Luis Alberto Romero

artículo publicado

Domingo 22 de abril de 2018

Peronismo: tantas veces lo mataron…

Como a la cigarra de María Elena Walsh, al peronismo tantas veces lo mataron, y otras tantas resucitó.

A lo largo de mi vida, el fin del peronismo fue un tema recurrente. Mi cultura política comenzó a formarse en 1950, a los seis años, oyendo en la tertulia de mi casa, “¡Esto no dura!”.

En 1955, despojado de los resortes del poder, se volvió a augurar su muerte, pero resurgió, renovado y vigoroso.

Durará mientras viva Perón, se decía después. La muerte del viejo líder fue un golpe fuerte, aunque no tanto como la derrota electoral de 1983. Pero pronto resurgió otro peronismo, adecuado a la democracia, diferente pero robusto.

Hoy vuelve a pensarse en una crisis terminal. No lo creo. Volverá, lozano y transformado. El mismísimo Julio Bárbaro, que durante años fatigó audiencias con su canto fúnebre del peronismo, hoy concelebra la fiesta de la resurrección.

El partido peronista está en crisis, pero el peronismo es algo distinto, mucho más amplio y a la vez menos estructurado que un partido. Como los invertebrados, se adecua fácilmente a los diferentes ambientes, y hace de la inorganicidad una virtud.

Sin duda, la clave está en el líder, pues la idea de conducción está en el ADN peronista. A veces se exagera la originalidad de este rasgo. Desde fines del siglo XIX, toda la política democrática se ha caracterizado por el peso de los grandes líderes -desde el inglés Gladstone a Franklin Roosevelt- y fue a principios del siglo XX cuando Max Weber lo teorizó con su fórmula del liderazgo carismático de masas.

La misma UCR -lo más parecido que tenemos a un partido orgánico- tuvo sus momentos de esplendor bajo la conducción de grandes líderes, como Yrigoyen o Alfonsín.

Lo singular en el peronismo -aunque de ninguna manera original- es que, detrás del líder no se encolumna un partido sino un movimiento, de fronteras imprecisas y siempre en proceso de transformación. El partido nunca significó demasiado, y a menudo fue englobado en la menospreciada “partidocracia”.

Esto relativiza la reciente decisión de la jueza Servini, que intervino el PJ nacional. El fallo es a la vez un verdadero absurdo judicial y un buen diagnóstico -digno de un dirigente peronista- de un partido paralizado. Pero sobre todo, es de escasa trascendencia: el peronismo no está allí.

¿Donde está? En muchas partes y en ninguna. Los políticos, que van poco al partido, suelen reunirse en agrupaciones informales, como las “líneas” de la provincia de Buenos Aires, entre las que se negociaba el poder en el territorio.

Esta dimensión territorial fue la gran novedad del peronismo en democracia. Durante mucho tiempo, su “columna vertebral” habían sido las organizaciones sindicales -por definición peronistas-, que asumieron esa responsabilidad cuando en 1955 se derrumbó el régimen del primer peronismo.

Hoy, en una Argentina con desocupados y trabajadores en negro, su peso es menor, y en la simbólica representación de “los trabajadores” deben competir con organizaciones de desocupados o subocupados, que tienen otras formas de funcionamiento y de reclamo.

En el mundo de la pobreza, la sociedad se construye en torno de estas organizaciones de base territorial, que a la vez se acomodan bien en el mundo de la democracia y las elecciones regulares.

El peronismo se adecuó a esta nueva situación con una plasticidad y eficacia admirables. No solo captó buena parte de estas organizaciones, sin forzar su incorporación formal al partido.

También aprovechó a fondo la nueva realidad de un Estado cuya principal función consistía en administrar subsidios, concedidos con criterios personalizados y administrados por una densa red de intermediarios, que los cambiaba por votos y disciplinada presencia callejera.

Entre los peronistas, han perdido importancia los mitos fundadores y el discurso de identidad. ¿Qué sentido podría tener ofrecer dar la vida por Cristina Kirchner? ¿Cuántos recuerdan la letra completa de la marcha?

En cambio, se fortalecieron las estructuras de intermediación, las “estruturas”, como puntualiza Jorge Ossona, buen conocedor de este mundo. Son las que, a través de pasos sucesivos, conectan el mundo social con el gobernante, dueño de los recursos. Algunos tienen pasta de líder, pero las capacidades carismáticas no son indispensables.

En suma, a lo largo de su historia el peronismo ha sido uno y muchos a la vez. La clásica continuidad en el cambio, propia de las cosas humanas, hace difícil encontrar una definición esencial. Quizá sea más fácil entenderlo como una suerte de sistema de franquicias sucesivas.

Después de la muerte de su fundador y titular indiscutido, los derechos sobre la masa potencialmente peronista, organizada en su desorganización, fueron asumidos por sucesivos equipos de conducción. Cada nueva gestión anunció una renovación de estilos, formas y propósitos, aunque no tan profunda como para poner en peligro el capital identitario.

En las últimas décadas hemos conocido dos gestiones de la franquicia, la de Menem y la de los Kirchner, diferentes en muchas cosas -tanto que para algunos son antitéticas- pero similares en lo esencial, que, como ocurre con las religiones, es lo más difícil de definir.

Hoy el peronismo está renovando su franquicia. Simplemente eso. Busca un nuevo líder y un nuevo discurso para un país que cambia. Y lo hace en las peores condiciones: solo controla una parte menor de la administración y las cajas públicas. Un verdadero invierno.

Si fuera un negocio, habría un cartel: “cerrado por reformas”. Y pronto otro: “Nuevo dueño”. En algún momento se reabrirá, remozado y a la vez identificable para la vieja clientela.

Quizá no lleguen en 2019, pero estarán en la competencia en 2023. Para algunos, la nueva conducción será “más republicana”. No lo creo. Me parece que el liderazgo autoritario es uno de los rasgos esenciales del peronismo.

Su lugar en la política está asegurado, porque expresan un modo de ser, una cultura, común a muchos sectores. Lo que no parece fácil es que puedan seguir presentándose como la expresión del “pueblo”, de la totalidad, que fue siempre un elemento central de su discurso.

No sería verosímil, en un mundo cada vez más plural, más fraccionado, y también más pluralista. Creo que este es el mayor desafío para quienes asuman la nueva gestión.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Franquicia peronista, Líder, Movimiento peronista, Partido peronista, Política

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