Luis Alberto Romero

artículo publicado

Marzo de 2011

Sarmiento, la educación y la democracia

¿Donde encontrar la democracia en Chile?, se pregunta en 1841 Domingo Faustino Sarmiento, un atento lector de La democracia en América de Tocqueville.  Chile no es Estados Unidos, y la democracia no está en las elecciones, con votantes arreados por sus patronos,  ni en las anémicas municipalidades, ni en la prensa que pocos leen y nadie discute, ni en las milicias. La “democracia pura y vivita” aflora en un lugar insospechado: la Plaza de Armas de Santiago de Chile donde, junto al portal de las tiendas elegantes, los artesanos populares organizan una venta ambulante de cien objetos de consumo popular.

En “La venta de zapatos”,  encuentra Sarmiento al “pueblo llamado tal, el pueblo llano, el tercer estado, el pueblo pillo, trabajador e industrioso”; ese a quien otros -y quizás él mismo- llaman también “la canalla, la plebe, la chusma, la multitud”. En la venta de zapatos el pueblo es rey, sobre todo a la hora de establecer el precio de un par de botas, que es variable pero está escrito en el semblante del comprador. Descifrarlo, y obtener el máximo beneficio  de algún comprador inexperto, es el premio del artesano popular que no se deja impresionar por rangos y jerarquías. En la venta, “la igualdad no es una quimera, ni la libertad un nombre vano. Igualdad, comercio e industria, todo es una sola cosa: el pueblo soberano, el pueblo rey”.

En suma: pueblo, comercio y democracia. Quien en 1841 escribe esta nota periodística, bajo la forma costumbrista que popularizó Larra, es un sanjuanino de treinta años, quien ya fue maestro, montonero y minero; orgulloso de pertenecer a la tradicional familia de los Oro pero también de haberse hecho a si mismo, leyendo y educándose. Santiago de Chile, a donde llega como exiliado, es la primer ciudad importante que conoce -San Juan era entonces una pequeña ciudad agraria-, y la materia prima para ejercitar su formidable capacidad de observación y para pensar futuros mejores. Poco después, plasma ambas cosas en su Facundo, lúcido análisis de la sociedad argentina, que culmina con un vasto programa para su transformación.

Sarmiento todavía conocía poco del mundo; podría decirse que era un provinciano. En 1847 viaja por Europa y los Estados Unidos y su mirada analítica se nutre con nuevos contenidos, que pronto recoge en su libro Viajes. Europa lo desilusiona. Tras la brillante fachada de sus salones y sus filósofos, se encuentra con el Antiguo Régimen, atrasado y achacoso. Campesinos miserables e ignorantes, trabajando con aperos de labranza anticuados, y gobernados por un Estado entrometido, que pretende reglamentarlo todo y aniquila la iniciativa individual, esa chispa de modernidad que atisbó en los artesanos populares de Santiago. En suma, un mundo viejo, sacudido cada tanto por una revolución, cuyo final previsible es la vuelta al antiguo curso.

En Estados Unidos lo deslumbra el presente y el futuro: una sociedad capitalista -de un capitalismo joven y utópico-, igualitaria y democrática. Veinte millones de americanos potencian las virtudes de los artesanos santiaguinos. El mercado articula ese mundo. Todos son compradores y vendedores. En cada una de las casas encuentra ladrillos hechos a máquina, modernos arados y otras maquinarias agrícolas, una carretela, una cocina económica de hierro fundido, con sus cacerolas. Todo igual, estandarizado y fabricado por miles en las fábricas del este, lo mismo que la ropa, que es igual para todos, o los relojes -no hay americano sin reloj-, que alimentan una “demanda nacional y popular”.

En la igualdad de los consumidores encuentra la clave del capitalismo rampante, que todavía no ha cristalizado en una clase capitalista: cada uno de los veinte millones de americanos está dispuesto a serlo, así como un francés del Imperio podían soñar con llegar a mariscal, o incluso a  emperador, como el “pequeño cabo”. En América, aún en la pobreza, cada hombre mantiene esperanzas fundadas, realizables, de un porvenir feliz.

Para quien viene de una sociedad hispanoamericana, claramente escindida en “gente decente” y “plebe”, a veces revueltos pero nunca mezclados, la imagen de la igualdad se manifiesta por doquier: en la ropa -todos usan el mismo sombrero-, en los modales, recios y francos, en la instrucción y hasta en los ferrocarriles, pues mientras los vagones franceses tienen tres clases, en América solo hay una clase, sencilla y confortable.

En suma, Sarmiento encontró en Estados Unidos aquello que había esbozado en Facundo, sin tener todavía los elementos experienciales para darle forma. Se trata del capitalismo y la democracia, dos novedades de la primera mitad del siglo XIX, por entonces inextricablemente unidos. La clave de esa nueva sociedad se encuentra en la educación.  Solo con la educación, el hombre y la mujer -Sarmiento se entusiasma con la libertad de la vida de las mujeres- alcanzan la plena maduración moral e intelectual que les permite competir en la vida y gobernarse a si mismos.

