Luis Alberto Romero

artículo publicado

agosto de 2018

Sarmiento en Santiago de Chile

A fines de 1840 Sarmiento se instala en Santiago de Chile e inicia un exilio que habría de ser decisivo en su vida. Allí aprende los oficios de escritor, de pedagogo, de político, de reformador. Las ideas vagas, confusas y desmedidas que tiene en 1840, hechas de lecturas todavía no asentadas ni confrontadas con la realidad, ya se habían conformado en 1845, cuando escribe Facundo y formula una interpretación de la argentina que José Luis Romero ha considerado un ejemplo de “historia profunda”. Esos cinco años son sin duda fundamentales en la formación de sus ideas.

De las múltiples experiencias con que se conformó su forma mentis singular, hay una que surge de la vida en una ciudad por entonces relativamente importante, que es a la vez capital de un Estado firme y asentado. Hasta entonces no había conocido una ciudad de esa importancia: solo pequeñas capitales provinciales, como San Juan y Mendoza y una fugaz visita a Valparaíso. Por esos años sus reflexiones sobre las ciudades, que él asoció con la civilización, y que aparecen totalmente maduras en Facundo, tienen como soporte, junto con aquellas pequeñas ciudades agrícolas y virtuosas como las antiguas, a las más moderna, patricia y europeizada capital de Chile.

Esta experiencia está presente en todos sus escritos de época, pero de una manera singular en los artículos periodísticos, aparecidos en El Progreso, primer periódico santiaguino, que él fundó. Muchos de ellos se ajustan a un género entonces prestigioso: el costumbrismo, impuesto por los españoles Larra y Mesonero Romanos y desarrollado en el Plata por Alberdi y Echeverría. En sus textos costumbristas, Sarmiento mantiene el equilibrio, propio de Larra, entre el cuadro vivaz y pintoresco y la crítica social y política, aunque con frecuencia avanza por esta segunda línea, en artículos de tesis.

Estos textos le permiten enfrentarse con una ciudad que, en esos años, empieza a crecer. “Por todos los ángulos de la ciudad se nota esta extraordinaria expansión de la población. Las chimbas se han extendido… las rancherías tienen multitud de casillas y callejuelas…”, escribe en “Santiago” (1842), un pequeño ensayo sociológico. La causa es la migración de los campesinos atraídos por la posibilidad de los “pequeños modos de vivir”, como vender en la calle alimentos u objetos de fabricación casera, y por “el atractivo espectáculo de un pueblo grande, que por si solo produce emociones”. Percibe esta transformación de la ciudad y de su sociedad veinte años antes de que se la planteara como la “cuestión social”.

Pero además, dibuja la trama social y cultural de una de esas sociedades urbanas patricias características de Hispanoamérica a mediados del siglo pasado. Aquí, el testigo lúcido ofrece además un testimonio transparente de la imagen que las elites patricias tienen de la sociedad y de sus sectores populares, de los complejos lazos que los ligan y de los conflictos que los separan.

Su testimonio es revelador, porque Sarmiento es capaz de de trascender la perspectiva de sus pares, iluminar con una mirada comprensiva y hasta simpática a los sectores plebeyos, entender los conflictos y trazar, por encima de ambas partes de la sociedad, el proyecto de otra, moderna y progresista.

La ciudad de la gente decente

Como en casi todas las ciudades de su tiempo, en Santiago convivían, mezclados pero separados, la “gente decente” y los plebeyos, los “rotos”. Las diferencias profundas, insuperables y recíprocamente aceptadas, se establecían según criterios en los que, tanto como la fortuna, pesaban el linaje, la educación, la forma de vida. Claramente escindidos, ambos sectores participaban de un mundo común, con tradiciones, costumbres y espacios sociales compartidos, conformando un equilibrio hecho de sumisiones y concesiones, acatamiento cotidiano y rebeldía esporádica.

Aunque extranjero y pobre, Sarmiento se identifica en lo fundamental con la gente decente santiaguina, y su visión de la sociedad es, en primer lugar, la de aquella. Pero tiene la capacidad para trascender las limitaciones de esa visión originaria, desarrollar una pluralidad de perspectivas y articular en sus textos esos diferentes puntos de vista.

Está en primer lugar el Sarmiento “decente”, hijo de una familia tradicional, que asume sus opiniones, sus valores y sus prejuicios, tal como se mostraría en Recuerdos de provincia. Está luego el Sarmiento reformador: el hijo de sus obras, capaz de distanciarse de los decentes, mirarlos irónica o críticamente y, armado con lo mejor del pensamiento europeo, formular en Facundo un programa de transformación de la sociedad que, sin desechar sus valores y actitudes originarios, los desarrolla hasta transformarlos en un ideal de racionalidad y progreso universal.

