Luis Alberto Romero

artículo publicado

14 de octubre de 2014

Se necesita un nuevo pacto democrático

Como los personajes de una novela sentimental, los políticos de la oposición y sus potenciales votantes están hoy desencontrados, transitan por órbitas diferentes y llenan de incertidumbre al lector que espera un final feliz. La dura pedagogía kirchnerista ha enseñado a mucha gente a preocuparse por el destino de su voto, a mirar más allá de beneficios inmediatos y a preocuparse por el rumbo del país. Esa preocupación recorre hoy los ámbitos de la sociedad civil. Muchas asociaciones convergen en una confederación que quiere unificar sus ideas y hacerse escuchar por los políticos; círculos y clubes de intereses variados se vuelcan a discutir proyectos para el país; ensayistas de todo tipo lanzan propuestas desde las columnas periodísticas; hasta los empresarios tratan de mirar más allá de sus miedos o sus intereses inmediatos. En cualquier diálogo cotidiano aparecen la pregunta angustiada y el diagnóstico, a veces muy simple, y en varias ocasiones los ciudadanos salieron espontáneamente a la calle para decir basta y para reclamar “por una oposición unida, que piense en la Argentina que viene y no en las próximas elecciones”, según se lee en una invitación que hoy circula.

Del lado de los políticos las cosas no son tan claras. Sin duda quieren darle forma a esta aspiración, pero la política tiene sus reglas, y aun para negociar cada sector necesita hoy fortalecer a su candidato, subrayar su singularidad, distinguirse de los otros. No hay partidos bien estructurados, que puedan concertar acuerdos sólidos, y tampoco hay una personalidad destacada, un líder democrático que haga punta. La ley electoral obliga a importantes definiciones en mayo próximo, y luego de las Paso de agosto no se podrán modificar las fórmulas.

Finalmente, el ballottage establece que habrá dos ganadores: el primero y el segundo mejor. Para un candidato opositor, es una tentación fuerte competir por las suyas y alcanzar ese atractivo segundo lugar desde donde arrastrar al resto. No hay dudas de que entonces podrá acordar con las otras fuerzas, dado el clima de convergencia en la opinión. Pero será un compromiso mucho menos consistente que un acuerdo electoral previo, en el que todos los firmantes subordinen su destino personal al del conjunto y lo sellen con candidaturas comunes; eso es un verdadero y sincero pacto democrático.

¿Qué impide a las fuerzas opositoras alcanzar este acuerdo previo, que defina el alcance del cambio y consolide la fuerza política para encararlo? Además de las aspiraciones naturales de cada político, hay reservas y reticencias recíprocas. Es común decir que los proyectos son distintos, que “la centroizquierda” no puede marchar junto con “la derecha”, que no se puede “juntar el agua con el aceite”.

La competencia política es comprensible, aunque parezca un poco suicida. Pero la cuestión de los proyectos diferentes es muy discutible. Es cierto que en muchas democracias contemporáneas hay cuestiones divisivas claras, como por ejemplo el peso relativo del Estado y el mercado. Pero en la Argentina no existen hoy ni Estado ni mercado, y en su lugar tenemos gobiernos que destrozan el Estado y empresarios que buscan rentas prebendarias. Son tal para cual. Para romper esa relación colusiva y corrupta se requiere reconstruir un Estado fundado en la ley, que fije las normas generales de un mercado competitivo.

En muchos terrenos hay un largo camino que recorrer antes de poder encarar las opciones que hoy se discuten en el mundo. Este camino inicial insumirá probablemente dos o tres períodos presidenciales, y sólo podrá recorrerse con éxito si se suman fuerzas diferentes. Si tienen éxito, al final de este camino podrán discutir sus diferencias.

El nuevo gobierno arrancará con una tarea difícil: salir del desquicio de la macroeconomía, despejar la administración pública de la banda que la ha invadido y deshacer buena parte de las leyes recientemente aprobadas. Habrá medidas poco populares, sólo posibles para una fuerza política fuerte y cohesionada, dispuesta a compartir los costos.