La República es la forma de gobierno que surge naturalmente en este mundo de individuos iguales. En Estados Unidos la vida cívica se apoya en los diarios, en los gobiernos locales, en la capilla y sobre todo en las escuelas, donde los individuos adquieren sus habilidades intelectuales básicas, concretadas en algo tan sencillo como fundamental: leer el diario, enterarse de los debates de la cosa pública y formarse su juicio, y también leer los avisos, que son la savia vital del mercado.

Sarmiento hizo su experiencia política en Chile, la primer república estable de Hispanoamérica. Institucional pero fuertemente autoritaria, era la “república posible” que menciona Alberdi. En el Río de la Plata, luego de Caseros, la primera tarea de los nuevos gobernantes fue construir el Estado. El mayor desafío fue la imposición del orden estatal, permanentemente desafiado por los poderes provinciales. Sarmiento -que desempeñó con idéntica pasión todo tipo de cargos, importantes o ínfimos- fue presidente entre 1868 y 1874, y le tocó hacerse cargo de un tramo de la guerra civil, mezclada con la Guerra del Paraguay. Aunque la educación popular constituyó su preocupación principal y el gran objetivo de su labor, admitió que la construcción del Estado, esencial para impulsar la nueva sociedad, era prioritario, y requería de otras tareas y de otros esfuerzos, y lo hizo con decisión y coraje.

Asentar firmemente el Estado era el requisito para la gran transformación de la Argentina, un proyecto que Sarmiento compartió con muchos otros. Hubo entre ellos apasionadas disputas, aunque a la distancia es fácil advertir la coincidencia en algunas grandes cuestiones, como la inmigración, la puesta en explotación de la tierra, el desarrollo de los transportes y las comunicaciones, la vinculación con el mundo. Dentro de este acuerdo general, Sarmiento realizó un singular aporte personal y le imprimió a la transformación argentina un sesgo que sin él quizá no hubiera tenido. Se trata del énfasis que puso en la educación popular, un tema sobre el que en 1852 polemizó con Alberdi, para quien una instrucción básica era suficiente para poner en marcha el crecimiento económico.

La educación popular que preconizó Sarmiento iba mucho más allá de la alfabetización elemental o el aprendizaje de un oficio, pero estaba lejos de conformarse con la cultura ornamental. En su mirada, la educación popular era la clave que articulaba el crecimiento de la economía, basado en los emprendimientos personales, la constitución de una sociedad de oportunidades, al alcance de hombres y mujeres capacitados para asumir sus desafíos, y la formación de un entramado cívico, donde los ciudadanos, capaces de entender aquellas cuestiones públicas que hacían a su interés personal, desarrollaran a la vez la preocupación por el interés general.

En los Estados Unidos se había admirado viendo cómo las comunidades locales, aún las pequeñas, creaban y mantenían sus escuelas, y competían por su excelencia. En la Argentina esa capacidad social de auto generación educativa prácticamente no existía, así como ningún otro de los atributos de la vida cívica, cuya ausencia ya había señalado en sus textos chilenos. De modo que el Estado debía dar el impulso inicial, y hacer un tremendo esfuerzo para que la sociedad pudiera y quisiera educarse.

Su iniciativa tuvo la envergadura y el voluntarismo que, décadas después, manifestó el presidente Roque Sáenz Peña cuando ordenó “quiera el pueblo votar”.  Al recurrir al Estado, abandonó el camino trazado por Estados Unidos y se acercó al de Francia, donde los republicanos hacían una apuesta similar con la “demopedia”: la instrucción básica obligatoria, organizada por el Estado, aseguraría que cada francés fuera un ciudadano.

En 1884 Sarmiento libró su última gran batalla, con la sanción de la ley 1420 de educación común, obligatoria, gratuita y laica. Fue un jalón no solo en la construcción del moderno sistema estatal de educación sino en el debate ideológico que cubrió todo el siglo XX, pues la enseñanza laica fue combatida como la “escuela sin Dios”, y Sarmiento fue escarnecido por quienes, de un modo u otro, se plegaron a la impugnación de la Iglesia. Pero más allá de ese debate -que requeriría en si un desarrollo específico-, el sistema educativo nacional, fundado en la educación popular de Sarmiento, fue decisivo en la construcción de la moderna sociedad argentina.

Desde fines del siglo XIX, y hasta la década de 1970 aproximadamente, la Argentina fue un país vital. Se caracterizó por tener una economía relativamente próspera, un Estado potente, y sobre todo una sociedad con alta capacidad para integrar a quienes aspiraban a incorporarse a ella. Durante muchas décadas esa sociedad ofreció aquello que Sarmiento encontró de singular en la sociedad norteamericana de mediados del siglo XIX: la posibilidad, creíble para cada uno de sus miembros, de la mejora y el ascenso. Asegurar que, para quien se esforzara y lo mereciera, era posible disfrute de lo que la civilización tenía para ofrecer. Fue una sociedad móvil, en la que normalmente los hijos estaban mejor que sus padres. Y el gran instrumento de la integración y la movilidad fue la escuela pública. Sin el esfuerzo que Sarmiento inició, y que otros continuaron, la Argentina probablemente habría sido próspera, pero sin ese impulso democrático que animó su sociedad y que se plasmó gradualmente en la política.

Publicado en Laberintos, Revista de la Asociación de Instituciones Educativas Privadas de Bs. As.

Etiquetas: Capitalismo, Estado, Pueblo, Sarmiento

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