Luis Alberto Romero

artículo publicado

20 de diciembre de 2016

¿Que nota le ponemos a Macri?

Ha pasado un año, y para Mauricio Macri llegó el momento del primer examen. En la mesa examinadora están quienes opinan públicamente y, por otro lado, “la gente”, un sujeto indefinido e inescrutable que supuestamente habla a través de las encuestas. Los encuestadores creen tener un dato duro sobre sus opiniones. Las preguntas pueden ser más o menos afinadas y sutiles, pero finalmente las respuestas se agrupan de un modo bastante repetido: hay algo así como un 20% de positivos, un 20% de negativos y un 60% en el medio.

¿Cómo interpretar los datos y sintetizar “la opinión de la gente”? En cualquier estadística hay un problema obvio: con cuál de los extremos juntar la gruesa porción intermedia. Con el mismo rigor puede decirse que el 80% está más o menos satisfecho, o bien más o menos insatisfecho. Aquí comienza lo importante: la confrontación de ambas interpretaciones, y la capacidad de vestirlas con un argumento que englobe y supere al otro. Una encuesta no es una respuesta sino el comienzo de un combate por darle sentido a cifras grises y opacas.

Los balances de personas calificadas, abundantes en estos días, suelen tener el mismo problema que las encuestas. En ambos casos lo decisivo es el punto de vista, el famoso “en relación con qué” decimos que un desempeño es bueno o malo. Por eso comienzo explicitando el mío, alguien que votó por Macri, con la esperanza de que las cosas fueran muy bien y a la vez la convicción de que todo iba a ser muy difícil y que, en el mejor de los casos, los resultados serían magros.

Mi bajo nivel de expectativas se funda en una interpretación del pasado. El ciclo kirchnerista fue desastroso pero, a la vez, empalmó con un proceso decadente de cuatro décadas que suelo llamar “la larga crisis”. Su resultado es un conjunto de problemas insolubles en términos lógicos. En cada caso, las cosas están imbricadas de tal modo que cualquier modificación de uno de sus aspectos agudiza la tensión del conjunto hasta hacerla insoportable.

El Gobierno debe enfrentarlos con una herramienta -el Estado- que ya arrastraba un deterioro de décadas y que en los últimos doce años ha sido sistemáticamente demolido por una pésima gestión sumada a una gran corrupción. Por otra parte, el Gobierno tiene solo una porción reducida del poder, por lo que debe negociarlo todo con el Congreso y con los gobernadores, así como con distintos grupos de interés. Su trabajo inmediato consiste en que una gruesa factura pendiente sea pagada. Cada una de estas aguerridas corporaciones -desde los industriales a las organizaciones piqueteras- está decidida a no ser la que cargue con ella.

Para sobrevivir a este fuego cruzado y avanzar en lo que pueda, el Gobierno ha elegido un “camino intermedio”. No hay una teoría previa -es obvio que no se gana una elección con esa consigna- sino que es el resultado de una práctica, con ensayo y error. Ante cada opción, el Gobierno ha descubierto que no puede apostar por uno de los caminos y que está obligado a buscar una senda que reduzca transitoriamente la distancia entre las distintas alternativas, basculando a un lado y a otro. Suele llamárselo “hacer política”; “peludear en el barro”, me parece una imagen mejor.

Veamos algunos casos. Uno muy actual se relaciona con el déficit fiscal y su financiamiento. Ya se trate de achicar el gasto estatal o de modificar la carga impositiva, alguien resultará afectado, lo que explica los piquetes, los reclamos sindicales y las leyes que vota un Congreso opositor. El Gobierno, cuya debilidad queda al desnudo, tampoco tiene claro cómo reducir el déficit sin achicar el empleo público -no podría vencer la resistencia sindical- o aumentar la carga impositiva, tan pesada ya que imposibilita cualquier crecimiento. Allí está hoy, empantanado y negociando.

Algo parecido le ocurrió con la reforma política, una iniciativa que en sus fases iniciales generó un consenso generalizado. El Gobierno eligió ir por la vía media, comenzando por lo que creyó más sencillo, la boleta electrónica, pero a la hora de la verdad, los directamente afectados, que hablan a través de los senadores, simplemente la cajonearon, a la espera de una negociación.

Las opiniones extremas hablan de un gobierno “de los ricos”, o de una nueva versión del “populismo”. Aunque la mayoría prefiere la vía intermedia, son pocos los que lo dicen públicamente y, como en el conocido cuento del conde Lucanor, el Gobierno es criticado cuando hace algo o lo contrario; hasta es posible encontrar juntas las dos ideas, que el opinante atribuye a “la gente”. Respecto de las dificultades, abundan los que dan lecciones de gobierno, explicando, en el café y con el diario del lunes, cómo Macri debió haber hecho las cosas.

En suma, en la gran franja intermedia se cree que el Gobierno no quiere hacer o no sabe hacerlo. Son pocos los que piensan en lo que puede o no puede hacer.

¿Pudo el Gobierno haber hecho mejor cada una de las cosas? No lo sabemos; la sapiencia ex post no alcanza para reconstruir las circunstancias y los imprevistos que rodean una decisión. ¿Puede el Gobierno mejorar cada cosa que haga desde ahora? Sin duda, y en ese sentido las críticas lo ayudarán. ¿Puede esperarse que haga todas las cosas mejor, a la vez? Categóricamente, no; por un buen tiempo deberá negociar, retroceder, conformarse con menos.

Una “lista de lavandería”, limitada a enumerar aciertos y errores, no ayuda mucho a una buena evaluación. La pregunta que realmente importa, desde mi perspectiva simpática y posibilista, es si el Gobierno, que va en zig-zag, mantiene el rumbo y, sobre todo, si tiene claro cuál es el rumbo que quiere mantener.

Lo fundamental, sin embargo, es más simple: el Gobierno sobrevive y da batalla; gana y pierde pero sigue en pie. Esto no es obvio ni puede darse por descontado en un país en el que los recuerdos de fracasos anteriores siguen frescos. Y en eso vamos bien.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Camino intermedio, Macri, Opiniones, Primer año de gobierno, Querer saber poder

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