Luis Alberto Romero

artículo publicado

19 de diciembre de 2020

Premio Ñ a la Trayectoria Cultural

Publicado en Clarín, https://www.clarin.com/revista-enie/luis-alberto-romero-volvi-optimismo-sentirme-parte-proceso-historico-83-_0_orDgMl9ol.html

Luis Alberto Romero: “Nunca volví al optimismo de sentirme parte de un proceso histórico como en el 83”

Al recibir el Premio Ñ a la Trayectoria Cultural 2020, el gran historiador repasó momentos clave de su vida intelectual y se refirió a la centralidad candente del peronismo en la política.

Héctor Pavón

“Deme medio segundo… Estoy viendo si puedo eludir el 17 de octubre de 1945, pero es difícil. Está bien… hay que admitirlo, es el hecho histórico más importante del siglo XX”. La pasión de historiador, que su adn declara, lo impulsa a tomar como punto de partida esa fecha que marcó al país para siempre. Es tiempo de mirar atrás en su carrera para revivir momentos de esplendor como investigador, docente, ensayista, columnista, polemista, entre otras facetas, porque ha recibido el Premio Ñ a la Trayectoria Cultural 2020. Por eso piensa en cómo llegó a este lugar como intelectual influyente donde tanto tiene que ver el peronismo como un adversario al que enfrenta en campos de debates cambiantes y que tantas ideas, argumentos, escritos le ha provocado. Hay un punto de partida y es la influyente obra de su padre, el historiador José Luis Romero.

–¿Qué le ha dejado como herencia su padre, de historiador a historiador?

–Se lo digo de un modo un poco extraño. Yo hice distintos trabajos en mi vida y algunas veces creí que había encontrado algo original que decir, pero normalmente me pasa que releyendo las cosas que escribió mi padre encuentro que él ya las había dicho. Yo tengo claramente la cabeza formada por su manera de ver la historia y no me parece que sea malo porque realmente fue un historiador excepcional y una vez que renuncié a la aspiración de originalidad, aprovecho todo lo que aprendí viéndolo y luego leyéndolo. Y ahora estoy empeñado en el último tramo de mi vida en construir su legado a través de un sitio web que va a reunir su obra completa y otras cosas suyas alrededor de su trabajo intelectual. Es un buen servicio a la comunidad de historiadores y en general al mundo, salvar el recuerdo de un historiador único.

–¿Cree que convertirse hoy en historiador conlleva una responsabilidad en particular? ¿Cómo se forma un historiador en la actualidad?

–Desde los 70 y sobre todo los años 80, la historia se ha profesionalizado enormemente. Hay muchísima gente que vive de la profesión del historiador, a través del Conicet o de las universidades. Al profesionalizarse, ha adoptado una serie de reglas y de pautas sobre cómo desempeñar la función. Me estoy refiriendo al historiador profesional, no a la gente que simplemente escribe la historia, que es un mundo inmenso y que no tiene reglas. Para los historiadores profesionales el camino ha estado muy claramente marcado. Pero en mi opinión, este camino los aísla un poco de otra cara que siempre ha tenido la profesión de historiador, que es la que mira hacia la sociedad y que transmite un mensaje que la historia puede dar a la sociedad para entenderse mejor, para entender de dónde viene, dónde está parado y a dónde quiere ir. Y esto es una actividad donde el historiador subraya su otra dimensión que es la de ciudadano con cierta autoridad reconocida para hablar. Mark Bloch dijo una vez que el trabajo del historiador es comprender y no juzgar. Como ciudadano puede juzgar, pero primero tiene que olvidar esa actitud y tratar de entender lo que pasó. Y para entender lo que pasó hay que ponerse en el lugar de los otros, no hay que ser faccioso.

–Acaba de referirse a quienes se acercan de un modo, tal vez, menos exigente o menos disciplinado en lo académico a la historia. ¿Qué papel cumplen los divulgadores?

–Estoy en una situación muy ambigua, porque me irrita un poco que todo el mundo lea las versiones de los divulgadores. Pero pienso dos cosas a la vez: la primera, a su modo acercan la historia a la gente. Y en ese sentido creo que quien realmente lograba hacer las dos cosas a la vez fue Félix Luna: era un buen historiador y un divulgador excepcional. Forma parte del trabajo del historiador ser divulgador, de modo que no hay que enojarse si otros hacen lo que nosotros no nos dedicamos a hacer. En términos más generales, aplicaría una frase muy remanida: la historia es algo demasiado importante para que quede en manos de esta corporación profesional con tantas reglas como la de los historiadores. La historia, desde los griegos, se basa en la creación de relatos, de narrativas explicativas. Y nadie puede soñar con que unos modestos universitarios sean los dueños, los sacerdotes del templo. Entonces no está mal que todo el mundo tenga su comprensión de la historia, porque también es la comprensión de su propia vida. Lo cual, en realidad, hace que el campo de la interpretación del pasado es un campo de combate permanente, porque nadie quiere regalarle al otro la construcción de la narración. Es un campo altamente politizado en el sentido amplio de la palabra. Y ahí los historiadores profesionales tendríamos que desarrollar un poco esta faceta de ciudadano, pero honestamente estamos en desventaja frente a los que no tienen limitaciones para –directamente– construir relatos.