Extremando esa línea, hay un Sarmiento capaz de identificarse con ciertos valores económicos y políticos modernos, como el trabajo o la democracia, al punto de modificar su crítica visión de los grupos populares y encontrar en ellos elementos progresistas. Es, sin duda, una distinción analítica: no solo cada perspectiva está siempre unida a las otras, sino que en un mismo texto, y hasta en una frase, se modula de una a otra, a veces suavemente y a veces con deliberada brusquedad.

Observa que por esos años las elites santiaguinas se alejan de la tradición colonial y se europeízan rápidamente, como lo revela el nuevo lujo del vestuario, las maneras refinadas, la conversación inteligente, todos signos del progreso que lo obsesiona. Sin embargo, el cuadro tiene dos caras. La ciudad ostentosa distrae energías que deberían dedicarse a la actividad productiva y el progreso. En el fondo, en Sarmiento resuena la antinomia clásica entre la España hidalga y haragana y la Europa industriosa y progresista.

Esta se manifiesta también en la contraposición con el puerto de Valparaíso, sede del comercio británico, donde a diferencia de la más antañona capital, “los efectos europeos exhalan un olor a civilización que, esparciéndose por el aire, imprime a todo actividad y movimiento”.

El pueblo pillo e industrioso

Más aguda y descarnada es su imagen de la sociedad popular, que sintetiza en un texto tan breve como notable: “la venta de zapatos” (1841), referido alos artesanos que los sábados a la noche se reúnen en la Plaza Mayor para vender botas y zapatos.

“¿Donde encontraría la democracia un Tocqueville sudamericano?” se pregunta. “En la venta de zapatos”. Allí “el pueblo llano, el tercer estado, el pueblo pillo, trabajador e industrioso, en fin, por si no he dicho nada todavía, aquellos que nuestras buenas y decentes gentes llaman canalla, plebe, vulgo, muchedumbre, populacho, chusma, multitud, qué se yo que otros tratamientos honrosos, se reúne al frente de aquel portal, que es su conquista, a vender sus artesanías.”

La referencia a Tocqueville, cuya guía invocará pronto en Facundo, es significativa, pues de ese colorido espectáculo popular extrae imágenes e intuiciones sobre la nueva democracia, que por entonces era entendida sobre todo en términos sociales. “En la venta de zapatos es donde la democracia se ostenta.. activa y orgullosa. ¡Que estrépito! ¡Que movimiento! ¡Que confusión! Allí la igualdad no es una quimera, ni la libertad un nombre vano. Nada de fraques, nada de nobles y patrones, ni coches ni lacayos con galones y penachos, ni distinciones, ni calabazas. Igualdad, comercio, industria, todo en una sola cosa… la república llena de vida, y animación, el pueblo soberano, el pueblo rey”.

Es notable la manera de combinar, apretadamente, las diferentes definiciones de ese “pueblo” que por entonces desvela a políticos y teóricos europeos. Sarmiento comparte muchas de las ideas que atribuye a “nuestras buenas y decentes gentes”, y a menudo reprochará a “esos que injustamente llamamos rotas”, sus debilidades morales, sus vicios, su disipación.

Pero a la vez, en esas líneas están todas las intuiciones que se convertirán en certezas cuando, pocos años después, viaje a Estados Unidos: la democracia social, el igualitarismo, unidos con el capitalismo bullente y con la democracia polìtica, en un mundo que, con más optimismo que Tocqueville, cree posible alcanzar, mediante las vigorosas reformas que propone en la segunda parte de Facundo.

Conflictos en la armonía

El juego entre la imagen tradicional de la sociedad y la moderna y crítica se manifiesta sobre todo en la relación entre las dos partes del cuerpo social: decentes y rotos. Los mecanismos de control de la gente decente dejan a la plebe zonas de libertad y espontaneidad, como las chinganas -suerte de pulperías en las que los decentes se mezclan con “chulos y majas”-, las fiestas patrias del Dieciocho de setiembre en la Pampilla o la fiesta de Nochebuena, a la que dedica un artículo en 1841.

En Nochebuena “el populacho cometía mil desórdenes, no se veían más que pleitos, las pedradas silbaban en todas direcciones, se arrebataban los pañuelos del cuerpo de las mujeres, sin que las patrullas y serenos fuesen bastante a contener tan horrendos desórdenes”. Pese al festivo tono costumbrista, no oculta su desagrado por estas fiestas, enraizadas en una tradición hispana que el progreso, la educación y la moralización harán desaparecer.

La misma dimensión conflictiva de lo cotidiano aparece en la escena de la “venta de zapatos”. “¿Cuanto valen las botas?… Pregunta indiscreta (…). Las botas no tienen un valor intrínseco. En cuanto a la calidad y obra, se traen de noche para que mejor se examinen; más, ¿el precio?, el precio está escrito en vuestro semblante”.

