Luis Alberto Romero

artículo publicado

3 de junio de 2001

Refundaciones

Recuperar nuestra identidad… El reclamo es corriente hoy. Muchos de los pilares sobre los que se construyó están en crisis o han desaparecido: la escuela pública, el servicio militar, YPF, la industria nacional o, para algunos, la religión nacional católica. La preocupación no es nueva: ha sido obsesiva y recurrente en el siglo XX. Ricardo Rojas estaba convencido de que la Nación argentina marchaba hacia la desintegración; en claves diferentes pensaron cosas parecidas Martínez Estrada, Hernández Arregui, Aldo Ferrer.

Los argentinos venimos torturándonos por una identidad perdida, y en las últimas décadas creemos haber acumulado más motivos. De la mano de Martínez de Hoz y Cavallo entramos alegre e irresponsablemente en la economía globalizada; sacrificamos lo que teníamos sin preguntarnos por las alternativas. ¿Con qué íbamos a sustituir la producción nacional que hasta entonces estructuraba nuestra economía y nuestra sociedad? ¿Qué sabíamos hacer mejor que otros, además de formar y exportar científicos y futbolistas?

Es un problema grave, pero no creo que se relacione con una falta de identidad. Al contrario, siempre hemos cargado con un exceso de identidad: un nacionalismo traumático, culposo e intolerante. Lo predicaron el Ejército, la Iglesia, las grandes fuerzas políticas populares y finalmente los economistas, que encontraron la esencia de la nación en la industria, incluso la protegida, prebendaria e ineficiente. En sus distintas variantes, nuestro nacionalismo fue excluyente, mitómano y paranoico. Todo aquél que se atribuía la administración de los valores nacionales los usaba para dejar fuera a alguien: la antipatria, los cipayos, los subversivos apátridas. No es necesario aclarar dónde terminamos con esa manera de pensar.

Por otra parte, los argentinos creyeron hasta hace poco que tenían reservado un “destino de grandeza”, y si la realidad no confirmaba tan prometedores augurios, se debía a fuerzas ocultas que desde las sombras maquinaban para impedirlo: el imperialismo, el comunismo, Chile o Brasil.Hoy se piensa de manera similar pero invertida: los argentinos son los peores del mundo, sus sufrimientos son únicos e inéditos. Es otra manera de ser distinto.

Ni lo bueno ni lo malo vienen juntos y solos. Hoy la economía está en crisis, la sociedad amenaza con disgregarse por la desocupación y la miseria, pero por primera vez funcionan instituciones políticas democráticas y plurales. Es paradójico, pero así es. Ya no hay dueños de la verdad ni excluidos. El nacionalismo traumático redujo notablemente sus decibeles: no hay servicio militar obligatorio, sólo un obispo trasnochado reclama la homogeneidad católica, escuchamos las canciones patrias en versiones de Charly o Jairo y desarrollamos formas más conviviales de identidad, como el fútbol. Sobre todo, no estamos obsesionados por encontrar la unidad en un valor o una idea: sabemos que necesitamos una industria eficiente y útil, y un pensamiento riguroso y también útil, y no necesariamente portadores de una cierta esencia “nacional”. Confiamos en que la sociedad construya su identidad alrededor de un único sistema jurídico, y de un conjunto de valores y creencias diferentes, cambiantes y capaces de convivir.

Aquella pregunta obsesiva encierra una creencia mágica: la identidad nacional contiene la clave de todos los problemas, ya sea de la sociedad, la economía, el Estado o la cultura. Quien encuentre la clave, y movilice al “pueblo” detrás de una consigna, pasará a la historia como el héroe constructor, el mesías. Creo que eso es lo que pensó Galtieri cuando nos embarcó en la Guerra de Malvinas, el momento en que afloró lo peor de nuestro nacionalismo identitario. Temo que quienes se complacen en atribuir a una falta de identidad nuestros problemas terminen, sin quererlo, alentando otro mesianismo.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Identidad nacional

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