–¿Cuáles sos sus historiadores de referencia? ¿A quiénes suele volver? Solía citar y elogiar a Eric Hobsbawm…

–A Hobsbawm lo leí por primera vez en 1963 y durante cuarenta años fue bibliografía de mis cursos. Tenía talento para decir en pocas páginas muchas cosas importantes, y además para sugerir en cada línea una apertura del pensamiento. Era un historiador de síntesis: es un género muy importante la síntesis histórica. Es excepcional y no diría que encontré otro como él. Uno que me apasiona siempre es François Furet, el historiador de la Revolución Francesa que en su momento me impactó porque era un enfoque tan alejado de la tradición marxista y con un estilo de escritura verdaderamente arrollador. Pero no cubría todos los campos que abarcaba Hobsbawm. Por otro lado, destaco a Pierre Rosanvallon porque es capaz de tomar dos o tres campos con gran capacidad para mostrar las cosas desde un lado distinto. Entusiasma mucho.

–La llegada de la democracia en el 83 lo ilusionó. Luego –ha manifestado– sufrió una gran decepción.

–Empezó con enormes bríos y fue desgastándose porque los humores políticos empezaron a ir por otros lados y esa idea que él tenía de la democracia institucional se fue deshilachando. Todos participamos de una gran ilusión y luego de una gradual desilusión.

–¿Y recuperó la ilusión? Por ejemplo, cuando estuvo cerca de Ricardo Alfonsín o de Mauricio Macri…

–La ilusión es como el enamoramiento. No fue resultado de una especulación racional sino de un arranque donde los sentimientos y los valores tienen mucho que ver y no se dan en los mismos términos otra vez. Tuve mis esperanzas con la Alianza, pero tampoco fueron muy apasionadas, y lo mismo podría decir del gobierno de Macri. En un momento la figura de Ricardo Alfonsín me pareció interesante pero confieso que es porque veía en él a su padre. Nunca tuve el optimismo de sentirme parte de un proceso histórico como ocurrió en el 83. Creo que, más o menos, volví a ser lo que siempre había sido, un escéptico con optimismo de largo plazo –es una frase de mi padre. Optimismo de largo plazo que en lo inmediato sirve para seguir peleando, activando, pero sin hacerse grandes ilusiones.

–¿En algunos de estos momentos políticos que cita, sintió que se comprometía políticamente como intelectual?

–No, no. Siempre me sentí siempre independiente. Es cierto que en el caso del gobierno de Macri, tenía el sentimiento de que debía apoyarlo aún en lo que no me gustaba. No tanto por la esperanza que me suscitara como por el espanto de lo que había fuera de él como opción. Pero ni siquiera era un compromiso. Un compromiso vital era el de los ochenta. Mucha gente de mi edad que conozco sintió lo mismo.

–En 2015, cuando asume Macri, usted participó de una reunión con intelectuales organizada por el entonces secretario de Cultura Pablo Avelluto…

–Lo conocí cuando habló en el Club Político, en 2013, y me convenció de que era un buen candidato. Después lo aprecié como persona. Lo vi en privado un par de veces más, pero hablamos de generalidades. En la conocida reunión en la Casa Rosada éramos muchos, y fue más para la foto. Seguí su gobierno a distancia, tratando de encontrarle el costado positivo, que sin duda lo tenía. Una vez en 2017 tuve una idea acerca de las implicaciones que tenía el avance del relato y la necesidad de hacer algo y escribí una propuesta. No era un tema de agenda y muchísimo menos en el Pro. Pero como conocía algunos funcionarios y ministros, fui a verlos. A todos les pareció una idea hermosísima, pero jamás logré que se avanzara ni medio centímetro en alguna de las cosas que proponía. Así que en ese sentido tuve una constatación de que era un universo distinto del mío.

–¿Cómo evalúa la experiencia de participar del Club Político Argentino?

–Fue muy intenso al principio, hasta 2014, y asistí al primer gran crecimiento del Club. Después me dediqué a otras cosas y lo vi como un socio común, a cierta distancia. Lo que cambió mucho fue la presencia de Graciela Fernández Meijide, un lujo. Ella tenía mucho más sentido político que todos nosotros juntos y encontró la manera de que el Club tuviera una inserción en el mundo político.

