Luis Alberto Romero

artículo publicado

16 de agosto de 2013

San Martín, un prócer hispanoamericano

Revisar la historia conocida constituye la esencia del trabajo de los historiadores profesionales. Todos somos revisionistas. No se trata de una única y gran revisión, que condene una visión del pasado y consagre otra. Es la tarea cotidiana, menos heroica pero más útil, de reconsiderar las verdades aceptadas y reexaminarlas desde una nueva perspectiva. Pequeños cambios en el conocimiento. Progreso y no revoluciones.

La cercanía del 17 de agosto invita a reconsiderar una idea firmemente establecida: San Martín fue el padre de la patria. Una afirmación tan verosímil como virtuosa, pues una de las funciones de la Historia que se enseña a niños y jóvenes es construir paradigmas y valores. Con la adultez y el juicio maduro es posible mirar las cosas desde otro ángulo. Se puede decir, sin riesgo de herejía, que en tiempos de San Martín no existía una “patria” tal como la entendemos hoy. Pero además, las miras del Libertador eran diferentes y mucho más amplias que la fundación de una patria en particular.

Hasta 1810 el imperio español en América, una vasta construcción burocrática y cultural, contenía muchas patrias chicas y lugareñas pero ningún esbozo de lo que luego serían las naciones. La explosión de 1810 lo dividió en fragmentos de variadas dimensiones y se inició un largo y conflictivo proceso de acomodamiento de fronteras, de identidades y de proyectos. Al final, los Estados resultantes construyeron, entre otras muchas cosas, los relatos de sus orígenes. En ellos se proyectaron al pasado las necesidades de ese presente, con algo de realidad y mucho de mitos. San Martín padre de la patria es uno de ellos.

Si se lo mira sin prejuicio, se observa que San Martín pertenece sólo tangencialmente a la historia rioplatense. Hijo de un militar español y de madre también española, nació en un confín del imperio, en un territorio en litigio con Brasil, que mucho después se definiría como argentino. A los cinco años se fue a España y allá estuvo casi treinta años. Cuando se trasladó a Buenos Aires, en 1812, ya era un hombre hecho y formado. Residió cinco años en el Río de la Plata y otros cinco en Chile y Perú. Luego, estuvo 28 años exiliado en Europa. En resumen, pasó apenas cinco años de su vida en lo que sería la Argentina.

Hacia 1812, San Martín era un militar español, de origen hispanoamericano. Ese año, la Constitución sancionada en Cádiz estableció que los hispanoamericanos formaban parte de la nación española. Simpatizó con las ideas liberales y reformistas de la Ilustración y participó en la guerra de la independencia, contra los franceses. Esa guerra separó a los liberales, acusados de “afrancesados”, de los sectores más tradicionales, aristocráticos y populares, partidarios de la monarquía absoluta de Fernando VII. San Martín sufrió en carne propia el conflicto y en 1810 vio, con horror, a la muchedumbre asesinar a uno de sus camaradas. Por entonces, la guerra de independencia hispanoamericana incluía, entre otros elementos, el enfrentamiento entre los partidarios del absolutismo y los de los regímenes liberales. No es raro que San Martín viera en Hispanoamérica –toda ella– el ámbito donde se desarrollaba el conflicto que dividía el imperio.

Buenos Aires le resultó un poco extraño. A diferencia de Carlos de Alvear, muy bien relacionado, no encajaba con la élite porteña. Pero además, y a diferencia de Alvear, tenía una perspectiva más amplia del conflicto. Su plan –marchar a Lima cruzando los Andes– tenía esa escala hispanoamericana. Le horrorizaban las guerras civiles, que comenzaban a desarrollarse y que perturbaban su alto designio de una Hispanoamérica autónoma y liberal, aunque no necesariamente republicana.

San Martín probablemente no había tomado nota todavía de que estaba surgiendo “una nueva y gloriosa nación”. No es raro. Lo que sería la Argentina era por entonces un fragmento desgajado del imperio español, de límites imprecisos y azarosos, donde no terminaba de asentarse un Estado reconocido. Ese Estado comenzó a dibujarse, apenas en esbozo, en la década de 1830, pero las guerras en torno de su definición institucional se prolongaron hasta 1880. De esas guerras civiles –el trabajo sucio de la formación de la nación– se apartó San Martín, negándose a participar en ellas. Durante su largo exilio se fue identificando con la nación que comenzaba a formarse, pero siempre a la distancia. Alejado de la acción efectiva, siguió con atención el crecimiento de Estados diversos. Tres de ellos reconocieron el papel decisivo que había tenido en su formación. Es posible que el hispanoamericano liberal se sintiera padre de los tres.

La construcción del Estado argentino fue laboriosa y conflictiva. Sus artífices hicieron lo que era ineludible: participaron en los conflictos, se embanderaron, hicieron amigos y sobre todo enemigos. Concluida la contienda, a la hora de contar cómo se había llegado a la unidad, pocos eran los actores de esa historia que fueron aceptados y reconocidos por todos. Los más inobjetables fueron Belgrano y San Martín y de ambos escribió su biografía Bartolomé Mitre. Ambos fueron pilares de una narración de la historia patria fundada en la unidad.

Esas versiones –sin duda virtuosas– requieren ciertos acomodamientos de los hechos. Por ejemplo, convertir a un español hispanoamericano en un argentino. El mito siguió desarrollándose. San Martín fue luego el Santo de la Espada –acorde con el nuevo nacionalismo– y en 1850 el Libertador (o más exactamente el primero de los dos libertadores). El Ejército hizo de San Martín su patrimonio. Por ese camino, el mito comenzó a transitar terrenos menos amables. Revisar la historia, volver a contarla en los términos de su época, no sólo ayuda a su veracidad. También contribuye a depurar a los fundadores de la Argentina de una pátina acumulada, oscura y hasta tenebrosa.

Publicado en Río Negro

Etiquetas: San Martín

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