente este proceso mediante las políticas de la justicia social, que impulsaron notablemente la movilidad. Piénsese por ejemplo en el aumento de la matrícula estudiantil. No provocó una revolución en el sentido clásico del término. No cambió la organización de la sociedad, pero produjo una incorporación muy acelerada, que generó resistencias, epidérmicas pero notables, entre quienes estaban acostumbrados a un ordenamiento social más tradicional. Por ejemplo, para sus empleadores, el cambio de status del personal doméstico, el paso de la “sirvienta” a la “empleada”, con horario y franco semanal. La dignificación social fue algo más que una palabra. Perón aceleró la democratización social y a la vez generó una revolución de expectativas, que después conformaron el mito de una era dorada perdida, tan vívido en la conflictividad de los setenta. La segunda, la democracia política. Aquí, el balance de la incidencia de Perón en la larga historia de la construcción de la democracia es ambiguo. Por una parte, hubo un espectacular crecimiento de la masa de ciudadanos: las mujeres, y también los habitantes de los territorios nacionales, que no votaban hasta que Perón provincializó los territorios. Hubo muchos más ciudadanos. Esto se unió a un incremento en la participación y el compromiso en las elecciones, algo que hoy extrañamos un poco. Por otra parte, se trató de una participación más bien plebiscitaria que republicana. Se expresaba más en la plaza que a través de la deliberación. Perón creó un clima poco propicio para la discusión plural, no sólo por la faccionalización, sino por políticas gubernamentales de hostigamiento de la oposición, persecución de opositores, clausura de la posibilidad de utilizar los medios, como la radio, etcétera. En suma, el gobierno obturó la coexistencia democrática. Por otra parte, el Poder Ejecutivo avanzó desde las instituciones republicanas, debilitando la división de poderes y el sistema de balances y contrapesos. Pero todos estos problemas, en rigor, son constitutivos de nuestra experiencia democrática de masas, desde 1916. Perón los agravó, en algunos casos de manera significativa, pero no los inventó. Quienes lo siguieron hicieron poco por corregirlos. La tercera, el Estado y los intereses. Perón continuó con la tendencia, iniciada en 1930, de construir un Estado con alta capacidad de intervención sobre la vida económica y social, sobre todo para regular los conflictos. A la vez, fue más allá que sus predecesores. Reconoció la existencia del conflicto industrial, alentó la organización de los trabajadores y los empresarios, estableció los mecanismos de negociación y colocó al Estado como árbitro de éstos. Su toque personal fue la concesión de importantes franquicias corporativas a las direcciones sindicales, plasmadas en la Ley de Asociaciones, y a la vez, la creación de fuertes mecanismos de control de éstas desde el Estado. Nada cambió demasiado después de 1955, y más bien se avanza en el mismo sentido. Lo que se perdió fue la capacidad del Estado, que tenía cuando lo gobernaba Perón, para controlar la confrontación de intereses. La conflictividad social empezó a salirse de madre en 1955 y culminó en 1975, cuando ya ni el propio Perón, vuelto al gobierno, pudo dominarlos. Finalmente, la Nación. Perón se inserta en una historia, que es previa, de afirmación de una identidad nacional unívoca y homogénea, a la que agregó una nueva definición: la argentinidad se identifica con el peronismo. No es un procedimiento nuevo. Ya habían recurrido a mecanismos similares el Ejército, la Iglesia Católica y hasta el radicalismo yrigoyenista. En el caso de Perón, coincide con una acrecida capacidad técnica para construir identidades de masas: la radio o el cine llegan hasta los más remotos rincones del país. En este sentido, Perón es una pieza más de una historia de unanimismo, intolerancia y facciosidad, cuyas últimas expresiones, me parece, podemos encontrar en la última dictadura militar.

-¿Cuál fue, a su modo de ver, la mayor virtud de Perón?

MADM: -Perón supo levantar banderas de reivindicación de sectores que aún no habían logrado beneficios sociales ya vigentes en otras partes del mundo, algunas de las cuales habían sido planteadas sin éxito en la Argentina por expresiones políticas y gremiales minoritarias que no habían podido darles un estatuto legal. Más allá del aparato que montó a partir del 17 de octubre y después desde el gobierno, esa especie de relación directa con las masas creó un sentimiento de devoción en las clases populares que se manifestó en las »grandes concentraciones donde “el líder”, desde el escenario por antonomasia de su monólogo con “el pueblo peronista” que eran los balcones de la Casa Rosada, estableció ese vínculo magnético que no se rompió en los corazones de la gente después de su caída. La paulatina e inexorable instauración del régimen autoritario, en el que la oposición carecía de espacio para manifestarse con libertad, generó la proliferación de la delación e instauró el miedo entre muchos miles de argentinos. Hubo exoneración, cárcel y tortura por pensar diferente. Por cierto, y por desgracia, esa tremenda experiencia no concluyó con el fin del gobierno de Perón.

-Ni aun con el prolongado exilio…

MADM: -La caída de Perón no significó su ocaso político, sino que marcó una presencia constante, desde el exilio, en la política argentina. Y es tan singular que pudiera mantener su férrea organización y movilización a través de emisarios y de una vasta red de correspondencia en la que apretaba los hilos del variopinto entramado dando la razón a unos y a otros o azuzándolos a través de su “conducción” (aun de las acciones violentas y de la guerra revolucionaria), como que lograra mantenerse vigente como solución única e inextinguible esperanza entre sus múltiples y fieles partidarios, no pocos de los cuales sufrieron los riesgos y dolores de la denominada “resistencia”. Los que procuraron poner fin a esa presencia mediante un “peronismo sin Perón” fracasaron en el intento. Su retorno no logró poner en el brete de la organización partidaria a los sectores más radicalizados, a los que echó del peronismo luego de emplearlos para fines prácticos. Su desconfianza y su vejez lo llevaron a impulsar la inaudita presencia de Isabelita en el segundo término de la fórmula presidencial, y con ella la acción de personajes tan nefastos como José López Rega. Quizás en el célebre encuentro con su constante opositor Ricardo Balbín prevaleció la idea de aportar en sus últimos días a la unión de todos los argentinos.

-¿Qué rumbo tomó la política argentina ya ausente Perón?

MADM: -La situación política argentina se convirtió en un teorema que ni los hombres más preclaros pudieron resolver. Los observadores internacionales explicaban una y otra vez que sólo el temperamento pacífico de la gran mayoría de la sociedad argentina impidió una guerra civil. Aunque, claro, el costo en vidas humanas y el atraso económico que a la postre pagó el país son casi equiparables. Tal vez el peronismo deje en nuestro pensamiento el permanente reflujo de una experiencia de vida, en gran parte fallida, en la que sus aciertos y sus convicciones más sanas se ocultan tras sus tremendos errores, con la enseñanza de que sólo enmarcándose en prácticas democráticas hubiera podido dar de sí todo el caudal de esa energía vital que representaba un pueblo entusiasmado con un proyecto de nación. Ahí están Perón y el peronismo, con su listado de equívocos y éxitos, con sus oportunidades perdidas, como una señal, una lección y una advertencia de lo que no debería repetirse y de lo que debería tenerse más en cuenta para gobernar la Argentina.

Publicado en La Nación Revista

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