Luis Alberto Romero

artículo publicado

5 de enero de 2017

Se necesita entusiasmo para salir de la crisis

Caceroleros, piqueteros, asambleístas y cartoneros fueron algunas de las atemorizantes figuras sociales características de la crisis, que estalló en diciembre de 2001 y se prolongó en 2002. Quince años después, los ahorristas han vuelto a confiar en los bancos, los piqueteros están cerca de convertirse en un sindicato con personería, los ciudadanos comprometidos escasean y los cartoneros conforman miniempresas ordenadas y reglamentadas.

Y, sin embargo, el país está, como en 2002, en una coyuntura crítica, buscando a tientas su camino. Las causas profundas de aquella crisis no han desaparecido, y en algunos casos se han agravado y potenciado. Pero conviene no olvidar la otra cara de la crisis: la oportunidad, la posibilidad de torcer un rumbo que a veces parece fatal, enfrentando viejos problemas con frescura y creatividad. También eso estuvo presente en 2002, el año de la crisis, y hoy es imperioso que lo recuperemos.

Aquel fue un año apocalíptico e inolvidable. La crisis económica, originada en el derrumbe de la convertibilidad, se prolongó en otra, política, y agudizó la situación del mundo de la pobreza, que explotó y se volcó a las calles. Mucha otra gente estuvo en la calle ese año, repudiando a los políticos, “escrachando” a los enemigos del pueblo y otorgando su minuto de gloria a efímeros salvadores de la patria. Pero no es lo único que pasó en aquel año memorable: entre tantos desastres, hubo grupos que experimentaron con cosas nuevas y otros que reflexionaron sobre lo urgente y lo profundo.

Ante el derrumbe del Estado, cada grupo buscó su propia solución. La ausencia de moneda hizo aparecer el trueque, una vuelta a la economía natural que entusiasmó a un buen sector. Muchas fábricas cerradas por la crisis fueron “recuperadas” y puestas en actividad por cooperativas de trabajadores. Las organizaciones de desocupados promovieron la acción solidaria, una veta comunitaria que aún hoy se sostiene. En los barrios de Buenos Aires, los vecinos se juntaron en las plazas y renovaron la experiencia, siempre seductora, de la democracia directa.

Lo memorable no estuvo tanto en la viabilidad de estas experiencias -a la larga escasa- como en la actitud original, emprendedora y comprometida de quienes las encararon. Otros grupos analizaron estas novedades y se embarcaron en la discusión sobre las causas y las salidas de la crisis. Fue un año de intensa reflexión colectiva, que transcurrió en la prensa, en los foros y en todo tipo de reuniones más recoletas. Recuerdo con afecto las que organizó la revista Criterio, reuniendo en el austero sótano de un convento a un conjunto variado de interlocutores.

No quiero exagerar la importancia de estos indicios. Fueron tiempos de diálogo, pero también de intolerantes explosiones, como los “escraches”. Pero en medio de la crisis se gestó una corriente que miraba el futuro con creatividad y optimismo. Experiencias y reflexiones fueron decantando en una agenda, que iba desde la mera normalización hasta la refundación institucional. La democracia obtuvo un voto de confianza, en tanto incluyera el pluralismo y la equidad social. El énfasis se puso en la república, asociada con la ética de los gobernantes y el control activo de los ciudadanos. Una reforma política debía recuperar la transparencia de la representación. La corrupción, que comenzaba a ser un tema, condujo a la crítica del Estado prebendario. La equidad, por su parte, requería recuperar la agencia estatal, particularmente en el tema de la pobreza y en otro que comenzaba a dividir aguas: el orden.

En 2003, la soja y Néstor Kirchner le dieron a la crisis un final diferente al esbozado en esta agenda. Con la soja se estabilizó la macroeconomía, pero luego la prosperidad adormeció el pensamiento crítico. En cuanto a Kirchner, restableció el centro del poder político, aseguró un cierto orden y asumió algunas demandas de reforma. Pero lo hizo de una manera contraria a aquel espíritu novedoso.

Con los fondos estatales domesticó las protestas y montó un aparato político-administrativo encargado de producir el sufragio que lo legitimara. En lugar de reformas republicanas, acentuó la tendencia autoritaria, llevándola al extremo del decisionismo. Tampoco le interesó el pluralismo, y construyó su base política sobre la polarización y el antagonismo, acabando con el clima de concordia generado por la crisis.

No desarmó el Estado prebendario, pero introdujo en él una novedad importante: el núcleo de la acumulación tuvo su centro en el propio Kirchner y en Cristina, quienes reunieron una fortuna todavía incalculable. Lo que intuimos durante estos años está hoy a la vista, hasta para la Justicia: fue un régimen cleptocrático.

Aunque ajeno al nuevo espíritu, Kirchner tomó nota de los cambios de la sociedad y la política, especialmente la exacerbación del imaginario, la licuación de los partidos políticos y la consolidación de la pobreza. Su éxito residió en combinar el reclamo de orden de los sectores medios con algunas demandas surgidas de la crisis y mezclarlos con una buena dosis de fantasía, que incluía tanto el regeneracionismo fundador como la intolerancia, arraigada en los tejidos más profundos de nuestra cultura política. Contra la esencia de la agenda emergente de 2002, Kirchner convirtió la prosperidad, la concentración del poder, la cleptocracia y la fantasía en un poderoso instrumentum regni.

Hoy, después de doce años de kirchnerismo, estamos en la salida de una nueva crisis, menos espectacular quizá porque no llegó a estallar. A diferencia de aquélla, hemos recuperado rápidamente un buen funcionamiento institucional, la representación política ganó legitimidad, la intolerancia está acotada y el reordenamiento de la macroeconomía se desarrolla en calma. Pero los otros problemas están allí, y en muchos casos, agravados. El estado del Estado es lamentable y la gestión se hace difícil. Vivir a costa del Estado sigue siendo la aspiración de casi todo el mundo organizado -desde los empresarios hasta los científicos-, cada uno con sus razones, legítimas a veces, pero con poca preocupación por una razón más general: el inmenso déficit estatal. Las fuerzas políticas están lejos de conformar un sistema de partidos que pueda articular esas demandas. Sobre todo, el mundo de la pobreza, hoy en calma, sigue allí, irreductible.

A diferencia del de 2003, el gobierno actual no pretende convivir con todo esto y sacar partido de la situación. Se propone modificarla, y está haciendo lo que puede, que no es poco. Pero necesita el complemento de aquel componente social singular que afloró en 2002: el entusiasmo por emprender un camino nuevo, la idea de que el Estado no es todo y de que se necesitan iniciativas colectivas, así como interés en animar reflexiones y debates que vayan más allá de las noticias del día.

Lo que el Gobierno comienza a hacer demanda una contraparte desde la sociedad, sus actores y sus intérpretes. Hacen falta interlocutores sociales tan activos y creativos como aquellos que, en embrión, comenzaron a aparecer en 2002.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Crisis de 2001, Crisis de 2016, Historia, Kirchner y la crisis de 2001, Macri y la crisis de 2016, Sociedad

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