Luis Alberto Romero

artículo publicado

21 de abril de 2019

Reseña: La marcha de la locura, de Bárbara W. Tuchman

Publicado originalmente en 1981, La marcha de la locura. La sinrazón desde Troya hasta Vietnam fue el último libro de Barbara Tuchman (1912-1989), neoyorquina, nieta de un banquero y dirigente de la comunidad judía de Nueva York, y de Henry Morgenthau, banquero y embajador ante el Imperio Otomano durante la Primera Guerra Mundial.

Corresponsal en la guerra civil española, Tuchman fue periodista, experta en cuestiones militares, figura prominente de la vida cultural estadounidense y, sobre todo, una gran escritora de “historia popular”. Sus libros son maravillosos, hechos con arte, ingenio, pasión, oficio periodístico -reconocido con dos premios Pulitzer- y no escasa rigurosidad. Los mejores son Un espejo lejano, sobre el siglo XIV, y La torre del orgullo, un panorama de los años previos a la Gran Guerra.

Además de erudición y fina sensibilidad para reconstruir ambientes de época, contienen siempre alguna tesis fuerte, relativa a los actores, sus decisiones, sus aciertos y desaciertos. En La marcha de la locura, su tema es el sempiterno mal gobierno, la eterna ceguera de gobernantes, admirablemente ilustrada en la tapa de esta nueva edición con “La parábola de los ciegos”, el cuadro de Peter Brueghel.

¿Cuál es el parámetro de Tuchman? La sensatez. Los juicios y decisiones de un gobernante deberían basarse en la experiencia, el sentido común y la información disponible. Pero su breve listado de gobernantes sensatos -como Solón, Alfredo el Grande, Washington- contrasta con la inacabable lista de los casos de insensatez, uno de los cuatro pecados capitales del poder, junto con la tiranía, la ambición y la incompetencia.

Esta consiste en tomar decisiones contrarias al propio interés o al de sus gobernados -según los términos de su época- y descartar otras opciones posibles. Para juzgarlas, solo hay que entender con precisión los términos epocales de las decisiones y las opciones factibles, una tarea que desalentaría a cualquier historiador, pero que no arredra a Tuchman.

¿Por qué lo hacen, si siempre fue fácil entender el camino correcto? A veces es obstinada tozudez, ignorancia ante lo evidente, ante lo que tienen frente a sus narices. Otras, se trata de alguna variante de la locura, entre las que la autora asigna un lugar especial a la “manía religiosa”, que incluye la intolerancia y la “enfermedad de la misión divina”.

Tuchman desarrolla cuatro casos de esta locura. El primero, muy breve, es la mítica historia del caballo obsequiado a Troya por los griegos. Luego vienen los papas del Renacimiento -el más conocido es Alejandro Borgia- cuyos distintos vicios, detalladamente contados, les impidieron percibir la importancia del movimiento de protesta que culminaría con la Reforma religiosa. Para un historiador, la versión que da Tuchman de estos papas es un poco anticuada. Sus vicios están lejos de ser la causa principal de la división de la cristiandad.

El tercer caso, más sólidamente desarrollado, se refiere a los dirigentes británicos del siglo XVIII y su respuesta a los reclamos de los colonos norteamericanos, que culminaron con su independencia. Por defender un malentendido prestigio imperial, aquellos gobernantes terminaron quedándose sin sus ricas colonias. Finalmente, estudia la intervención de Estados Unidos en los conflictos de Vietnam, desde 1945 hasta la derrota y el retiro en 1973.

Esta sección, muy extensa, erudita y sólidamente argumentada, es el meollo del libro. Tuchman busca las raíces históricas de lo que, como ciudadana comprometida y periodista aguda, identifica como un espectacular fracaso y una exposición desnuda de todas las limitaciones ideológicas y prácticas del sistema político estadounidense. Muchos lectores, entusiasmados con esta explicación, la usaron para interpretar recientemente el fenómeno Trump o el de los gobernantes argentinos recientes.

Tuchman no se preocupa tanto por comprender como por juzgar. Para sostener su tesis simplifica los temas y con adjetivación hiperbólica desecha el matiz. Quien legítimamente disfrute con su lectura debería también ser precavido ante estas explicaciones, que con un único argumento resuelven todas las preguntas de la historia.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Barbara Tuchman, Estados Unidos y Vietnam, Gobernantes insensatos, Historia, Historia de la locura y el poder

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