Luis Alberto Romero

artículo publicado

23 de octubre de 2011

Sesenta y seis años de peronismo

Sesenta y seis de peronismo son un desafío para la explicación. En seis décadas largas, el peronismo fue muchas cosas distintas, y es más sencillo hablar de “los” peronismos. Pero la pregunta por la continuidad no puede soslayarse, y creo que la respuesta no está en la sociedad y sus actores, que han cambiado mucho en el largo medio siglo, sino en los modos de hacer política, y particularmente en su capacidad de instrumentar un discurso que, algo imprecisamente, suele llamarse populista.
Ese discurso constituye la vertiente de la tradición democrática que se desenvuelve con poca contaminación con el pensamiento liberal. Parte del supuesto de la unidad del pueblo y de la nación, y de su enfrentamiento con unos enemigos enquistados en el poder. El pueblo es uno, unívoco y homogéneo. Fuera del pueblo, sólo están sus enemigos, igualmente unívocos, aunque cambien los nombres: la antipatria, la oligarquía, el imperialismo, las corporaciones. El enemigo del pueblo estuvo siempre instalado en el poder, y desde allí construyó su dominio y su riqueza. Sólo desde el poder puede ser destruido.

En esta retórica populista ha vivido cómodamente el peronismo, instalado en el lugar del pueblo. Es un lugar amplio e incluye a los pobres, los trabajadores, la gente en general, los empresarios y hasta los capitalistas “amigos”. Porque la diferencia es política y no social. En 1983 el discurso peronista atenuó la violencia de la antinomia; la condena del adversario se morigeró, pero sin renunciar nunca a esta caracterización, ni a las prácticas políticas que la confirmaban y la ratificaban. Lo que en el peronismo clásico fue la promoción simultánea de los trabajadores y los humildes; lo que en el peronismo de los setenta fue la exaltación del pueblo revolucionario, en esta era democrática se ha trasmutado en la inclusión del pueblo pobre, cuya fidelidad se construye con una compleja artesanía, sustentada en un extendido sistema de prebendas estatales.

En los años noventa, al tiempo que construía esa base que es la clave de su éxito electoral, el peronismo asumió el discurso llamado neoliberal. Luego de 2001, ese discurso ha sido condenado y remplazado por otro que reivindica el estatismo, al tiempo que se retomó la virulencia discursiva de los orígenes. Es cierto que muchas políticas cambiaron. Pero hubo una continuidad y profundización de prácticas políticas que, sin ser nuevas en el peronismo, se generalizaron, estandarizaron, normalizaron y legitimaron.

El peronismo se funda en el principio de la jefatura, que circula sin solución de continuidad entre el movimiento, el gobierno y el Estado. Ser dirigente peronista ha consistido en ocupar el poder, y utilizarlo sistemáticamente para acumular dinero, que sirve para “hacer una diferencia” en términos personales y para consolidar y reproducir ese poder. Tal como lo hacía la oligarquía, según el discurso populista. En este aspecto, no hay mayores diferencias entre la experiencia de los noventa y la de este siglo. Se trata de prácticas, no siempre declaradas. Pero en los procesos históricos, las prácticas van decantando en hábitos, los hábitos en actitudes, las actitudes en valores y los valores en discursos. Ya se admite que aspirar al poder requiere de una acumulación originaria, una caja, como le dijo Néstor Kirchner a su esposa en 1976. Creo que estamos en las puertas de un sinceramiento discursivo: ocupar el poder para disfrutar de sus beneficios dejará de ser “corrupción” y pasará a ser un propósito legítimo.

Volvamos al discurso populista originario. Un pueblo explotado y una oligarquía que desde el poder funda su riqueza. Hoy veo al peronismo ocupar los dos espacios, en su práctica con seguridad y en su discurso incipientemente. Lo veo adueñarse de los dos polos del discurso populista: un pueblo clientelar y una oligarquía capaz de acumular y ser dadivosa. Uno para cada gusto, para Pérsico y para Mendiguren. Lo veo capaz de conservar, pese a esa doble ocupación, la tensión conflictiva entre ambos polos, que es la clave de su éxito discursivo.

La fortaleza de esa construcción, me parece, augura una larga vida al peronismo.

Publicado en Perfil

Etiquetas: Oligarquía peronista, Pueblo peronista

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