Luis Alberto Romero

artículo publicado

5 de junio de 2005

Proyecto nacional y democracia

La Argentina se acerca a su bicentenario con la ilusión de un nuevo principio. El tema ya empieza a despuntar en el discurso público. Superado lo peor de la crisis, se nos dice que es necesario aprovechar la coyuntura  para diseñar, pro fin, un proyecto nacional. Con él la democracia  -un logro necesario pero insuficiente- llegará a ser “real” y no meramente “formal”.

Se perciben aquí fragmentos de lenguajes políticos conocidos y con prontuario. En primer lugar, se advierten los ecos del primer Centenario de la patria. En los años en torno de 1910 la mayoría de las voces formaba un coro de alabanzas  para la prosperidad y grandeza argentinas. Pero no fueron pocos los que, haciendo un contra canto,  formularon diagnósticos preocupados o fuertemente críticos.  No era una crítica a los logros materiales, por entonces abrumadores, sino al materialismo que de ellos surgía, formulada en nombre de algún tipo de espiritualismo. Sus voces han interesado a los historiadores porque en esos años se formó una manera de ver los problemas y se elaboró la mayoría de los temas y consignas que dominaron en las décadas posteriores.

Los emergentes para la crítica eran variados: desde la agudización de la cuestión social o el problema anarquista al enervamiento y corrupción de la dirigencia política o la falta de presencia internacional de la Argentina. Pero todos confluían en un tópico unificador: la debilidad de la nación. Entendida como una entidad espiritual, como un conjunto de rasgos y atributos esenciales y eternos,  la nación sin embargo requería, para su realización, de políticas estatales activas y consecuentes. Y la Argentina había carecido de ellas. Naturalmente, la inmigración y su consecuencia –una sociedad que semejaba a una Torre de Babel- estaba en el centro de las críticas. Pero en realidad, todo se había hecho mal, desde los ferrocarriles a la educación. Gobernada por una elite cosmopolita y enajenada -se decía-, la Argentina había crecido sin raigambre ni contextura, sin convicción sobre sus orígenes y su destino. Un  proyecto nacional, que articulara lo que se era y lo que se debía ser, desterraría los conflictos y las desavenencias, y construiría la unidad, considerada la condición de la grandeza.

Por entonces, la Argentina emprendía el camino de la democratización. Con la ley Sáenz Peña de 1912 vino la purificación del sufragio, la ampliación de la ciudadanía real, el entusiasmo por la participación, y con ellos, nuevas reglas y nuevos instrumentos para la operación política. La Unión Cívica Radical se adaptó, mejor que nadie, a los nuevos requerimientos y organizó un partido que era nacional y programático, iniciando un camino en la experiencia política que con altibajos –algunos muy fuertes-   se prolongó hasta 1955.

Esta historia de la democratización tiene sus propios precedentes y otros prospectos. Pero de un modo u otro terminó moldeada por la matriz nacionalista que terminaría por ser dominante en las distintas expresiones de nuestra cultura. La primera experiencia democrática fue alumbrada  por la ilusión de un proyecto nacional capaz de articular la unidad de la nación o del pueblo en contra de sus enemigos. Encarnar la unidad y los intereses del pueblo fue la misión que se asignaron el radicalismo primero y el peronismo después, dispuestos a conducirlos hacia su realización histórica. Las propuestas de radicales y peronistas fueron diferentes, y en un cierto sentido complementarias, pero lo que los llevó a enfrentarse con fiereza no fue tanto su contenido como la imposibilidad de que la nación esencial se dividiese, encarnándose por partes en uno y en otro a la vez. Ambas propuestas fueron más plebiscitarias que republicanas, más unanimistas que pluralistas, más “reales” que “formales”,  no tanto por la realidad de sus concreciones cuanto por su poco aprecio por las formas. Ambos protagonizaron una experiencia auténticamente democrática en un  sentido, pero fuertemente facciosa, y bastante lejana de las formas plurales y republicanas que desde 1983 constituyen nuestro ideal convenido de democracia. Ambos fueron iluminados por el sol del proyecto nacional.

Ese sol de la unanimidad y la integración en un proyecto compartido alumbró otras experiencias no democráticas, o al menos escasamente preocupadas por la cuestión. En primer lugar, todas la que encontraron su realizador en los militares: desde el golpe de 1943 hasta el de 1976 hubo quienes soñaron que la espada forjaría finalmente la unidad y la grandeza nacional. Aunque sin ese elemento de violencia, también Frondizi se ilusionó con un proyecto nacional que acabara mágicamente con las disidencias y reabsorbiera los profundos tajos que dividían la comunidad política. Onganía compartió esa ilusión, a su manera. No estuvieron muy lejos de ella los técnicos que integraron los gabinetes y que, más allá de sus diferencias, estaban convencidos de poseer un saber profundo acerca del futuro de la nación, que estaba más allá de discusiones y cuestionamientos. Transformado en herramienta de lucha contra la dependencia y de construcción de una sociedad liberada, el proyecto nacional reapareció en los movimientos revolucionarios, que retomaron a su modo la idea de que la verdad debía ser impuesta velis nolis. Como ocurrió desde que esta idea existe, la nación fue para cada uno una cosa diferente, y cada uno postuló la esencialidad de uno u otro rasgo. Pero todos coincidieron en la necesidad de homogeneizar el impulso societario, bajo una dirección sabia, para construir una sociedad unánime y homogénea.