–Al inicio de esta conversación marcaba el 17 de octubre de 1945, como un hecho clave del siglo XX…

–Porque allí se concentra el arranque del movimiento político que desde entonces hasta hoy ha sido predominante o dominante en la Argentina. Es mucho tiempo y siempre está la pregunta de si el peronismo del 45 es el mismo del 73, el mismo del 83, el mismo de hoy… Y no, son muy distintos, pero hay dos o tres rasgos que permanecen. Uno de ellos es una capacidad importante para captar la sensibilidad popular, es muy notable como el peronismo ha percibido el humor del mundo popular en sus distintas variantes. Tiene olfato político, oído atento y eso le da una gran ventaja respecto de los competidores políticos que siempre quedaron atrasados respecto de eso. El segundo rasgo es una abusada vocación por el poder, aunque no hay político que la no tenga. En la política moderna, hay siempre una idea sobre lo que se quiere hacer, y eso es lo que está casi ausente en el peronismo: tiene la capacidad de decir un día una cosa y al día siguiente la contraria. En ese sentido, el peronismo se parece mucho a las iglesias evangélicas, donde nadie le pide diploma al aspirante a pastor, pero inmediatamente lo pone a prueba. Si congrega gente, funciona, y si no congrega, no. Y en el caos del peronismo me parece que el que conduce avanza en el camino más allá de su linaje, de sus ideas, nada de eso importa frente a esta cosa contundente que es capaz de conducir. Ahora, si se generaliza eso da un movimiento político con gran capacidad para luchar por el poder y bastante imprevisible en cuanto a qué es lo que va a hacer con él. Fíjese, Menem: “Si yo decía lo que iba a hacer nadie me votaba”. Muchos otros fracasaron con la apertura económica y él la sacó bastante adelante, demostrando que sabía conducir. Y el tercer rasgo es que es un movimiento de líder y nada más. No hay cuerpos, no hay congreso, no hay nada que en principio restrinja la autonomía del líder, y yo creo que eso ha marcado lo que es la política Argentina desde mediados del siglo XX hasta nuestros días. Me parece que esos han sido los tres rasgos continuos de un peronismo que si lo miramos desde la discontinuidad fue muchas cosas distintas a lo largo del tiempo. El peronismo de Perón, el de Vandor, el de Montoneros, el de la democracia, el de Menem, el de Kirchner: en todos esos casos la capacidad de adaptación fue notable. Ahí veo el giro en la política del siglo XX y el XXI.

–¿Cómo se sitúa usted en particular con este nuevo capítulo del peronismo? ¿Se siente antiperonista?

–No, no me siento antiperonista. Además, un partido que tiene 75 años implica la inclusión de una buena cantidad del pasado histórico que, si uno lo va a estudiar partiendo de que es anti algo, nunca va a entender nada. Creo que tengo una mirada bastante de historiador, de buena parte de la historia del peronismo. Las pasiones que me despertaba el menemismo ahora se han apagado completamente y tengo una enorme curiosidad por entender bien qué es lo que quiso hacer Menem y hasta qué punto lo logró. Me parece que es un tema interesante. De modo que mis anti están concentrados en el kirchnerismo. No me siento imparcial aunque tengo mis propias ideas sobre cómo explicar el kirchnerismo. Si el kirchnerismo es parte del peronismo o no, es un tema. Yo creo que sí, perfectamente esos rasgos básicos de los que empezamos a hablar se aplican sobradamente al kirchnerismo, pero mi idea del peronismo es más allá de los rasgos básicos, que es una especie de marca, como si dijéramos, Calzados Grimoldi. Una marca que existía cuando yo era chico y sigue existiendo. Bueno, Calzados Grimoldi ha pasado por muchas manos, desde la familia hasta empresas que la han comprado y cada una de ellas le dio su giro particular sobre qué tipo de calzados, qué moda, cómo se adaptaba al mundo. Eso me parece bastante parecido con lo que ocurre en el peronismo, por eso muchas veces uso la palabra franquicia. ¿Quién tiene la licencia del peronismo hoy? Creo que el kirchnerismo es la franquicia actual del peronismo. Pero el peronismo trasciende ampliamente al kirchnerismo. Entonces mi anhelo como ciudadano es que del peronismo salga una revisión de la franquicia actual y que aparezca una con la cual los no peronistas podamos vivir. Esto habla de que tengo una idea muy apasionada del kirchnerismo que no es exactamente lo que se espera de un historiador, pero…

–¿Y qué opina del albertismo?

–No existe Alberto… Al no existir Alberto, el albertismo, que es una cosa potencial y perfectamente posible, no termina de aparecer. Pero creo que hay un peronismo muy distinto del kirchnerismo al que muchísimas cosas del kirchnerismo no le gustan.

–¿Tiene algún tipo de expectativas con el futuro, el gobierno…?

–Con el gobierno, las peores expectativas, siempre. Con este cambio de gobierno, claro, las malas. Y las peores que podrían ocurrir, que todavía no han ocurrido.

–¿A qué se refiere?

–A que Cristina volviera de algún modo a sentarse en el sillón presidencial.

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