El resto, lo que hay que hacer para la “Argentina que viene”, es a la vez claro y difícil. En primer lugar, está la cuestión institucional. Hay que desandar el camino del superpresidencialismo, restablecer la división de poderes, discutir un nuevo pacto fiscal. Todo eso con un Poder Ejecutivo que, para ser creíble, deberá renunciar, al menos gradualmente, a las prerrogativas acumuladas desde 1989. Simultáneamente hay que reconstruir el Estado, que es la herramienta de los gobiernos democráticos y la víctima de los gobiernos autoritarios. El Estado argentino lleva décadas de decadencia, corroído por el decisionismo presidencial y por las prácticas prebendarias y depredadoras. Nada de esto fue inventado por el kirchnerismo, aunque sin duda fueron ellos quienes lo llevaron a su etapa superior.

Hoy está en cuestión el Estado de Derecho, que es la base legal de la convivencia nacional e internacional. Están deteriorados los organismos de ejecución: los ministerios y las dependencias y agencias, como el paradigmático Indec. El equipo de funcionarios capaces y meritorios que supimos tener está diezmado o disperso, la ética del funcionario es un recuerdo lejano y además hay que cargar con una tropa de nuevos empleados. Hay un largo trabajo de reconstrucción, jalonado por algunas decisiones drásticas, que sólo es posible si lo respaldada una fuerza política asentada en un acuerdo previo.

Sólo un Estado en forma puede encarar cada uno de los problemas que hoy son las grandes preocupaciones: la seguridad, la educación, la corrupción. Uno de los problemas mayores es la consolidación del mundo de la pobreza, con sus organizaciones y liderazgos, sus normas, sus valores y sus formas de vida propios. Allí la ley tiene presencia sólo relativa, y sus agentes, como la policía, son los primeros sospechosos de su violación. Pero además es un mundo en el que mucha gente obtiene grandes beneficios, desde los empresarios de La Salada hasta los políticos que organizan la producción del sufragio, o más recientemente los traficantes de drogas.

La pobreza plantea opciones filosóficas, del “pobrismo” al “eficientismo”, que también podrían dividir las aguas. Pero entre los políticos no hay grandes diferencias sobre algunos cambios básicos e inmediatos, como materializar la presencia del Estado en cada barrio con una escuela, una comisaría, una fiscalía, una salita sanitaria, atendidas por personal honesto e idóneo. Para avanzar en la reintegración social el Estado necesita potenciar los valiosos emprendimientos voluntarios, meritorios pero dispersos.

Pero además hay que deshacer las tramas corruptas que viven de la pobreza, cuyas ramificaciones llegan muy alto. Poner en caja el mundo de La Salada, acabar con el trabajo esclavo, la venta de mercadería robada y la evasión fiscal requiere, además de suma pericia técnica, una fuerza política que sólo puede surgir de un acuerdo categórico entre los partidos.

No hay dudas de que estas propuestas básicas son compartidas por un sector muy grande de la ciudadanía, que hoy podría formar una nueva mayoría si encontrara una adecuada expresión política. Seguramente los políticos también concordarán con este programa de acción general, con más o menos convicción quizá. Pero construir la fuerza política que pueda impulsar este cambio de rumbo es mucho más que eso: requiere un acuerdo político sincero, un compromiso no condicionado por las encuestas o los resultados electorales. No es lo mismo acordar antes de las elecciones que después. No lo es ni para el futuro gobierno ni para quienes tenemos que sobrellevar más de un año gobernados por quienes parecen querer llevarnos a la dictadura o a la destrucción.

Los políticos deben reflexionar a fondo sobre aquello del “agua y el aceite” y diferenciar las tareas de la próxima década de los debates futuros, que ojalá podamos llegar a tener. Pero además tienen que encontrar una forma de compatibilizar la natural competencia de liderazgos y organizaciones, sin la cual no hay política, con la urgente necesidad de construir un programa común que sea algo más que un acuerdo poselectoral. Los plazos empiezan a apretarse.

Publicado en La Nación

Etiquetas: Acuerdos políticos, Estado, Pobreza, República

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