Luis Alberto Romero

artículo publicado

14 de abril de 2019

Sarmiento presidente, o la tensión entre libertad y autoridad

¿Qué tuvo de singular la elección de Domingo Faustino Sarmiento como presidente de la República en 1868? Varias cosas, desde el complejo proceso electoral hasta la impronta que Sarmiento le dio al desarrollo de la nación que estaba organizándose. Iniciando el ciclo “Elecciones decisivas en la Argentina”, el Club del Progreso y la Universidad de San Andrés invitaron a conversar sobre el tema a los historiadores Laura Cucchi y Eduardo Zimmermann.

En 1868 -señaló Zimmermann- por primera vez un presidente, Bartolomé Mitre, no pudo imponer a su sucesor, algo que pocas veces volvería a ocurrir hasta 1916. Sarmiento era ajeno a los tres grandes partidos políticos de entonces: el liberal mitrista, el autonomista porteño que conducía Adolfo Alsina y el federal que respaldaba a Urquiza. ¿Quién promovió su candidatura? Además de un activo grupo de amigos -entre ellos, Dalmacio Vélez Sarsfield y su hija Aurelia- surgió de un grupo de oficiales del Ejército, encargados de cuidar el orden en las provincias, en cuya vida política solían intervenir. Luego, en las provincias la respaldaron grupos políticos nuevos, formados tanto por antiguos federales como liberales, preocupados por encontrar una sintonía adecuada con el poder central.

El sanjuanino no era hombre de camarillas y política chica. Quería gobernar, y desarrollar desde el gobierno un programa ambicioso. Zimmermann caracterizó su postura como un “nuevo liberalismo republicano”, que Sarmiento practicó intuitivamente, y que confirmó atendiendo al ejemplo de su admirado Abraham Lincoln, quien durante la guerra de Secesión reformuló la organización institucional estadounidense robusteciendo el poder central.

Reconstruir la autoridad

En la Argentina de entonces se trataba de reconstruir la autoridad, fortalecer el gobierno central y domeñar la pretendida soberanía de las provincias. ¿Quién respaldaría semejante transformación? Sarmiento no ignoraba las dificultades, pero confiaba en la opinión pública y en la constitución de una poderosa fuerza moral.

En la visión de Sarmiento -precisó Laura Cucchi- ese poder debía usarse, en primer lugar, para impulsar el progreso, que requería un vigoroso impulso estatal. Todo lo que ya se desarrollaba en Buenos Aires debía llegar al resto de las provincias, empezando por Córdoba, donde el país moderno se articulaba con el tradicional. Con el beneficio de una coyuntura internacional favorable, la fuerte iniciativa presidencial aceleró el desarrollo de la inmigración, los ferrocarriles, el telégrafo y el correo, que eran los grandes factores del crecimiento material.

Según su personal concepción -diferente en esto de las de Alberdi o Mitre-, ese crecimiento solo tendría sentido si, simultáneamente, se revolucionaba la sociedad. La promoción de la inmigración debía acompañarse con la entrega de tierras, el desarrollo de la agricultura -su modelo era el farmer estadounidense-, el gobierno local y la educación. Allí estaba el embrión del capitalismo y de la democracia. La educación era la gran palanca. Tenía una idea precisa de lo que debía hacerse; la había aplicado en Buenos Aires y la impulsó en el resto del país. La llamó “educación común”, la misma para todos, niños y niñas, hijos de ricos y de pobres. Una educación excelente, con modernos métodos didácticos, centrada en la formación general. A lo básico -lectura, escritura y aritmética- agregaba las humanidades y las ciencias, necesarias para el desarrollo de las capacidades y los talentos personales. Siguió fundando en las provincias Colegios nacionales -una iniciativa de Mitre- y agregó las Escuelas normales, que fueron su bandera. A la primera, en Paraná, pronto siguió la de Tucumán, y en 1885 ya había una en cada provincia. Allí se formaron las camadas de maestras y maestros normales, pronto convertidos en la avanzada del progreso educativo y cultural.

En 1868 impulsar el progreso todavía requería imponer el orden, una tarea tan urgente como difícil, que Sarmiento asumió con la decisión de siempre, empuñando la espada cuando fue necesario. El poder central enfrentaba permanentemente la oposición de las provincias, que entendían el federalismo de la Constitución como derecho a la insurrección. Mitre había derrotado al Chacho Peñaloza y a Felipe Varela. A Sarmiento le tocó el levantamiento de Entre Ríos, la provincia más poderosa luego de Buenos Aires. Ricardo López Jordán, luego de asesinar a Urquiza, encabezó dos levantamientos, en 1871 y 1873, derrotados por el Ejército nacional, fogueado en la guerra con Paraguay y bien equipado con fusiles Remington y ametralladoras.

En 1874, ya al fin de su período presidencial, en Buenos Aires -nada menos- se produjo el levantamiento de Mitre. En la ocasión, Sarmiento se puso el uniforme de coronel, y telégrafo en mano dirigió la represión, cuyas batallas finales se libraron cuando ya había dejado la presidencia. Con más prudencia había desmontado el poder de los hermanos Taboada, que desde Santiago del Estero influían en las provincias vecinas en favor de Mitre.

Fueron casos extremos. Señala Cucchi que Sarmiento se preocupó de que estas acciones excepcionales se encuadraran en el orden republicano, utilizando los recursos legales: el estado de sitio, las intervenciones federales y la ley marcial, que autorizaba la ejecución de los sublevados. La última ratio era el ejército. Sarmiento se ocupó por mejorar su equipamiento y de formar profesionalmente a los oficiales en el nuevo Colegio Militar de la Nación.

Pragmático

La imposición del orden por la fuerza fue acompañada con otra construcción, más específicamente política, que nos muestra un Sarmiento pragmático. Se propuso generar en cada provincia un grupo afín con el poder central, aprovechando la nueva fluidez de las situaciones políticas y la aparición de alineamientos que, desechando las cuestiones programáticas, reeditaban las viejas luchas familiares y facciosas. Sobre esa base maleable, el poder central pudo operar con subsidios y prebendas. Los empleos públicos en la incipiente administración nacional -desde el correo hasta el Colegio nacional- se distribuyeron entre las familias “decentes” pobres, con influencia política y deudoras del gobierno central.

A esta milicia civil se sumó un actor más determinante: las guarniciones militares asentadas en las provincias, cuyos jefes actuaron como verdaderos procónsules, capaces de generar una revolución o de dominar un comicio. Cuando decidió promover la candidatura de su ministro de Educación Nicolás Avellaneda, ni dudó en desplazar al general José Miguel Arredondo, veterano en este juego pero partidario de Mitre.

Vieja política sin duda, aplicada por un hombre que creyó que el futuro eran las instituciones y la democracia y que, a diferencia de Alberdi, pensó mucho sobre la responsabilidad del Estado en cómo construir la autoridad. Ante la clásica tensión republicana entre la libertad y la autoridad, entendió que, en su hora como presidente, era necesario privilegiar, leve pero decisivamente, la autoridad.

El hombre letrado y el jefe militar. La espada, pero también la pluma y la palabra. Todo eso fue Sarmiento presidente. Dio pasos decisivos en la construcción del orden -una tarea que otros completaron- y puso en marcha algunos grandes cambios. No todos los que imaginó -su soñado farmer democrático no llegó a constituirse- pero sí el que más le importaba: el proyecto educativo que marcó el rumbo de la Argentina durante muchas décadas. Ciertamente, la de 1868 fue una elección decisiva.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Avellaneda, Elecciones, Escuelas normales, Lincoln, Maestras norteamericanas, Mitre, Orden, Progreso, Sarmiento

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