La crítica a ese nacionalismo esencialista y esencialmente autoritario es uno de los logros mas preciados de la Argentina posterior a 1983. La mayoría de nosotros ha aprendido que es imposible suprimir el disenso y el conflicto, que es necesario aprender a convivir con él. Que adecuadamente administrado, tiene enormes potencialidades creadoras, pero sobre todo, que permitir su expresión es la única forma de no caer el la autodestrucción. Paralelamente, aquí y en el mundo,  historiadores y antropólogos explicaron la “invención de tradiciones”: el mecanismo de construcción histórica de esas identidades nacionales y todo el artificio social y cultural que hay detrás de cada uno de esos rasgos postulados como esenciales. Por ambas vías, los críticos de la ilusión nacional y de las pasiones nacionalistas han ganado posiciones.

Como en 1910, hoy estamos sumidos en hondos interrogantes, que a la distancia nos parecen mucho más serios que aquellos. La crisis de 2002 ha desnudado todo lo que la ilusión democrática nos impidió ver en 1983: un proceso de decadencia que ya estaba instalado, y que en veinte años no se supo revertir. El marco general lo da la tremenda polarización de la sociedad, en el contexto de una economía poco viable. Pero el punto neurálgico –o al menos el lugar desde donde ese cuadro podría revertirse- se encuentra en el estado, destruido en su articulación íntima, colonizado por corporaciones y saqueado por clientelas voraces. El gran interrogante  es si es posible comenzar a reconstruirlo, y luego, si es posible conducirlo eficazmente de manera democrática, republicana y plural.

No es fácil tomar decisiones importantes en un contexto democrático y plural, de discusión, de confrontación de intereses y proyectos, de necesaria articulación entre urgentes demandas inmediatas y difíciles reformas de fondo. No es fácil hacerlo dentro de  un complejo marco institucional republicano, concebido en otros tiempos,  para una ciudadanía convencida tanto de sus deberes como de sus derechos, que hoy escasea. Cualquuier solución tiene sus costos. Hay un nudo gordiano, y un atajo, tan fácil como peligroso: el proyecto nacional. Se nos dice, a derecha e izquierda, que la democracia no alcanza sin un proyecto nacional que le de sentido. Con un proyecto nacional volveremos al Eden: las discusiones se convertirán en acuerdos, los adversarios se abrazarán fraternalmente y las decisiones “reales” serán tan justas y eficaces que lo “formal” no importará.

Es posible que muchos de quienes enarbolan hoy la muletilla del proyecto nacional piensen –simple y justamente- en aquellos problemas obviamente prioritarios: reconstruir el estado, y hacerlo preservando las instituciones, el debate y la transacción transparente. Probablemente hay en ellos algo de pereza mental cuando denominan proyecto nacional a esa doble reconstrucción del estado y las instituciones. Muchos coincidiríamos con ellos si se utilizara otra denominación. Pero las palabras no son inocentes. La fórmula tienen sus resonancias, sus armónicos, sus equívocos, y lo cierto es que convoca a muchos otros para quienes la dimensión democrática, plural y republicana no es prioritaria, ni siquiera deseable.

Porque tras esa apelación se advierte el retorno del esencialismo nacional, del unanimismo autoritario, de las prácticas plebiscitarias. Lo más grave es que tal apelación aparece asociada con la práctica y los dichos presidenciales y con los discursos de su entorno. En la Argentina, el estilo del presidente suele  conformar buena parte del ánimo político ciudadano. Y hoy ese  estilo, tan acorde con el aún no explicitado pero muy anunciado proyecto nacional, se traduce en  posturas, afirmaciones y consignas poco adecuadas para la democracia republicana. Se reclama la unanimidad y se ubica la diferencia en el campo de los enemigos de la nación; se hace poco por reconstruir la institucionalidad republicana, deteriorada en la década anterior, y se apela a un estilo de legitimación plebiscitaria que corroe los criterios establecidos para la representación. En suma, todo lo que recuerda nuestra vieja cultura política. Malos pronósticos para la democracia construida en 1983.

Publicado en La Gaceta (Tucumán)

Etiquetas: Bicentenario, Centenario, Democracia formal y real, Militares, Proyecto nacional

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