Luis Alberto Romero

artículo publicado

31 de julio de 2005

Rosas entre el amor y el odio

Celebrado y rechazado, pocos personajes de la historia argentina han despertado tanta polémica como el Restaurador. Luis Alberto Romero y Miguel Angel De Marco dialogan sobre el caudillo que gobernó Buenos Aires durante veinte años y murió en Inglaterra.

Por Jorge Palomar

-Entre las tantas cosas que despierta la figura de Rosas, la curiosidad ocupa un lugar de privilegio. Su verdadero nombre, por ejemplo.

Miguel Angel De Marco: -Es una circunstancia de la que se han ocupado algunos historiadores; una anécdota de índole familiar que nos sirve, a lo sumo, para perfilar un carácter bastante fuerte, voluntarioso, que impone su criterio. En este caso del nombre, se trata de un joven que, rechazando una sanción materna, opta por irse de la casa de sus padres con lo puesto, o con menos de lo puesto, y abandonar, además de su casa, su apellido: cambia de Juan Manuel Ortiz de Rozas a Juan Manuel de Rosas. Otra de las cosas que también provocan polémica es, al decir de algunos historiadores antirrositas, la poca participación que tuvo en el proceso de la Independencia; mientras la mayor parte de sus coetáneos participaba en la lucha por la independencia, Rosas se mantuvo completamente ajeno. Los revisionistas dicen que, como era un hombre de orden, estuvo en contra de esa ruptura que para él era antinatural y por eso no participó. Son muchos los puntos en discusión.

Luis Alberto Romero: -Es interesante observar cómo fue construyéndose el personaje Rosas, y cómo llegó a ocupar un lugar central en las discusiones historiográficas y, sobre todo, políticas. En el origen, hay una controversia entre la imagen que el propio Rosas construyó de si mismo, y la construida por los antirrosistas contemporáneos, como Sarmiento o Mármol. »

MADM: -Recordemos que José Mármol había vaticinado: “Ni el polvo de tus huesos la América tendrá”.

LAR: -Resulta interesante, sobre todo, cómo se reformuló su imagen a lo largo del siglo XX, de acuerdo con los cambiantes climas ideológicos. En primer lugar, influyeron las pasiones nacionalistas de pwwrincipios de siglo: desde el 1900, un nuevo nacionalismo busca una esencia nacional indudable, y critica el cosmopolitismo de la nueva sociedad argentina. Allí Rosas, expresión auténtica de lo nuestro, empieza a ser contrapuesto a unas elites cosmopolitas y extraviadas. Simultáneamente influyeron las pasiones democráticas: la democracia de masas tomó desde 1916 un rumbo plebiscitario, en tensión con la institucionalidad republicana; Rosas fue presentado entonces como el antecedente de Yrigoyen primero y de Perón después. Finalmente, operó la pasión religiosa: se afirmó que la Argentina era una nación de raigambre católica, y Rosas, defensor de la fe, fue contrapuesto a los dirigentes que le sucedieron, que pecaban de liberales, masones o simplemente agnósticos. La crisis de 1930 agrega otro componente, con la crítica a la relación con Inglaterra y el tema del imperialismo. Allí Rosas apareció como el campeón de los intereses nacionales contra el imperialismo británico. Son distintas versiones, que gradualmente se van acomodando y terminaron de amoldarse en la década de 1930.

MADM: -Rosas fue un defensor acérrimo de la primacía de Buenos Aires y nunca dudó de su papel directriz en la vida argentina. Defendió los intereses económicos de la provincia y protegió los propios de productor ganadero. En el haber del período se destaca la vigorosa defensa de la soberanía argentina ante la agresión anglo-francesa. Un pequeño país ubicado en el extremo del planeta, no sólo dio batalla a las principales potencias de la tierra, sino que obtuvo el reconocimiento de su soberanía y las honras a su pabellón. Sin embargo, Rosas mantuvo siempre muy buenas relaciones personales con Gran Bretaña, al punto de no haber vacilado, tras su derrota en la batalla de Caseros, en refugiarse en la legación inglesa y exiliarse luego, por largos años, hasta su muerte, en aquel país.

