Luis Alberto Romero

artículo publicado

10 de junio de 2018

Potash, un “peronólogo” que fue best-seller

Usted es Potash?”, le preguntó un médico que lo recogió en una desértica ruta de Tierra del Fuego, varado y con dos neumáticos pinchados. Era el año 1981 y acababa de aparecer el segundo volumen de su trilogía sobre los militares y la política, convertido en best-seller.

Sin duda, Robert Potash es el más conocido de los historiadores extranjeros dedicados a la Argentina. Abordó un tema importante, lo trató con precisión, imparcialidad y pulcritud, y lo publicó en el momento más adecuado.

Casi al mismo tiempo apareció el libro del francés Alain Rouquié, con menos información y mucha más interpretación. Potash presenta una información excelente, novedosa y controlada, expuesta sin excesos interpretativos. Ambos libros tuvieron muchos lectores pero los de Potash fueron más.

A lo largo de cuarenta y cinco años viajó regularmente al país, conoció gente, hizo amigos, dio charlas, lo entrevistaron, recorrió las provincias y se convirtió en una presencia habitual.

Al final de su vida, para entretener sus ocios, comenzó a escribir estas memorias, destinadas a sus nietos y no a sus lectores. Quizá por eso hay tan pocas reflexiones de historiador. En cambio, hay muchos datos, algo abrumadores.

Con la ayuda de sus agendas personales, el autor consigna año a año, mes a mes, su vida familiar, su carrera académica, las personas que conoció, sus viajes, y sus numerosas visitas a la Argentina, que nos interesan mucho.

Solo en la primera parte, sobre su infancia y juventud, aparecen el hombre y sus circunstancias y, particularmente, su judeidad. La familia de su madre eran campesinos venidos de Odessa. Su padre, de origen letón, era un hombre educado y lector, agnóstico y sionista, que vivió la vida del activista y el organizador.

Los Potash residieron en Boston, en el borde del barrio judío. Eran “judíos gastronómicos”, no practicantes pero sí observantes de fiestas y tradiciones, y todos sus amigos pertenecían a la colectividad.

Tan agnóstico como su padre, Robert no tuvo bar mitzvah, no quiso estudiar en el colegio judío y nunca tuvo dificultades en el trato con no judíos. Pero en la universidad se sumó a una organización estudiantil judía y allí conoció a su esposa y compañera de vida, una activista sionista.

A lo largo de su vida –así lo muestra esta reconstrucción tardía– no se le escapó ninguno de los pequeños signos de rechazo y discriminación, desde el informe de un profesor de la secundaria quien, a modo de elogio, consigna que “no tiene ninguna de las características atribuidas a su raza”, hasta unas inquietantes esvásticas pintadas en paredes de Buenos Aires en 1962.

Su dedicación a la Argentina fue casual. Trabajando ocasionalmente como analista del Departamento de Estado, le asignaron el área rioplatense, la única vacante. En 1956 estuvo por primera vez en Buenos Aires, que visitaría regularmente hasta 2001.

En el primer viaje le impresionó el ambiente sombrío, por los cortes de luz y por el impacto de los fusilamientos de junio. Se fue entusiasmando y en 1960 decidió dedicarse al que sería el tema de su vida: los militares argentinos y la política.

Pasó un año investigando, entre 1961 y 1962. Fue un período agitado: cuatro huelgas generales, una elección anulada, un presidente depuesto, varios planteamientos militares y hasta un tanque Sherman apuntando el cañón a su casa. En marzo de 1962 quedó envuelto en una manifestación peronista, disuelta por la policía con gases y mangueras. Es posible que entonces pensara en extender hasta 1962 su investigación, que concluía en 1945.

Los testimonios escritos le resultaron insuficientes y se propuso entrevistar a los protagonista, políticos y militares. El general Guglialmelli, un militar con vocación intelectual, lo invitó a conocer la Escuela Superior de Guerra (casualmente, yo estaba allí como soldado conscripto, enterándome de muchas cosas que años después entendí), y le asignó como cicerone al teniente primero Martín Balza, con quien tuvo una larga amistad.

