Luis Alberto Romero

artículo publicado

17 de agosto de 2014

San Martín y la República

En el día del Padre de la Patria, el reconocido historiador analiza las distintas interpretaciones que del prócer se tuvo según las variadas tradiciones políticas nacionales. Hubo un San Martín para cada cual donde primó más su uso partidario coyuntural que la verdad histórica. Romero rescata la herencia republicana del Libertador.

Nuestra República está maltrecha. Pisoteada durante años por los militares, no ha sido mejor tratada por la democracia. Luego de un comienzo promisorio en 1983, ya llevamos treinta años de gobiernos democráticos y autoritarios, que interpretaron la mayoría electoral como el derecho a ejercer la suma del poder, avanzar sobre la libertad de prensa y degradar el estado de derecho.

El sistema institucional debería poder contener y controlar estas veleidades autoritarias. Pero también es necesario que los gobernantes electos tengan convicciones republicanas y la voluntad de moderarse y autolimitarse.

¿Donde encontrar un ancla sólida en la que podamos arraigar esta tradición republicana? ¿Quién puede darnos las lecciones necesarias? El pasado cercano no es pródigo en ejemplos.

Pero en el comienzo mismo de nuestra historia, cuando la Argentina era solo un esbozo de nación, José de San Martín parece hablarnos en ese sentido

Así lo hace al menos en la autorizada versión de Bartolomé Mitre, aunque desde entonces pocos se privaron de construir una imagen de San Martín más de acuerdo con gustos poco republicanos.

La figura de San Martín no cautivó a Mitre. Su pasión se encendió en cambio con Simón Bolívar, el genio sublime por su instinto e imaginación, pero también desmesurado y desequilibrado.

Por San Martín tuvo un afecto razonable, sin estridencias. Era un genio concreto, de concepciones limitadas quizá, pero eficaz en el desempeño de la misión asignada por la historia.

Para Mitre, fue un político mediocre, un gran militar y un potente constructor de Estados basados en la libertad, la república y las instituciones.

La figura de San Martín estuvo mucho tiempo en penumbras, y su muerte pasó casi desapercibida. Reapareció luego de Caseros, cuando el Estado y la nación en construcción necesitaban un Panteón de padres fundadores.

Estaban excluidos aquellos próceres de las guerras de independencia mezclados luego en las guerras civiles, que todavía encendían las pasiones. El gran general, y prudente exiliado, era la figura ideal para presidirlo.

En 1862 se levantó su estatua ecuestre, luego replicada en las ciudades de todo el país; en 1880 se repatriaron sus restos y se construyó el mausoleo en la Catedral y en 1887 se publicó la citada obra de Mitre.

En 1890 San Martín presidió la celebración patria: un busto suyo fue ubicado en una carroza, que desfiló tirada por seis caballos blancos con sus palafreneros en negro; detrás marchaban la Libertad y la República y catorce niñas representando a las provincias.

Fue una auténtica celebración republicana, que expresó el nuevo deseo de robustecer la religión cívica de la nación.

Abrumado por la inmigración masiva y acuciado por las primeras querellas acerca de la nacionalidad y el dichoso “ser nacional”, el Estado apeló a San Martín, cuya figura se agigantó a medida que aumentaban las controversias.

Como mostró Lilia Ana Bertoni, aquella nacionalidad que San Martín robusteció conservaba la impronta liberal de su origen, manifiesta en la Constitución y su Preámbulo.

En el siglo XX hubo un marcado giro antiliberal, que se profundizó luego de la Primera Guerra Mundial. Aparecieron entonces nuevos y poderosos enunciadores de la Nación, que construyeron renovadas imágenes del prócer.

El Ejército se apropió de San Martín. El general Justo fundó en 1933 el Instituto Nacional Sanmartiniano y José P. Otero, su nuevo biógrafo, destacó su profesionalismo y apoliticismo.

El Ejército, colocado por encima de las pasiones políticas, velaba por la argentinidad, que era sinónimo de “sanmartinismo”.

Por su parte la Iglesia definió a la Argentina como nación católica y destacó la presencia de religiosos en la construcción institucional, desde el deán Funes hasta fray Mamerto Esquiú.

La Iglesia adoptó a San Martín, disimuló su pasado masónico y subrayó su preocupación por las devociones de la tropa. También lo elevó al rango de intercesor, creador de la nación “por secreto designio de Dios”, como rezaba el nuevo himno en su honor.

El radicalismo, un movimiento democrático, nacional y popular, expuso su versión en El Santo de la Espada, el best seller que Ricardo Rojas publicó en 1933 y que todavía se lee.

Rojas negó que San Martín fuera un guerrero conquistador o un clérigo, pero señaló que, como Lohengrin o Parsifal, participaba del sagrado misterio. Fue un asceta descarnado de ambiciones y también un maestro portador de un mensaje moral.

Detrás de su San Martín emerge la imagen de Hipólito Yrigoyen, o al menos la del mítico personaje que él y otros construyeron por entonces.

En 1950 se conmemoró el centenario de su muerte. El gobierno de Perón instituyó el Año del Libertador, una frase que debía figurar en todo impreso público.

Durante ese año el Estado movilizó todo su aparato en aparatosos homenajes, que mostraron en escena a la Comunidad Organizada, unida detrás de su líder.

En palabras de Perón, toda la historia patria anterior se resumía en “el Libertador”, solo igualado un siglo después por “el Conductor”. Para poner las cosas en su lugar exacto agregó: “un general se hace, pero el conductor nace”.

Posteriormente la figura de San Martín fue reconocida como el punto de partida de casi cualquier proyecto político que buscara su ancla en el pasado.

San Martín fue unido a Perón, a la Revolución Libertadora, a Montoneros, Onganía y el Che Guevara; al industrialismo, el populismo, el latinoamericanismo y hasta el indigenismo.

En cada caso había un grano de sal histórica, al que se sumaba un uso muy libre del pasado. Así lo hacen habitualmente los ciudadanos cuando opinan, porque el pasado es de todos.

Este año, cuando se conmemora el bicentenario de la llegada de San Martín a Mendoza, podemos preguntarnos cuál de sus imágenes subrayará el gobierno en las celebraciones.

Sospecho que no pondrá el acento en la honestidad, la modestia o la parquedad verbal. Probablemente tampoco se subrayen sus convicciones sobre la libertad, la república y las instituciones.

Todos esos valores fueron los señalados por Mitre. Son los que hoy deberíamos rescatar quienes queremos reconstruir la República y recuperar una Argentina normal.

Publicado en Los Andes

Etiquetas: Historia, Mitre, San Martín

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