LAR: -Y hay un segundo proceso, cuando un grupo de historiadores lo tomó como emblema para discutir a los historiadores “oficiales”, instalados en la Academia Nacional de la Historia, y “revisar” la historia argentina. Se trata de un ejemplo típico no solo ideológico sino, sobre todo, profesional. El revisionismo conjugó la crítica a los historiadores y la crítica a toda la elite dirigente argentina, a la que globalmente llama “liberal”. Construyeron un enemigo globalmente llamado “liberal”, siempre enfrentado con “el pueblo” o “la nación”. Y se propusieron a sí mismos como los voceros o los representantes de ese pueblo.

-¿Fue Rosas lo que el pueblo quiso que fuese, como lo definió Antonio Zinny?

LAR: -Esa es una manera romántica de ver el asunto.

-De algún modo, Ernesto Quesada coincide con Zinny al decir que Rosas hizo de las masas populares su baluarte. Pero el mismo Quesada diría también que la época de Rosas fue la más oscura y compleja de la historia argentina.

LAR: -Mire, todo lo que se dice es muchísimo y es casi imposible de clasificar. Rosas es una figura destacada y cada uno que opina está proyectando en él sus problemas y sus preocupaciones. Cada uno, a lo largo del tiempo, terminó proyectando sobre Rosas sus propios fantasmas.

-¿Ese es el karma de la historia argentina?

LAR: -No, para los historiadores no. Los historiadores ya han superado esa etapa de rosismo y antirrosismo y ahora lo toman como un protagonista más de nuestra historia. Esto tiene más que ver con visiones militantes o politizadas de la historia que tienen necesidad de proyectar, de algún modo, sus conflictos en Rosas.

MADM: -No es casual que Rosas suscite calurosas discusiones entre los argentinos, pues su peculiar modo de ver y gobernar la Argentina de su tiempo fue traído muchas veces a colación a lo largo de nuestra historia como modelo digno de ser imitado o para reprobar los regímenes autoritarios. En el caso de quien rigió el país durante largos años más allá de los límites que le imponían su puesto de gobernador de Buenos Aires y su designación como encargado de las relaciones exteriores, se evidencia esa actitud maniquea, tan común en los argentinos, que impide contemplar a los personajes del pasado desde la óptica de su propio tiempo, en vez de “usarlos” para confrontaciones del presente.

-¿Continúa abierto entre los historiadores el debate sobre Rosas?

MADM: -Mire, yo creo que a lo largo de la historiografía argentina han habido cuestiones que han interesado más que otras. No es que Rosas no interese, sino que el interés de los historiadores discurre hoy por otros caminos. Pero no cabe duda de que Rosas es uno de los personajes que mayor interés ha despertado entre historiadores del país y del extranjero, cualquiera haya sido el enfoque o la intencionalidad empleados. Hace más de treinta años, el destacado historiador Roberto Echepareborda dedicó un volumen que tituló Rosas. Controvertida historiografía, para evaluar primero las distintas corrientes y luego analizar cada etapa significativa de la trayectoria del personaje. En su libro, Echepareborda advertía lo pernicioso del encarnizado debate, y decía que la investigación resultaba parcial, la crítica imperfecta y el juicio apresurado. Y agregaba que en el enfrentamiento se prefería destruir o criticar lo producido por el contendiente y no investigar en los papeles lo que realmente ocurrió.

-Hablando de investigación parcial y apresurada, uno de los biógrafos de Rosas, el inglés John Lynch, dijo que los historiadores “trataron a Rosas en términos de rígidos contrastes, como la personificación del bien y del mal, y el verdadero registro de su gobierno quedó perdido en la mitología”.

