Luis Alberto Romero

artículo publicado

15 de febrero de 2011

Sarmiento. Un proyecto para transformar la Argentina

En Chile, durante su exilio anti rosista, Sarmiento imaginó una Argentina diferente. Lo hizo leyendo, mirando y discutiendo. Con Tocqueville, a quien leyó con voracidad, reflexionó sobre las armonías y tensiones entre el progreso, la democracia y el orden. Observó la ciudad de Santiago, la única importante que conocía cuando escribió Facundo, e imaginó el conflicto profundo entre lo urbano y lo rural, la civilización y la barbarie. En 1845 viajó por el mundo y acumuló nuevas observaciones. En Europa lo defraudó la tenaz persistencia del antiguo régimen. En cambio, en Estados Unidos conoció el porvenir: un capitalismo pujante y una sociedad democrática, donde los patricios se confundían con los plebeyos, y todo el mundo usaba el mismo tipo de sombrero, confeccionado en una próspera fábrica de Filadelfia.

Con esa imagen terminó de dar forma a su proyecto de transformación de la Argentina, parecido al que pensaban Alberdi y otros, pero diferente en algunas cosas sustantivas. Luego de Rosas, el país se organizaría y se abriría al mundo: llegarían el ferrocarril, el vapor, el telégrafo y también los inmigrantes, que acabarían con el desierto y la barbarie. Para construir el progreso hacía falta la vigorosa acción ordenadora y civilizadora del Estado. Alberdi lo sabía en teoría, pero Sarmiento ya tenía experiencia en eso.

En Chile había conocido los beneficios de una república autoritaria pero ordenada, constituida en 1831, cuando la guerra civil destrozaba a los otros estados hispanoamericanos. Sus amigos liberales -como Alberdi y Mitre- eran independientes u opositores, pero Sarmiento, como Andrés Bello, trabajó para el gobierno pelucón, conservador, ilustrado y reformista, y en particular para el ministro Montt, quien lo estimuló en sus primeros proyectos educativos. Esa experiencia conformó lo que sería su aporte singular en la gran transformación de la Argentina: la educación popular, impulsada por el Estado, que formaría tanto al protagonista de la nueva sociedad mercantil como al ciudadano responsable de su gobierno.

Caído Rosas, volvió al país y pasó a la acción. Peleó con todos y por todo. Desde la prensa, libró feroces polémicas, que más tarde, a la distancia, se fundirían en consensos. Desempeñó muchas funciones públicas diferentes, grandes y chicas, y en todas actuó con decisión para construir el Estado. Se preocupó por las colonias y las escuelas, pero admitió que, como en Chile, lo primero era imponer el cuestionado orden estatal: concluir la Guerra del Paraguay y doblegar por la fuerza a Peñaloza, a los Taboada y a los López Jordán, así como a los temibles imperios aborígenes. Como presidente, impulsó el nuevo ejército profesional, con oficiales formados en el Colegio Militar, modernas ametralladoras y fusiles Remington. Pero también construyó el Estado civil y reformador: creó el Correo y el Registro Estadístico, levantó el primer Censo de Población y sancionó el Código Civil.

La construcción del Estado fue un proyecto ampliamente compartido, anterior y posterior a Sarmiento, lo mismo que la transformación de la economía y la inmigración, que hicieron el país nuevo. Pero detrás de los consensos hubo debates y combates; las cosas pudieron ser como fueron o un poco diferentes. Y allí Sarmiento hizo una diferencia, jugándose por dos propuestas. En una fracasó: el amplio reparto de tierras fiscales para desarrollar la colonización agrícola, simbolizada en Chivilcoy, en la que veía la base de una sociedad industriosa y democrática. La historia fue por otro lado. En otro tuvo éxito: la educación popular, como gran proyecto del Estado y de la sociedad. Sobre esto había polemizado en 1852 con Alberdi, partidario de limitar a lo elemental la instrucción de quienes serían solo trabajadores. Sarmiento puso toda su energía en la difusión de la enseñanza primaria, la formación de maestros, la difusión de las bibliotecas populares y el desarrollo de la ciencia. Su gran designio triunfó en su vejez, con la sanción en 1884 de la ley 1420 de educación común, obligatoria, gratuita y laica.

Pese a que fue permanentemente combatido, en nombre de otros principios, ese proyecto educativo fue sostenido a lo largo de muchas décadas por el Estado, quizá por la convicción que Sarmiento supo infundir en quienes fueron sus ejecutores y defensores: los educadores y sus alumnos. Esa educación fue decisiva para la conformación de la nueva sociedad, de oportunidades, integradora, diversa y dinámica, cuya movilidad la singularizó en el contexto latinoamericano. La prosperidad económica fue una condición necesaria, pero en su meollo estuvo una política estatal: la educación pública, de excelente calidad, que formó a los habitantes instruidos y los ciudadanos responsables, capaces de leer el diario, tanto para aprovechar las oportunidades personales como para interesarse en las cuestiones públicas. Eso significaba, básicamente, una sociedad letrada. Por cierto Sarmiento no se sintió completamente satisfecho con los resultados. En sus últimos años juzgó críticamente el régimen político y la indiferencia de los habitantes que rehuían los deberes de la ciudadanía, y esbozó lo que sería el programa reformista de 1912.

Sarmiento mostró que, con voluntad política, era posible construir desde el Estado una sociedad progresista y democrática. En ese sentido, nos interpela hoy, en circunstancias muy distintas. Poco queda de aquella Argentina. En lugar de una sociedad integrada y móvil tenemos una tremenda escisión social. En el mundo de la pobreza no hay muchas oportunidades para las personas, ni tampoco muchos ciudadanos conscientes y educados. Solo la poderosa herramienta del Estado podría volver a ligar las partes de la sociedad escindida, y como entonces, la educación sería su gran instrumento. Pero a diferencia de los tiempos de Sarmiento, no estamos hoy construyendo un Estado sino destruyéndolo, de modo que habría que comenzar por revertir ese proceso, lo que no es fácil. Para ello hacen falta muchas cosas. Pero entre ellas, una poderosa voluntad constructiva como la suya.

Publicado en Clarín

Etiquetas: Estado, Proyecto, Sarmiento, Sociedad

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