Luis Alberto Romero

artículo publicado

16 de julio de 2011

Propuestas sobre la realidad y la esperanza. Sobre R. Terragno: Urgente. Llamado al país.

“Las contradicciones se vencen a fuerza de contradecirlas”. La célebre frase de Sarmiento sintetiza lo más valioso de este ensayo propositivo de Rodolfo Terragno. Es difícil no simpatizar con él. Terragno propone encarar los círculos viciosos y las aporías de la crisis argentina, en su manifestación actual, con una fórmula de efecto inmediato, que apela tanto al conocimiento técnico como a la voluntad política y al acuerdo sobre las cuestiones básicas y sus soluciones. Así pensaban a fines del siglo XIX los dirigentes políticos, en una Argentina con intereses poco organizados y con un amplio margen para la ingeniería social. Terragno nos dice que eso es posible hoy, en una situación muy distinta.

Su alentador optimismo minimiza algunas singularidades de su texto. Su estilo asertivo, aún ante cuestiones complejas y controvertidas. Su escritura, con la forma del “resumen ejecutivo”, quizá destinado a gente con poco tiempo, o poco hábito de lectura. Sobre todo, su uso un poco libre de la historia, traída y llevada para robustecer sus tesis. Pero esto no es un libro de historia, ni la historia es esencial para lo que quiere decirnos. Podemos concentrarnos en sus propuestas, sus aportes y sus límites.

En la primera parte presenta el Acuerdo de Gobernabilidad y Políticas Públicas de 2010, que él impulsó. Se refiere a las condiciones básicas para el gobierno de la república: asegurar la gobernabilidad y el diálogo, robustecer el estado de derecho, la seguridad jurídica y la transparencia en la gestión. Principios y valores inscriptos en la Constitución, pero ajenos a nuestra práctica política cotidiana. A diferencia de los grandes pactos fundadores, como el de San Nicolás, esta propuesta no expresa hoy un propósito común. El discurso del oficialismo, que no lo firmó, califica todo esto de “formal”; son “palos en la rueda” de un gobierno que quiere realizar el interés del pueblo. Hay que admitirlo: este pacto republicano básico involucra solo a la oposición, y ni siquiera a toda ella.

La segunda parte del libro es propositiva: un conjunto de medidas precisas, urgentes, que vayan más allá de la “calidad institucional” y fundamenten un nuevo pacto. En pocos años se puede cambiar sustantivamente a la Argentina, si se sabe qué y cómo hacerlo. Terragno las define como un “progresismo integral”, diferente del “progresismo frívolo”, cegado por la “hojarasca ideológica”. Se trata de encontrar las cuestiones estratégicas y tomar decisiones, fundadas en el saber técnico de los ingenieros, ejecutadas por los políticos y respaldadas en un acuerdo ciudadano.

Terragno elige tres cuestiones claves: las inversiones, la educación y la inclusión. Para consolidar la actual prosperidad, la Argentina necesita inversiones externas, orientadas hacia los bienes exportables. ¿Cómo conseguir que elijan un país con mano de obra cara y un mercado interno estrecho? Terragno propone una política similar a la iniciada en 1958: elegir los inversores adecuados y ofrecerles, además de seguridad jurídica, incentivos atractivos suministrados por el Estado, como desgravaciones o energía adecuada y barata.

Su reflexión sobre la educación se limita a la Universidad pública, que hoy mantiene la gratuidad y la apertura social, pero a costa de un descenso notable de su calidad. La universidad del ingreso irrestricto, que entrega títulos devaluados, es falsamente democrática. La crítica es justa, pero no agrega muchas propuestas, salvo la posibilidad de que en la enseñanza a distancia y la web permitan compatibilizar número y calidad. El nudo de los problemas educativos -la enseñanza básica y media- no ha sido discutido.

Terragno acierta plenamenta al señalar que el problema más urgente y dramático es el de la exclusión de un 40% de los argentinos. Su propuesta es original y digna de reflexión: una red de Escuelas de Inclusión, en las zonas marginales. Unas súper agencias estatales que, en combinación con los hospitales públicos, se ocupe conjuntamente de la educación, la salud y la distribución de alimentos, vestido y calzado. Para financiarlas, entre otros recursos, propone destinar los actuales subsidios a las escuelas privadas, y también los subsidios monetarios que hoy se distribuyen a través de diversos planes sociales.

El problema es el Estado

Las medidas que propone Terragno son muchas, interesantes y bien intencionadas. Pero eluden discutir el problemas de fondo de la Argentina actual: cualquier gobierno deberá lidiar con un Estado destartalado, y ampliamente colonizado por intereses que lo depredan sistemáticamente. Sus manos estarán atadas, excepto para sumarse a la depredación.

Desde hace casi cuarenta años el Estado viene siendo sistemáticamente desmontado y destruido por casi todos los gobiernos. Se lo hizo en nombre de las ideologías más variadas, neoliberales o estatistas, pero los efectos prácticos fueron similares: diezmar las burocracias calificadas, destruir su normatividad y ética, desmontar las agencias, eliminar los mecanismos de control. La herramienta estatal fue tornándose inoperante, y también incapaz de limitar a los gobiernos, que se habituaron a manejarla a los golpes. Paralelamente, el Estado fue colonizado por los intereses a los que debía controlar, que en colusión con los gobernantes se dedicaron a depredarlo.

Es una historia vieja, pero muy actual.

La carencia de una burocracia eficiente y honesta hace que cualquier iniciativa bien intencionada pueda tener efectos inesperados. Conceder estímulos a los inversores estratégicos está bien, siempre que no devenga en prebenda y corrupción. Es más fácil detectar por donde se escapan los fondos del Estado que encontrar quien quiera y pueda contenerlos. Las Escuelas de Inclusión, dignas de un sueño soviético, son atractivas, pero requieren no solo de buenos hospitales sino de unos gerentes bastante más capacitados que nuestros directores de escuela.

Aún más compleja es la cuestión de su financiamiento. Terragno propone transferir a las Escuelas de Inclusión los subsidios actualmente destinados a la enseñanza privada. ¿Será fácil sacarle a la Iglesia los subsidios estatales a sus escuelas? Imagino a los gobernantes asediados por los obispos, y hasta a la Virgen de Luján en la calle. Derivar los actuales planes sociales a las escuelas parece aún más fantasioso, teniendo en cuenta la red de intereses montada en torno de esos subsidios. Ahora imagino a los “barones” y sus huestes. ¿Cómo harán esas Escuelas para asentarse en el mundo de los conurbanos, donde se ha tramado una espesa red de organizaciones sociales y políticas? ¿Esperarán que las respalde la Policía Bonaerense?

Terragno seguramente no ignora estos problemas, que no son técnicos sino políticos. No solo es el qué y el cómo sino el quién. Puede apelarse a los hombres de buena voluntad o a la ciudadanía, pero no se encontrarán tantos, pues medio país está acostumbrado a vivir o sobrevivir en un sistema diferente, con corporaciones fuertes, Estado borroso, leyes solo relativas, colusión y corrupción. Sin duda, hay que cambiarlo, y Terragno ayuda inyectando fe y voluntad, como Sarmiento. Pero no discutir las situaciones reales puede tener, me temo, un efecto contraproducente.

Publicado en Revista Ñ - Clarín

Etiquetas: Inclusión, Pobreza

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