MADM: -El historiador no es un juez implacable sino un intérprete de lo que fue. No puede partir de conclusiones a priori, ni basarse en los juicios positivos o adversos de los contemporáneos de los sucesos y personajes que estudia. Tampoco puede embanderarse en posturas que procuran acomodar o explicar lo pasado a las circunstancias actuales. Y esto se aplica, ciertamente, cuando se analiza la controvertida figura y el prolongado gobierno de Rosas.

LAR: -En las décadas del 60 y 70, en tiempos de la proscripción del peronismo y de la ola revolucionaria, surge una nueva imagen de Rosas cuando el revisionismo nacionalista se combina con versiones del marxismo. Como dirigente nacional y popular, Rosas habría sido un antecedente de Perón, y por eso destacan en Rosas sus actitudes antiimperialistas, o lo identifican con un capitalismo nacional opuesto al imperialismo. En suma, la figura de Rosas dio para todo. Como le decía antes, cada uno ha proyectado en él su propuesta política o su utopía. Hoy la utopía está en baja, y se escucha más la voz de los historiadores profesionales, más preocupados por entender el pasado que por legitimar un programa político. Se descubre, por ejemplo, que Rivadavia y Rosas coincidieron ampliamente entre 1820 y 1824, cuando Rivadavia fue ministro de un gobierno sostenido por Rosas. Rosas y sus adversarios tenían mucho más en común que de diferente. El Rosas de los historiadores se integra de manera menos conflictiva con su época, y es posible descubrir muchas semejanzas y continuidades con quienes fueron sus encarnizados enemigos políticos. Sobre todo, es un Rosas que puede ser comprendido, y ante quien los adjetivos “bueno” o “malo” aportan poco.

-¿En qué difieren ustedes sobre Rosas?

LAR: -Vea, yo no tengo una opinión categórica sobre Rosas, y estoy dispuesto a escuchar todas las opiniones y aprender. Rosas no me inspira ni amor ni odio, sólo curiosidad.

MADM: -Lo que pasa es que uno no puede involucrarse con los hechos del pasado. No está en condiciones de hacerlo. Puede tener una mayor o menor simpatía hacia determinada actitud de los personajes del pasado. Evidentemente, en términos generales, como ciudadano, soy adverso a los regímenes totalitarios. Pero también digo que ese sentimiento no sería tan fuerte como para cambiar, distorsionar u ocultar una cosa distinta si tuviese una prueba en contrario.

LAR: -Es que cuando las cosas están tan cargadas de interpretaciones, dan ganas de saber qué hay detrás de ellas. Como con Evita, por ejemplo.

-¿Es una asignatura pendiente Rosas para la historia argentina?

MADM: -No me parece. Yo creería que se ha trabajado tanto sobre Rosas. Estaba pensando en el volumen extraordinario de documentos que hay sobre su vida y, sinceramente, creo que es poco lo que puede llegar a investigarse en profundidad acerca de él. No digo que está todo dicho, eso nunca lo podría decir un historiador, pero me parece que está suficientemente conocida. Tal vez habría que tratar de llegar a una nueva síntesis o explicación.

-¿Qué parte de su historia habría que revisar?

LAR: -Es que la historia es una permanente revisión. Esa es la virtud del oficio. Fíjese que lo que está apareciendo ahora como tema es el de las mujeres de Rosas.

-¿Cómo lo imagina a Rosas, hoy?

MADM: -Es muy difícil imaginárselo. Se encontraría perplejo, tal vez. Rosas y su sistema rigieron en una Argentina absolutamente distinta a la actual. Y toda comparación resultaría tan errónea como aventurada.

-Si fuese posible, ¿qué le preguntarían?

LAR: -Yo le preguntaría qué opinión tiene de la imagen que tenemos de él.

MADM: -Lo que pasa es que a Rosas le importaba muy poco lo que se opinaba de él. Era un personaje muy singular, que vivió en una época muy singular.

Publicado en La Nación Revista

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