En 1967 ya había conseguido romper el hielo de la “familia militar” y pudo hacer las entrevistas necesarias para terminar su libro, publicado en Estados Unidos en 1969.

En 1970 estuvo un año investigando sobre el período 1945-1962. Su red de contactos se amplió con la ayuda del general Tomás Sánchez de Bustamante, “Conito”, uno de sus mejores amigos argentinos.

La traducción castellana del primer volumen motivó varias entrevistas y su nombre comenzó a ser conocido. 1970 fue un año agitado que, gracias a sus contactos, pudo seguir de cerca. Dos generales, el “gorila” Labayru y el “peronista” Embrioni le dieron la pista del acuerdo existente para derrocar a Onganía.

Esto le permitió ganar una discusión con Rouquié, quien le auguraba una vida tan larga como la de Franco. Es casi la única referencia a una quizá subrepticia competencia; años más tarde, Potash se lamenta de que, a diferencia del francés, él no logró entrevistar a Perón.

En su siguiente visita, en julio de 1973, el historiador encuentra todo cambiado. Asiste a la caída de Héctor J. Cámpora y a la marcha de Perón hacia la presidencia. Se lamenta del triste destino de sus amigos universitarios, desalojados de sus cátedras por los jóvenes peronistas. Pero se beneficia de la actitud más abierta de los militares peronistas y puede conversar, por primera vez, con el general Lanusse, iniciando una prolongada relación.

Su nuevo libro avanza lentamente. Cuando vuelve al país, en 1977, la atmósfera es de miedo y sospecha. Una noche, desde la ventana de su departamento, oye un tiro, ve a un hombre caído y a un grupo que baja de un auto y se lo lleva.

En una cena conoce al general Viola, y le pregunta por qué los militares no recurren a la justicia para luchar contra los subversivos. Lujos que podían darse los extranjeros.

En 1981 aparece en Buenos Aires –antes que en Estados Unidos– el segundo volumen, sobre el período 1945-1962. En el ocaso de la dictadura, Potash se convierte en una celebridad. Recorre el país presentando su libro y lo entrevistan muchos medios, locales y estadounidenses. Muchos le expresan su gratitud por hablar de un tema donde se prefigura la dictadura del momento.

El general Videla, que acaba de dejar la presidencia, contesta sus preguntas y, exagerando, asume toda la responsabilidad. Numerosos militares le ofrecen sus archivos privados, y él decide escribir el tercer volumen, hasta 1973, para el que pudo utilizar el excelente archivo de su amigo Lanusse.

En 1983 asiste al multitudinario acto de asunción de Raúl Alfonsín y comparte la euforia, empañada por un carterista que le roba la billetera. En 1986 recibe en su casa de Amherst a Alfonsín, a quien la Universidad de Massachusetts, por gestión suya, había concedido un doctorado.

Por entonces viajaba a Buenos Aires todos los años. Su rutina incluía recorrer el país, frecuentar sus muchos amigos, tener largas conversaciones con Lanusse y Balza, dar charlas académicas, y también muchas entrevistas periodísticas sobre la actualidad. Tantas que La Nación lo definió como “comentarista político”, algo que no hizo mucha gracia a nuestro muy profesional historiador.

Concluido el último volumen de su libro, siguió viajando regularmente y se vinculó con algunos proyectos académicos y editoriales. El 19 de diciembre de 2001 emprendió el retorno de lo que sería su último viaje.

Luego, hasta su reciente muerte, comenzó una inconclusa biografía de Lanusse, siguió atentamente la vida de nuestro país y escribió estas memorias, en las que se despide de la Argentina a su manera, sencilla y poco dramática.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Dictaduras, Golpes, Historia, Militares, Potash, Ser judío

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