Luis Alberto Romero

artículo publicado

31 de mayo de 1999

Repensar nuestro pobre nacionalismo

Los Congresos chileno y argentino deberán ratificar el miércoles el tratado por los Hielos Continentales. El acuerdo, además de poner término formal al último problema limítrofe pendiente entre los dos países, supone el desafío de acabar con los prejuicios que signaron históricamente la relación entre ambos pueblos.

Hemos concluido los diferendos fronterizos con Chile como se debe: de forma pacífica, razonable, civilizada. ¿Es el fin de nuestro prejuicio antichileno? Hace apenas veinte años estaba vivo. Los militares que se aprestaban a iniciar la guerra con Chile probablemente habrían podido activarlo con facilidad: frotar la lámpara maravillosa y hacer surgir en nuestra sociedad el genio malo, el enano nacionalista que prestara apoyo popular a la aventura. Al fin, cuatro años después lo consiguieron. ¿Nos libramos del enano?No se trata aquí de las tensiones, inevitables pero acotadas, que genera en las provincias del sur la presencia de nutridos contingentes de chilenos. El problema son los chilenos que hemos fabricado en nuestro imaginario, allí donde definimos quiénes somos nosotros, quiénes son los otros y cómo convivimos con ellos.En el siglo pasado, los fundadores de nuestro Estado quisieron construir una identidad nacional plural y convival, abierta a todos los hombres de buena voluntad. Pero a lo largo del siglo XX fue desarrollándose otro nacionalismo, integrista y excluyente, preocupado por definir una identidad común e inmutable, la verdadera esencia argentina.No éramos los únicos: en la época del imperialismo, las revoluciones y las guerras mundiales, todos los estados agitaban sus banderas. Pero en esta búsqueda de una identidad nacional homogénea en nuestro país hubo elementos más específicos. Nuestros dos grandes movimientos políticos, el yrigoyenismo y el peronismo, se identificaron con la Nación. El Ejército se consideró el guardián último de la Nación, a la que dotó de atributos militares. Finalmente, en los años 30 la Iglesia nos definió como una nación católica.Cada definición dejaba fuera a alguien, y nuestro nacionalismo, integrista, excluyente e intolerante, pudo ser sustento permanente de regímenes autoritarios. Destino de grandezaPero, además, se nos convenció de que nuestro país tenía asignado un destino de grandeza; si éste no se concretaba era por la acción de oscuros enemigos externos, empeñados en dominarnos. Los argentinos nos hicimos algo mitómanos y algo paranoicos; los ingleses, los brasileños, la sinarquía, la antipatria, o los chilenos: siempre alguien conspiraba contra nosotros. El Estado y la escuela reprodujeron y multiplicaron este argumento, como hemos podido comprobar analizando nuestros libros de texto. A lo largo de varias décadas esa idea de nacionalidad se ha instalado en el sentido común, en aquella parte automática y no reflexiva de nuestra cultura.Nuestra identidad arraiga firmemente en lo territorial, quizá porque la lengua no nos distinguía de nuestros vecinos, y porque nadie podía creer seriamente en una raza argentina.Las cuestiones fronterizas pendientes, los territorios en litigio, fueron el alimento natural pero no la causa de nuestra paranoia: cuanto más se reducía el conflicto real, más importancia simbólica le asignamos. Por eso, el fin de los conflictos no asegura que el genio maligno, el enano nacionalista, haya desaparecido. Necesitamos hacer una profunda introspección, examinar críticamente nuestro sentido común y preguntarnos de qué manera proyectar a la convivencia internacional nuestra aspiración a vivir en una sociedad democrática y plural. Hoy admitimos que en nuestra sociedad hay intereses diferentes, razonables y legítimos, que deben encontrar un punto de acuerdo para convivir. ¿Podremos llegar a pensar en esos términos el problema de las Malvinas y los kelpers?

Publicado en Clarín

Etiquetas: Acuerdo con Chile, Pluralismo, Unanimidad

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