Las posiciones respectivas del comprador decente y el vendedor plebeyo no están en cuestión, pero las condiciones precisas -el precio de las botas- son la resultante de una relación tensa, en la que la parte popular, dueña del terreno, está lejos de llevar la peor parte. Cada bota tiene un precio distinto, que el vendedor descubre oyendo una simple frase del comprador o con una mirada “de los pies a la cabeza”. No hay dudas de que la venta se hará, pero una vez establecida la relación “ya tiene derecho a unas cuantas pesetas, las que se están aglomerando en su bolsillo. Os ha fijado, y os da de dar soga hasta que os aburráis de regatear”.

En otros ámbitos -la plaza, la Alameda, la fiesta patria- la relación entre decentes y populares será más formal, con cada uno en su lugar. Pero en la pila de los zapateros el equilibrio favorece al pueblo, “porque la plaza de Santiago es el forum romano donde el pueblo es el que manda, el que tiene y el que puede”.

Observar, reflexionar, proyectar

Nutrido de teorías sociales leídas con avidez, este Tocqueville sudamericano ha alcanzado hacia 1845 una visión general de la sociedad, sus partes, conflictos y tendencias, y ha elaborado, a partir de ellas, el programa de una sociedad nueva, democrática, industriosa y progresista, en la que los distintos sectores se integren sobre bases nuevas y más firmes. Con ambos ha de escribir Facundo, y luego ha de viajar, para volver a mirar y terminar de dar forma a unas ideas que en estos textos periodísticos ya están in nuce.

Se ha señalado cuánto leyó Sarmiento para lograrlo. Él mismo ha dejado todas las indicaciones necesarias. Pero también debe destacarse el trabajo del observador cuidadoso, que va colocando cada cosa recogida en el lugar que la teoría va preparando. También el del analista riguroso, que extrae de cada cosa observada lo necesario para seguir dando forma a su teoría.

No hay situación, persona, objeto o episodio que carezcan de algún sentido. Más aún, cada hecho minúsculo está a tal punto cargado de sentido, que toda una realidad muy vasta se expresa en él. Es, sin duda, el historicismo romántico el que lo impulsa, pero es la seguridad de una construcción teórica ya madura, unida a una singular agudeza en la mirada, lo que le permite tales alardes.

Así, en el portal de la plaza de Santiago -que funciona como recova- es capaz de encontrar todo el sentido de la historia pasada y de la sociedad por construir. Pero al mismo tiempo se ubica a si mismo entre el pasado y el futuro.

“Con la forma mampata de un vejete español de bragas”, sus “arcos redondos y chatos”, el portal le recuerda “las ideas que cobijaba una empolvada peluca; pero que se dejaba estar ahí, como se han dejado estar entre nosotros las aplastadas ideas y costumbres de aquella España venerada”. Un día, “el hacha y la azada revolucionaria” lo demolieron, como a todo el antiguo orden, y en su lugar se elevó otro, “deslucido e inconcluso, como la práctica de un proyecto de mejora; y por añadidura ruinoso a los diez años, como todas nuestras instituciones; más por otra parte, útil para el momento presente, que es lo que lo constituye eminentemente democrático”.

Con motivo de un modesto portal, el teórico y reformador desnuda aquí su educación y prejuicios y expone la voluntad de superarlos, sin resignar su espíritu crítico.

Esa capacidad de encontrar sentido en lo trivial, de desnudarse en un objeto, convierten a Sarmiento en un testimonio apasionante. Pero no es menos cierto que esa cabeza ordenada y estructurada ha desarrollado una perspicacia llamativa, que le permiten ver lo que otros no ven y así aprender permanentemente. El movimiento inicial, que buscaba el sentido en lo mínimo, se invierte, y Sarmiento avisora la realidad profunda, todavía escondida incluso para observadores sensibles e inteligentes. Sabido es que se trata de un gran escritor y un historiador notable. Ya se anuncia también el estadista excepcional.

Fuentes y bibliografía

Domingo F. Sarmiento: “La venta de zapatos” (1841), “Fiestas de Nochebuena” (1841), “Santiago” (1842), “La villa de Yungay” (1842), “El salario” (1849). En El Progreso, Santiago de Chile. Salvo “Santiago”, están incluidos en Obras Completas de Sarmiento. Buenos Aires, Luz del Día, 1948.

Botana, Natalio: La tradición republicana. Buenos Aires, Sudamericana, 1984.

Bunkley, Allison: Vida de Sarmiento. Buenos Aires, Eudeba, 1966.

Romero, José Luis: Latinoamérica. Las ciudades y las ideas. Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 1976.

Romero, Luis Alberto: ¿Qué hacer con los pobres? Elite y sectores populares en Santiago de Chile, 1840-1895. Buenos Aires, Sudamericana, 1997.

Verdevoye, Paul: Domingo Faustino Sarmiento, éducateur et publiciste (entre 1839 et 1852), Paris, IHEAL,1963.

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Etiquetas: El testigo y el testimonio, Gente decente, Pueblo, Santiago de Chile, Sarmiento

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